Milei, Macri y el riesgo del peronismo
Escepticismo. Esa palabra, que sirve para describir la duda de las personas ante las peripecias de la vida, se extendía por la cúpula de Pro cuando ni siquiera se habían reunido las delegaciones de mileístas y macristas. Tal vez es la mejor conclusión de la inicial conversación entre Mauricio Macri y Karina Milei, en la que los dos empezaron con prioridades distintas. El acercamiento, promovido previamente por delegados de uno y otro bando, es la aceptación implícita (y explícita, por qué no) de que el Gobierno ya no siente la seguridad electoral posterior a los comicios de octubre pasado. En la última primavera confundieron todo. Los hermanos Milei creyeron que la victoria nacional de ese octubre de milagro, ciertamente importante, fue obra de la perspicacia política de Karina. No es una deducción: el Presidente lo dijo abiertamente. Nunca, hasta ahora, analizaron que en aquella elección habían intercedido de manera decisiva Donald Trump, cuando le hizo una especie de extorsión a la sociedad argentina (él entregaría un préstamo de 20.000 millones de dólares solo si ganaba Milei), y la decisión del santo mileísta Axel Kicillof de adelantar las elecciones bonaerenses. Kicillof ganó ampliamente esos comicios provinciales, la estabilidad económica comenzó a trastabillar y, en el medio de un naufragio que parecía inexorable, Trump prometió aquella ayuda condicionada. Un mes y medio después, Milei ganó también ampliamente las elecciones nacionales. A sus votantes los unió más el espanto que el amor, para parafrasear al imprescindible Borges. Pero el gobierno posterior a octubre fue otro, porque los Milei y la sociedad tomaron caminos distintos. “Lo que fue eficaz en octubre, ya no lo es”, observa Juan Germano, uno de los directores de la consultora Isonomía. En octubre, una parte significativa de los argentinos le dijo gracias al Presidente por haber bajado la inflación, pero ahora le exige un poco más de creatividad para mejorar sus vidas. Los Milei miraban otra película. De hecho, no hubo desde entonces más milanesas como las que el jefe del gobierno solía compartir con Macri en la casona presidencial de Olivos. No se ven desde poco antes de las elecciones de octubre. Así, mientras la diarquía que gobierna escalaba cimas muy altas de arrogancia y proclamaba que no necesitaría de nadie para que Javier Milei ganara la reelección en 2027, un porcentaje enorme de la sociedad comenzó a ver con ojos críticos la gestión de la administración nacional. No se trata solo de la percepción del gusto o del mal gusto del oficialismo; ese porcentaje social está endeudado porque necesita créditos para pagar los gastos fijos de cualquier hogar o porque no puede llegar a fin de mes con los ingresos actuales.
En octubre, una parte significativa de los argentinos le dijo gracias al Presidente por haber bajado la inflación, pero ahora le exige un poco más de creatividad para mejorar sus vidas
Las encuestas registran dos fenómenos. Por un lado, reflejan una notable caída en la aprobación del Gobierno y en la esperanza de que el esfuerzo que la sociedad está haciendo valdrá la pena. Por el otro, un porcentaje no mayoritario, pero destacado, sigue confiando en un destino más amable liderado por Milei, quizás porque la única perspectiva que rechaza es el regreso al pasado del peronismo en cualquiera de sus variantes. Esa bifurcación de los pasos del Gobierno y de una parte significativa de la sociedad penetró solo ahora en la conciencia de los que mandan. La principal teórica de que con el mileísmo bastaba y sobraba era precisamente Karina Milei. Su némesis en las cercanía presidencial la corporiza el principal asesor presidencial, Santiago Caputo, quien venía impulsando una amplia coalición electoral para el domingo en que se decidirá la reelección del jefe del Estado. Caputo sostiene que deben hacerse acuerdos con una media docena de gobernadores, de Pro, radicales y hasta peronistas, aunque siempre desliza cierta lejanía crítica con Mauricio Macri. Esa distancia política o personal -quién lo sabe- es mutua. Todo debe decirse.
