El valor de compartir en la economía colaborativa: tecnología, confianza y nuevas fuentes de ingresos para todos
Durante buena parte del siglo XX, el tamaño de la nómina fue uno de los indicadores más visibles del aporte económico de una empresa: mientras más personas había en una organización, mayor era su aporte a la economía. Y desde ahí el crecimiento de cada organización estaba íntimamente ligado a ampliar equipo para producir más bienes o prestar más servicios.
Hoy, las nuevas tecnologías están transformando el paradigma. Empresas que hace apenas unos años hubieran necesitado equipos de 50 o 100 personas para operar hoy pueden alcanzar el mismo nivel de actividad con estructuras mucho más reducidas. No porque el trabajo haya desaparecido, sino porque gran parte de las tareas repetitivas, administrativas y operativas pueden resolverse con tecnología.
A primera vista, este escenario parece una amenaza para el futuro de la economía. Sin embargo, esa mirada deja afuera una transformación igual de importante: mientras algunas compañías necesitan menos colaboradores directos, también están creando nuevas formas de generar ingresos para miles de personas que antes no participaban de esa actividad económica.
Las organizaciones no solo generan impacto a través del empleo, sino a partir de su capacidad de generar oportunidades económicas para terceros. Este fenómeno forma parte de una transformación más amplia conocida como economía colaborativa.
Según Arun Sundararajan, profesor de la Universidad de Nueva York (NYU) y experto en la economía de los bienes digitales, el modelo tradicional de consumo estaba basado principalmente en la propiedad: comprar un bien para utilizarlo de manera exclusiva. Las plataformas digitales ampliaron un modelo centrado en el acceso y el uso compartido. Ahora formamos parte de una comunidad, que no se limita solamente a los vecinos de la cuadra sino a nuestra comunidad virtual. Tenemos acceso a bienes compartidos como departamentos por medio de Airbnb y a viajes en Uber. El efecto a nivel empresarial es que las organizaciones pasan de tener miles de empleados a presentarse como plataformas con una plantilla más reducida pero ofreciendo bienes y servicios que pueden ser lucrativos para muchos.
La tecnología permite que empresas como TripWip administren una red amplia de usuarios y vehículos sin reproducir la estructura que habría requerido una compañía tradicional y así miles de personas pueden convertir un activo subutilizado en una fuente de ingresos. Un auto que permanecía estacionado la mayor parte del tiempo deja de ser un costo para convertirse en un recurso productivo.
Plataformas digitales permiten aprovechar recursos que ya existen como vehículos o viviendas para que generen valor en lugar de permanecer ociosos. Este tipo de modelos abre oportunidades sin exigir grandes inversiones iniciales. No hace falta crear nuevos activos, sino que se pueden utilizar mejor los que ya existen y que el valor se distribuya hacia afuera.
Todo eso va de la mano con la confianza, el factor principal de este nuevo paradigma. Las grandes empresas se basan en la regulación y en su reputación para construir relaciones con sus clientes. En cambio, el modelo P2P (peer-to-peer o de par a par), en el que las plataformas facilitan intercambios entre particulares, infiere que las personas que son parte de la transacción confían entre ellas. Esperan que por ejemplo, el departamento que pagaron en Airbnb se encuentre limpio y que tenga las cuatro camas que reservaron en vez de una. Y esperan en que la persona que maneja el Uber es quien dice ser.
Entonces, sobre la base de este paradigma, ¿cómo deberíamos medir el aporte de una empresa a la economía? Evidentemente, el único indicador no puede ser la cantidad de empleados en nómina. Las empresas del futuro que mayor impacto generan probablemente no sean las que simplemente contraten más personas, sino las que logren generar mayor confianza en sus usuarios.
La discusión sobre la inteligencia artificial suele concentrarse en los empleos que podrían desaparecer. Pero esa mirada deja de lado las oportunidades económicas que la tecnología también puede crear. El nuevo aporte de las empresas no se medirá únicamente por el tamaño de sus equipos, sino por su capacidad para transformar recursos subutilizados en ingresos, conectar a miles de personas y construir condiciones de confianza entre las personas.