El peronismo en prisión domiciliaria: la trampa de Cristina, Kicillof y Massa
En Del Partido Peronista al Partido Justicialista: las transformaciones de un partido carismático, la politóloga Ana María Mustapic logró dar cuenta de la siempre compleja paradoja peronista. Sucede que el devenir de la organización creada por Juan Domingo Perón, algo que para los argentinos representa un hecho natural, constituye, en verdad, un antecedente bastante singular desde la perspectiva del estudio de la política comparada. El peronismo, sobre todo, el legado que tuvo, y todavía mantiene en ese partido su fundador, constituye una verdadera excepción. Son muy pocas las organizaciones políticas creadas sobre la figura de un caudillo que han logrado sobrevivir a su mentor.
Mustapic recuerda que un partido personalista se define por la fusión total entre el líder y la organización: el caudillo establece la base filosófica y social, fija la doctrina y se convierte, inmediatamente, en su único intérprete legítimo. Desde ese momento, solo existe lealtad personal y política hacia ese, único y principal, dirigente omnipresente. Se trata de un paradigma que impide, de manera automática, la construcción del surgimiento de nuevas figuras que pongan en discusión al conductor. Esa estructura tan petrificada se erige, a su vez, como el acierto y el fracaso en el que se inscribe el peronismo.
La Carta Orgánica de 1954 del Partido Peronista formalizó ese ordenamiento al declarar la “unión indestructible de argentinos dispuesto a sacrificar todo a fin de ser útil al General Perón” y al otorgarle poder para anular o sustituir cualquier decisión partidaria. Durante el exilio, entre 1955 y 1973, tanto los neoperonistas provinciales como el sindicalismo vandorista intentaron autonomizarse, pero el propio líder impidió que ese peronismo sin Perón se cristalizara. Desde entonces, la traición se ha convertido en el peor pecado para los “compañeros” peronistas y Perón siempre retomaba el arbitraje electoral porque su liderazgo era indiscutido. Luego de su muerte en 1974, se le delegó la sucesión a su viuda, Isabel, una figura sin trayectoria ni conducción propia, lo que para Mustapic expone el límite estructural del fenómeno carismático puro: el germen del peronismo se sustenta en la no aparición de un sucesor.
Hubo que esperar hasta 1988, tras experimentar la primera gran derrota electoral que sufrió el peronismo a manos de Raúl Alfonsín, para que ese vacío sucesorio se resolviera con una regla. Al reformar la Carta Orgánica para que los afiliados del Partido Justicialista (PJ) eligieran en forma directa al candidato presidencial: la interna entre Antonio Cafiero y Carlos Menem funcionó como el primer intento real de construcción del nuevo orden democrático peronista. Lo decisivo no fue el triunfo de Menem sino que Cafiero, como perdedor, aceptara el veredicto de las urnas partidarias. En palabras de Mustapic: “El PJ había encontrado una fórmula de reemplazo al liderazgo carismático”.
Es interesante reparar en Mustapic y su estudio sobre la génesis de la lealtad/traición dentro del peronismo y la vinculación que esa fórmula guarda con la aparición de nuevos liderazgos internos, en una semana en la que ese debate volvió a cobrar fuerza en la Argentina. Es que el martes 11, en el hotel Emperador de la avenida Libertador, tres dirigentes que llevan meses sin dirigirse la palabra se sentaron a la misma mesa. Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa permanecieron allí varias horas, junto a cuatro gobernadores, un ex gobernador y los jefes de los bloques peronistas de ambas cámaras parlamentarias. Al finalizar el cónclave no hubo comunicado ni foto oficial. Pero el mensaje había sido contundente.
Desde el entorno de Kicillof llegó una frase destinada a bajar la temperatura: si hay que hablar de temas concretos, no hay problema en sentarse con Máximo. Del círculo de Kirchner, hubo una devolución apenas más cálida: era bueno que se hubieran reunido. Pero nadie habló de reconciliación. Kicillof y Máximo no se veían las caras desde octubre pasado, cuando compartieron el escenario de la derrota electoral legislativa. Solo hubo algunos intercambios, nada que tuviera que ver con articulación política, para coordinar el velorio del Indio Solari. Fueron diez meses de silencio que no se resuelven en una noche de hotel.