Los acuerdos propuestos por Caputo consisten en darles a los gobernadores todas las candidaturas provinciales (legisladores locales, intendencias y hasta concejos deliberantes), pero preservando para el mileísmo las candidaturas a legisladores nacionales, tanto para Diputados como para el Senado. Lo que sucedió en los últimos días entre el mileísmo y el macrismo es de algún modo el triunfo de la estrategia de Caputo sobre el plan de autonomía electoral de Karina Milei.
La oposición amigable estaba, además, acorralada por un doble dilema. Esa oposición está integrada principalmente por el Pro y por los radicales que tiene una mirada más moderna de la política y del mundo, aunque podrían sumarse también sectores del peronismo no kirchnerista. Un dilema: si esa oposición dividía el voto de la porción sensata de la sociedad, y el kirchnerismo regresaba gobierno, la aguardaba el descrédito social y la pérdida de cualquier ilusión de poder. El otro dilema: si se aliaba al gobierno de Milei y el Presidente perdía las elecciones del año próximo frente al kirchnerismo porque persiste con sus políticas indiferentes con respecto del sufrimiento social y, al mismo tiempo, continúa con los insultos y el mal trato dentro y fuera del país, una mayoría social le reclamará a la oposición razonable su impotencia por no haber creado a tiempo una alternativa seria. Esos dilemas no resultaban gratuitos para los líderes de la oposición amistosa. El propio Mauricio Macri debe hacer esfuerzos inhumanos para mantener unidos a acuerdistas y rupturistas dentro del partido que él mismo fundó. En el radicalismo, el jefe del bloque radical del Senado, Eduardo Vischi, que tiene el cargo institucional más importante de su partido, se convirtió en un malabarista capaz de conservar cinco pelotas en el aire con dos manos. Los acuerdistas, los rupturistas y los gobernadores lo tironean de un lado y del otro. El mérito de Vischi consiste en haber logrado mantener las pelotas en el aire y el bloque unido. Esa bancada está integrada por una decena de senadores, pero muchas veces es clave para inclinar la balanza hacia el oficialismo o hacia la oposición.
El diálogo entre Macri y Karina Milei comenzó con agendas contradictorias. La poderosa hermana presidencial quería hablar de candidaturas compartidas para el año próximo, después de hacerle un reconocimiento al expresidente por la ayuda de su partido durante los casi tres año de gobierno de Javier Milei. “Nunca en la historia hubo un apoyo tan decisivo de un partido que no está en el gobierno a una administración nacional, comenzando por el respaldo a Milei en la segunda vuelta de 2023 sin reclamar nada a cambio”, le habría recordado Macri a su interlocutora. Dicen que la ingratitud mileísta es lo que más le duele al expresidente. Hay que consignar también que Karina Milei le reconoció a Mauricio Macri que el único liderazgo de Pro es el suyo; en los hechos, aunque no en los dichos, abandonó en la orilla de la ruta sus módicos pasteleos con el otro Macri, Jorge. “El camino del cambio lo inició Mauricio Macri en 2015”, aceptaron cerca de los Milei. Otra novedad: hasta ahora, la era de Javier Milei era inaugural para todo y toda la historia anterior era igualmente mala. La necesidad suele encoger un poco la jactancia. De igual manera, Karina le recordó que hay en el Gobierno “seis ministro de Pro”, un número que en realidad no existió nunca. Pero Macri le respondió de otra manera: los acuerdos se hacen entre partidos, no con personas individualmente porque, reprochó, el mileísmo quería vaciar a Pro. Eso es lo que el propio Gobierno dejó trascender en sus tiempos felices.
