Una oportunidad para repensar el desarrollo argentino
Cada vez que en Argentina se plantea mirar a Australia como referencia para pensar una estrategia de desarrollo, aparece una objeción casi automática: no somos comparables. Australia tiene una superficie mucho mayor, una población sustancialmente menor y una disponibilidad de recursos naturales por habitante muy superior. Bajo esa premisa, cualquier comparación parecería inútil.
Sin embargo, esa conclusión parte de una pregunta equivocada. El verdadero valor del caso australiano no reside en reproducir su estructura productiva, sino en comprender qué hizo con sus ventajas naturales y qué enseñanzas pueden extraerse para Argentina.
Durante décadas, el debate económico argentino estuvo dominado por un indicador que suele presentarse como sinónimo de desarrollo industrial: la participación de la industria manufacturera en el PIB. La idea de que una reducción de esa participación implica necesariamente desindustrialización se instaló como un diagnóstico casi incuestionable.
Australia ofrece un ejemplo ilustrativo. Allí, la industria manufacturera representa alrededor del 7% del PIB, mientras que en Argentina alcanza aproximadamente el 16%. Si el peso relativo de la industria fuera el principal indicador del desarrollo, Argentina debería exhibir una economía considerablemente más próspera. Ocurre exactamente lo contrario.
Australia casi quintuplica el ingreso por habitante de Argentina y su industria manufacturera genera más valor agregado por persona, pese a representar una proporción mucho menor de la economía.
Los porcentajes describen cómo está compuesta una economía, pero no cuánto valor genera. Por eso, la discusión debería desplazarse desde la composición hacia la productividad: ¿cuánto valor agregado produce cada sector?, ¿cuánto exporta?, ¿qué capacidades desarrolla?
Esta mirada adquiere especial importancia para Argentina. Si el agro, la minería, el petróleo y el gas crecen más rápido que el resto de la economía, la participación de la industria podría disminuir sin que la producción industrial caiga. Incluso podría aumentar en términos absolutos mientras pierde participación porcentual.
Confundir esos fenómenos puede conducir a diagnósticos equivocados y a políticas públicas ineficaces.
El caso australiano demuestra que una economía basada en recursos naturales no tiene por qué limitarse a exportar materias primas. La minería australiana impulsó un entramado de ingeniería, maquinaria, automatización, software, logística, infraestructura y servicios especializados.
Una mina, en realidad, demanda una enorme cantidad de conocimiento. La minería emplea directamente a unas 240.000 personas, pero el ecosistema de proveedores conocido como Mining Equipment, Technology and Services (METS) sostiene alrededor de 1,1 millones de puestos de trabajo. El verdadero impacto económico de los recursos naturales está en las capacidades productivas que generan a su alrededor.
Ese es el principal aprendizaje para Argentina. La discusión no debería plantearse como una falsa dicotomía entre recursos naturales e industria. La minería puede impulsar bienes de capital e ingeniería; Vaca Muerta, infraestructura y empresas especializadas; el agro, biotecnología, maquinaria y software; y una mayor disponibilidad de energía puede atraer inversiones industriales.
Los recursos naturales no constituyen el punto de llegada del desarrollo, sino su punto de partida.
Argentina no necesita copiar a Australia, pero sí aprender una lección fundamental: el desarrollo no depende de alcanzar un porcentaje determinado de industria manufacturera dentro del PIB. Depende de construir una economía capaz de generar cada vez más valor, productividad y conocimiento a partir de sus ventajas competitivas.
La verdadera pregunta ya no es cuánto pesa la industria en la economía, sino cuánto valor somos capaces de crear con los recursos que ya tenemos.
El autor es Investigador senior del Centro de Investigaciones en Gobierno de la Universidad Austral