La Odisea y nosotros
Tengo un pedazo de titanio atornillado en el fémur izquierdo que me permitió volver al atletismo.
Escribo esta columna para darle las gracias al sistema de salud pública argentino, a mi familia de acá que tanto me apoyó, especialmente, a Anita y a los médicos Moncada y Castro: uno traumatólogo, otro cirujano, ambos colombianos realizando su especialización en la clínica de Martín Coronado, donde me operaron en plena pandemia, esforzándose mucho para que la operación saliera lo mejor posible, sin preguntarme antes si era cubano, africano, argelino o ya estaba nacionalizado argentino.
Tuvieron que transfundirme o sea que por mis venas corre sangre argentina, sangre de la que estoy muy orgulloso.
En estos días en que se habla tanto de la identidad, me pregunto: ¿este pedazo de titanio en mi cuerpo qué identidad me da? ¿Soy un ciborg o sigo siendo humano? No lo sé, porque lo importante es encontrarse a uno mismo, eso es lo que realmente importa.
Encontrarse a sí mismo es tema principal de La Odisea, película que narra lo que pasó mucho antes de que existiera lo que consideramos la Grecia clásica, antes de que Atenas y Esparta fueran las ciudades predominantes o antes de que nacieran Epicuro, Aristóteles, Alejandro, Platón y Sócrates, antes incluso de que Pitágoras se pusiera a investigar con piedritas cálculos en griego antiguo y así naciera el famoso teorema.
Sin embargo, a pesar de lo viejo de la historia, todos estábamos pendientes de lo que pasaba en pantalla y nos tocaba como si estuviera ocurriendo justo ahora en el conurbano bonaerense.
Sentimos empatía por esos tres personajes: Telémaco, Penélope y por el sin par Odiseo. Príamo destaca en el poema homérico por la flexibilidad del héroe capaz de adaptarse a las más disímiles circunstancias.
La película despierta empatía y hace que la gente se vuelque a los libros. Se vuelven a leer La Ilíada y La Odisea como si hubieran sido escritas ayer y Homero fuera nuestro contemporáneo.
Esa es la fuerza de la empatía, va más allá de cualquier rivalidad futbolística, política o de nacionalidad.
La belleza salvará al mundo, dijo una vez Dostoievski que se equivocó en tantas cosas, pero que en esta la tuvo claro.
El argentino ama la belleza y es un pueblo empático. Es lindo ver los cines llenos hasta el punto que se dificulta conseguir entradas para ver una película que no pertenece al universo de Marvel sino que toca los temas básicos de la humanidad: quiénes somos, por qué estamos aquí y a dónde vamos.
Lo grandioso, lo épico sigue siendo importante y qué es lo épico sino una parte del altruismo, una manera de hacer por los demás sin importar el resultado.
Las únicas causas dignas de un caballero son las causas perdidas. Esa frase de ética medieval tan afín a Borges sigue siendo válida hoy en día.
Hay que prosperar en el mundo pero sin correr el riesgo de perder lo que somos y lo único que tenemos: nuestra dignidad. Cuando se la pierde es peor que partirse el fémur, te vuelves un Odiseo sin Ítaca a la que regresar.
Marcial Gala, escritor de la "patria de Guillén y de Borges". En Cuba ha sido Premio Alejo Carpentier, Nacional de la Crítica y de Cienfuegos en cuento y en poesía. En Argentina premio, Ñ Ciudad de Buenos Aires y en Estados Unidos estuvo entre los finalistas del Pen Club América. Aquí publicó cinco novelas: “Sentada en su verde limón”, traducida al italiano, “Rocanrol”, “La catedral de los negros”, al inglés, francés, alemán y árabe, “Llámenme Casandra”, al inglés, francés, italiano, portugués y polaco y, la última, “La máquina de ser feliz”.
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