Macri le contraofertó en el acto a Karina Milei empezar las negociaciones de otro modo. “Lo que importa ahora es el país, los problemas de la sociedad y, sobre todo, los de la gente endeudada. Si nos ponemos de acuerdo sobre esos temas y los acuerdos se cumplen, ya hablaremos de candidaturas”, le contestó el expresidente. Karina aceptó. Macri no perdió el olfato político: una sociedad sitiada por la inopia no hubiera visto con ojos complacientes a sus dirigentes hablando solo de candidaturas y de poder. Cerca de seis millones de argentinos son morosos en los bancos o en las billeteras virtuales. ¿Por qué? Porque los salarios no aumentaron según el ritmo de los servicios públicos (electricidad, gas, agua, alquileres, expensas, transporte, telefonía y colegios) y mucha gente común prefiere pagar esos servicios antes que las deudas, justo además cuando aumentaron las tasas de interés. Todos los planes de estabilización económica en América latina provocaron un crecimiento del porcentaje de morosidad, pero los gobernantes no pueden mirar para otro lado mientras eso sucede. “Hay una contracción de la demanda; eso es cierto”, subraya el economista Fausto Spotorno. Esto es: la mayoría de los argentinos compra menos. Se sabe que hasta el ministro de Economía, Luis Caputo, viene deslizando su preocupación por esos problemas ante el Presidente, pero Milei es obcecado y mira solo la inflación y el superávit fiscal. Esos precedentes son los que explican el escepticismo que reina en el macrismo luego de los primeros tanteos con el mileísmo. El acercamiento de Macri a los Milei es también un mensaje a su electorado (y a los dirigentes de su partido): si las primordiales conversaciones fracasaran, él podrá decir que hizo todo lo posible antes de buscar una alternativa diferente.
El país está atenazado por dos minorías intensas. Una la lidera Javier Milei y la otra la capitanea Cristina Kirchner desde la celda 1111
El país está atenazado por dos minorías intensas. Una la lidera Javier Milei y la otra la capitanea, guste o no, Cristina Kirchner desde la celda 1111. A nadie en el peronismo le gusta su jefatura, pero nadie está dispuesto a desafiarla seriamente. Kicillof es el único que toma un poco de distancia de ella, pero tiene solo la provincia de Buenos Aires. El resto de los gobernadores peronistas espera, algunos -es cierto- con más prudencia con respecto de Milei. Las encuestas, y sobre todo la tendencia a descender en ellas, es un factor decisivo de la política. Y eso es precisamente lo que está sorprendiendo a los Milei. El liderazgo político está vacante para un 40 o 50 por ciento de la sociedad argentina. A su vez, también Kicillof no repara en serios errores políticos. Acaba de aliarse con un personaje, Santiago Cúneo, que se llama periodista, pero que es un político de ideas extremistas. El canal de noticias Crónica se vio obligado a echarlo en 2018, luego de que hiciera declaraciones claramente antisemitas en un programa que tenía en ese medio; ahora derrocha sus odios por un sitio de streaming que se difunde por YouTube. Aquella vez que lo echaron de un canal, Cúneo fue denunciado penalmente por la DAIA, la más importante organización de la colectividad judía. La entidad lo criticó en un documento público: “El discurso de Cúneo pone de relieve la más execrable y clásica tipología antisemita de conspiración internacional, asociación de los judíos con el dinero e intenciones imperialistas (…), la extranjerización, la acusación de doble lealtad y el menoscabo de la dignidad de toda una comunidad”, le asestó. Kicillof tiene estómago para resistir hasta lo insoportable; eso explica también el liderazgo decadente, pero comprobable, de la señora de Kirchner.
El liderazgo político está vacante para un 40 o 50 por ciento de la sociedad argentina
El desafío de Milei consiste en que debe ganar en primera vuelta el año próximo. El tamaño del riesgo de una segunda vuelta, o balotaje, sería enorme. Frente a él se juntarían el peronismo de cualquier matiz, liderado por el kirchnerismo; las muchas variantes de la quebrantada izquierda, y hasta sectores del radicalismo influidos por ideas progresistas. Existen en el partido Alem. Vale la pena recordar que Mauricio Macri ganó en 2015 por menos de dos puntos porcentuales el balotaje frente a Daniel Scioli, cuando este representaba a un gobierno de doce años sombríos, ya con todas las acusaciones de corrupción encima; con el antecedente de una guerra con el influyente sector agropecuario; con cepos a las importaciones y a la venta de dólares, y con la inflación disimulada y dibujada en papeles inservibles por el pugilista Guillermo Moreno. Basta con recordar esa historia para explicar los vacilantes acercamientos entre los Milei y Macri. A veces, la política solo puede elegir a sus adversarios, no a sus aliados.
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