Porque como, ya se dijo, para hablar de liderazgos en el peronismo, primero hay que hablar de lealtades y traiciones. Y todo eso dirige a San José 1111, donde Cristina Kirchner cumple prisión domiciliaria y, por acción u omisión, también mantiene detenido al peronismo.
La posibilidad de blindar las PASO frente al intento del Gobierno de eliminarlas o volverlas no obligatorias fue la gran excusa. La reunión sirvió también para fijar una posición común sobre el Presupuesto 2027, las transferencias a las provincias, el impuesto a los combustibles y la situación fiscal de los distritos peronistas. El comunicado tácito que dejó la cumbre buscó trasmitir la imagen de unidad, la mención a un “buen clima” y el supuesto abrazo entre Axel y Máximo que algunas fuentes quisieron instalar en los medios, pareció ser tan solo una estrategia de comunicación que no se traduce en respaldo político. Y es ahí donde se confirma el problema de fondo: el peronismo no logra resolver la construcción de un liderazgo interno, ni siquiera, cuando debe enfrentar a un presidente como Javier Milei en el gobierno.
Ocurre que, apenas mes y medio antes de esta cumbre, el 9 de julio pasado, Máximo había vuelto a reclamar en Carmen de Areco que Cristina sea la candidata presidencial en 2027. Algunos días antes, en Parque Lezama, la tensión había escalado todavía más contra Kicillof: el líder de La Cámpora rechazó explícitamente la idea de que surgieran “candidatos por default” y reivindicó la centralidad absoluta de su madre. Desde el kicillofista Movimiento Derecho al Futuro (MDF) respondieron entonces que las candidaturas se definen en las urnas y no en un escritorio. No era necesario aclarar que se referían al escritorio que Cristina tiene en Constitución.
¿Y Massa? Aunque no lo veamos, Massa siempre está. A la pulseada entre Cristina/Máximo versus Kicillof, el siempre pragmático dirigente de Tigre se sumó con un perfil mucho más bajo pero no menos activo. Massa llegaba triunfador a la cumbre del Emperador: el exministro de Economía había sido el gran articulador detrás de la caída del capítulo de extranjerización de tierras de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que impulsó el Gobierno. Fue el encargado de llamar personalmente a gobernadores dialoguistas para pedirles que sus legisladores votaran en contra, un trabajo de trastienda que la propia Casa Rosada terminó reconociendo como decisivo para la retirada del articulado. Pero Massa no se distingue solo por su astucia parlamentaria.
A diferencia de Kicillof y de Máximo, Massa es el único dirigente de peso en el peronismo que mantiene el diálogo abierto con ambos extremos de la interna, sin quemar ningún puente con San José ni con la Gobernación bonaerense. Esa doble llegada, sumada al bajo perfil que sostiene deliberadamente desde la derrota de 2023, lo reinstala en la conversación peronista como el candidato del consenso: el que no necesita ganarle una interna a nadie porque es aceptado por todos.
¿Por qué hablar del peronismo? Porque el deterioro que evidencia el oficialismo es algo que reflejan todas las consultoras de opinión pública que se vienen publicando en los últimos meses. El último informe elaborado por Zubán Córdoba, por ejemplo, muestra que el 62% votaría en 2027 por un cambio del gobierno, mientras que el 33% lo haría por la continuidad de la actual gestión. Y, frente a la pregunta sobre el espacio político a votar en las próximas elecciones presidenciales, en primer lugar aparece el peronismo, con el 31%, seguido por los libertarios, con el 28%. Pero cuando se plantean alianzas políticas, el peronismo sube al 35% y los libertarios al 33%. Para profundizar sobre el peronismo, es posible analizar el último trabajo de Rubikon Intel, que pone foco sobre los candidatos: Kicillof es el que ostenta la mejor imagen positiva, con 39% frente a una negativa del 61%, Cristina le sigue, con una positiva del 38% y una negativa del 62%, y luego aparece Massa, con una positiva del 31% y una negativa del 69%.
Ahí está la paradoja que define este momento del peronismo: sigue siendo el único capaz de ponerle freno al intento reeleccionista de Milei. Lo que demuestra que ha podido sobrevivir a su fundador, a más de ocho décadas de su nacimiento. Pero es también el mismo espacio político que mantiene los mismos déficits de democracia interna: el solo hecho de pensar en el surgimiento de un liderazgo nuevo genera un temblor que llegan hasta San José 1111.