La apuesta feminista
En un descanso del rodaje de La edificante y alegre historia de Colinot, dirigida por Nina Companéez en 1973, Brigitte Bardot se ve en un espejo y se angustia. El turbante de piel negra y el maquillaje nude la exponen en su única debilidad: envejecer. Poco después va a retirarse. En esa época, el feminismo no hablaba tanto sobre menopausia, andropausia o ninguneo de la tercera edad, y la industria del entretenimiento no hacía mucho por salvar del ostracismo a las actrices que rondaban los 40. Sin embargo, justo en Francia, el problema nunca fue tan severo. Lo confirman divas octogenarias y septuagenarias en plena actividad, como Catherine Deneuve o Isabelle Huppert, libres de la merma de ingresos y la estandarización de personajes que les caen a las pocas veteranas yanquis que sobreviven. Pareciera que no hay película que no incluya a alguna de las dos, presentes además en festivales, campañas publicitarias, redes sociales. Aunque es cierto que, en Deneuve gana el instinto para la comedia, un poco obturado por su belleza de juventud, pero muy visible a partir de este siglo, y que a Huppert todavía se la considera material erótico, ambas son convocadas para papeles muy diferentes. Pero mientras la rubia parece gastar todo su tiempo fuera del set asistiendo a desfiles de moda en los que despliega su fabuloso carisma entre periodistas y adoradores, la pelirroja agarra la pala para penetrar en las instituciones y, desde julio, preside la Cinemateca francesa.
Su designación se anunció con bombos y platillos, destacando por supuesto que es la primera mujer en ocupar ese lugar desde la fundación, en 1936. A la luz de los sombríos últimos años de la gestión de Costa-Gavras, quien monopolizó el puesto de 1982 a 1987 y de 2007 a 2026, es un cambio prometedor. El griego fue blanco frecuente de la prensa especializada. Se lo acusó de “blockbusterización”, gracias al armado de exposiciones dedicadas a James Cameron o a Wes Anderson, flojas en varios sentidos, cuyo objetivo era atraer a mayor cantidad de público. También lidió con las consecuencias del MeToo: tuvo, entre otras cosas, que bajar El último tango en París en 2024, enfrentar el revuelo posterior y armar un paquete de medidas destinado a contextualizar históricamente la proyección de películas cancelables.
Contra algunas versiones que auguraban que su debut sería con una retrospectiva en clave feminista y/o en favor del cine de culto, la primera programación rubricada por Huppert se llama “Belmondo, el magnífico”. No recurrió a lo femenino o lo exótico, ni siquiera a uno de los tantos directores bajo las órdenes de los cuales trabajó; eligió a un ícono de la cultura popular de su país. Lo que se vindica no es la excepcionalidad, sino el cine como fenómeno masivo y nacional. Sin embargo, la apuesta es, a su manera, feminista. No solo estamos ante la primera de su género en presidir una institución emblema del cine mundial, sino ante una mujer tan emancipada como para hacer lo que no se espera de ella.