La culpa es de Sándor Márai
La culpa es de él. Escribió sobre casi todo. Amor, celos, amistad, traición, venganza, soledad, paso del tiempo. Escribió sobre esos pequeños acontecimientos que parecen insignificantes hasta que uno descubre que, debajo de ellos, se esconde casi toda la condición humana.
En “La mujer justa”, tres personajes cuentan una misma historia de amor, y lo que aparece debajo de ese matrimonio que se deshace es algo más complejo: tres puntos de vista diferentes y, de alguna manera, tres verdades. En “El último encuentro”, Sándor Márai se detiene largamente en la amistad, en aquello que los seres humanos somos capaces de hacer y de callar. Hay una frase suya que me quedó dando vueltas desde que la leí: la amistad es un servicio. “El amigo no espera recompensa”, dice el escritor húngaro.
Márai es un especialista en detectar esas cosas que todos sentimos y que no siempre sabemos nombrar. Un artesano de la intimidad. Por eso la culpa es de él.
Porque esta semana mi hijo se fue a vivir solo y por primera vez me encontré frente a una situación de la que Márai no me había advertido nada. Nada.
Ni una reflexión. Ni un monólogo. Ni una de esas páginas interminables en las que un hombre permanece sentado frente a una copa durante treinta páginas, intentando entender por qué alguien hizo lo que hizo.
Mi hijo no se fue al otro lado del mundo. No hubo una despedida en un andén bajo la lluvia. Sólo se fue a vivir solo. Que, visto desde afuera, es una excelente noticia. Significa que creció. Y que ya no puedo preguntarle si llevó el abrigo (¿o sí?).
Durante años, los hijos ocupan una cantidad de espacio que ni siquiera advertimos. No solamente una cama, un ropero, una silla en la mesa o una cantidad desproporcionada de comida en la heladera. Ocupan espacio sonoro. Hay una puerta que se abre. Un gol de San Lorenzo que se grita como si no hubiese vecinos. La ducha que se usa. Una música que aparece desde una habitación. Una voz que pregunta dónde está algo que probablemente está exactamente donde debería estar. Y también, claro: “¿hay algo para comer?”.
Y una contesta. A veces pensando que sería maravilloso tener cinco minutos de silencio. Y después llega el silencio. Solo que una no sabía que venía con esta letra chica.
Hay momentos en los que no sirve leer a nadie, porque toca estrenar una emoción.
Esta semana mi hijo se fue a vivir solo. Y yo, que durante años me ocupé de enseñarle a irse, estoy aprendiendo algo bastante más difícil: cómo dejarlo ir sin irme yo detrás.
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