Ante la polarización política, ¡más democracia!
La polarización política, entendida como la erosión progresiva de los acuerdos mínimos que sostienen la convivencia cívica, se ha convertido en uno de los mayores desafíos de la gobernanza democrática contemporánea. El problema no radica en la existencia de diferencias ideológicas. En una sociedad libre, esas diferencias son naturales e incluso deseables. El verdadero riesgo aparece cuando dejan de procesarse dentro de un marco institucional compartido y equilibrado, y el adversario político deja de ser visto como un competidor legítimo para convertirse, en el imaginario colectivo, en un enemigo al que se pretende derrotar por cualquier medio, lícito o no.
América Latina conoce este fenómeno mejor que ninguna otra región. Durante décadas, distintas variantes del populismo, de uno y otro signo, han dividido a nuestras sociedades entre supuestos patriotas y presuntos enemigos del pueblo. Bajo el pretexto de una urgencia mesiánica permanente, esos proyectos han debilitado instituciones, erosionado la confianza ciudadana, concentrado poder, presionado la independencia judicial, limitado la libertad de prensa, propiciado la desinformación, debilitado los controles democráticos y deslegitimado a la oposición. Suelen ofrecer soluciones simples para problemas complejos, pero terminan minando precisamente aquello que garantiza la libertad de todos.
Ninguna democracia prospera cuando una mitad del país considera ilegítima a la otra mitad. Como presidente del Ecuador, me correspondió gobernar sin mayoría legislativa, en uno de los escenarios políticos más adversos de la historia reciente del país. Fue un periodo marcado por una severa crisis económica y sanitaria heredada, un boicot parlamentario sistemático y la infiltración de organizaciones criminales en ciertos sectores de la política. Esa experiencia me dejó una convicción que hoy sostengo con más firmeza que nunca: la gobernabilidad democrática depende menos de la imposición que del diálogo.
La fortaleza de una democracia no se mide cuando todos están de acuerdo, sino cuando sus instituciones siguen funcionando en medio del desacuerdo. La moderación, en ese sentido, no es debilidad: es una virtud democrática que exige asumir costos políticos inmediatos en nombre de un interés nacional que trasciende cualquier cálculo electoral.
Europa ofrece lecciones que Iberoamérica no debería dejar de estudiar. La Transición española demostró que una sociedad profundamente dividida puede construir una democracia sólida y duradera cuando prevalecen la responsabilidad política, el diálogo y una visión compartida de futuro. Su mérito no consistió en eliminar las diferencias, algo imposible en cualquier sociedad plural, sino en crear un marco democrático capaz de administrarlas pacíficamente. La historia europea reciente confirma, año tras año, que ninguna polarización es eterna cuando el parlamento, el calendario electoral y el traspaso ordenado del poder continúan funcionando con normalidad. La alternancia siempre permanece disponible allí donde las instituciones se respetan.
De las experiencias latinoamericana y europea se desprende una lección clara: la democracia liberal no exige unanimidad. Exige instituciones sólidas, respeto irrestricto al Estado de derecho y capacidad para administrar pacíficamente las diferencias. Defender esta actitud no siempre resulta popular ni produce beneficios políticos inmediatos. Con frecuencia, exige asumir costos personales considerables. Pero ningún proyecto político, por legítimas que sean sus aspiraciones, puede situarse por encima de la democracia; y ninguna ambición particular puede justificar el debilitamiento de las instituciones que nos sobreviven a todos.
Frente a la polarización, la respuesta no puede ser el repliegue autoritario disfrazado de eficiencia ni la resignación ante el deterioro institucional. Debe ser una convicción democrática más firme, capaz de sostener el diálogo con la verdad y con los hechos, incluso en los momentos de mayor discordia.
No necesitamos sociedades donde todos piensen igual. Necesitamos sociedades donde todos acepten convivir en libertad bajo las mismas reglas. ¡Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia!