Repensar la democracia
En los actos de la campaña de 1983, Raúl Alfonsín cerraba sus discursos recitando el Preámbulo de la Constitución. Multitudes que en su mayoría jamás lo habían leído completo lo acompañaban como quien acompaña una plegaria: un rezo laico. El gesto condensaba una intuición profunda: la democracia no iba a sostenerse solo sobre reglas y procedimientos, sino sobre una creencia compartida; la democracia como forma de vida, no como mera técnica de gobierno.
Sobre esa creencia se edificó lo demás: el Juicio a las Juntas, la CONADEP, el Nunca Más, la convicción de que los conflictos de los argentinos se procesarían para siempre dentro de un marco común. Cuarenta y dos años después, esa creencia sigue viva. Pero lo que la alimentaba está en crisis, aquí y en el mundo.
Los datos dibujan una paradoja. El Latinobarómetro 2024 —titulado, significativamente, “La Democracia Resiliente”— muestra que la Argentina es el país de América Latina con mayor apoyo a la democracia: 75%, muy por encima del promedio regional de 52%.
El país que vivió una de las dictaduras más sangrientas del continente es el que más firmemente sostiene que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Ese es el capital que Alfonsín ayudó a fundar, y no es poco.
Pero el mismo estudio revela la otra cara: el 65% de la región está insatisfecho con el funcionamiento de la democracia, y un 25% declara que le da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario, tierra fértil para populismos y autocracias.
Grandes minorías consideran innecesarios los partidos (42%), el Parlamento (39%) y la oposición (37%). Se apoya la democracia como principio mientras se erosiona la confianza en las mediaciones que la hacen posible.
El fenómeno es global. El Pew Research Center registra que en las democracias de altos ingresos la insatisfacción pasó del 49% en 2017 al 64% en 2024. Detrás hay un diagnóstico de la representación: el 74% cree que los funcionarios electos no se interesan por lo que piensa la gente como ellos, y el 42% afirma que ningún partido representa sus puntos de vista. La democracia no está siendo derrotada por una ideología rival: está siendo vaciada por la sensación de que ya no representa ni resuelve.
Los indicadores de régimen lo confirman. Según el instituto V-Dem, por primera vez en más de dos décadas hay más autocracias que democracias: 92 contra 87 a fines de 2025. El 74% de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos y apenas el 7% en democracias liberales plenas.
La novedad de esta ola es su método: las nuevas autocracias no suprimen las elecciones, las vacían; no queman parlamentos, los rodean; no censuran con decretos, degradan la conversación pública hasta volverla irrespirable.
Y aquí la paradoja argentina se vuelve doble. El mismo país que encabeza el apoyo popular a la democracia figura, en el informe V-Dem 2026, entre los seis países latinoamericanos en proceso de autocratización. No se trata de equiparar situaciones disímiles, sino de registrar una advertencia: los índices que miden la calidad institucional —controles al Ejecutivo, respeto a la deliberación, trato a la prensa— detectan un deterioro que la creencia democrática de los ciudadanos, por sí sola, no alcanza a compensar. La fe está viva; las instituciones que esa fe debería proteger, no.
¿Qué hacer con esta doble evidencia? La respuesta no puede ser la nostalgia. La democracia de 1983 respondió a las preguntas de 1983: el terror de Estado, la impunidad, la guerra. Las de hoy son otras, y una democracia renovada debería animarse a encararlas.
La primera es la de los resultados: la democracia que no mejora la vida cotidiana pierde un argumento poderoso. Repensar la democracia exige recuperar capacidad estatal para producir resultados verificables en economía, seguridad y servicios públicos, sin sacrificar controles.
La segunda es la de la representación. Si tres de cada cuatro ciudadanos sienten que los dirigentes no los escuchan, el problema no se resuelve con mejores candidatos sino con mejores mediaciones: partidos que vuelvan a ser espacios de participación real, mecanismos deliberativos, formas institucionales de escucha que hoy no existen.
La tercera es la del poder en la era digital. La conversación pública ocurre hoy en plataformas cuyos algoritmos premian la indignación, fragmentan los encuadres compartidos y concentran un poder que ninguna constitución previó. Una democracia renovada necesita reglas para ese territorio, incluida la inteligencia artificial, que ya interviene en la formación de la opinión pública.
La cuarta, quizás la más difícil, es la cultural: reconstruir la creencia. Alfonsín entendió que la democracia no se sostiene sola sobre procedimientos; necesita un relato compartido sobre por qué vale la pena. Ese trabajo —paciente, pedagógico, casi artesanal— es el que las dirigencias abandonaron cuando dieron la democracia por descontada.
La lección es doble. La democracia argentina demostró una resiliencia que pocos anticipaban: sobrevivió a hiperinflaciones, al 2001, a la polarización. Pero la resiliencia no es garantía de eternidad: las democracias no suelen morir de golpe, se degradan por dentro mientras las mayorías siguen declarándose democráticas. Honrar lo que comenzó en 1983 no es conmemorarlo: es hacer de nuevo, con las preguntas de hoy, lo que Alfonsín hizo con las de entonces.
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