Operación tabiquen a Milei
Un tropezón no es caída, pero tres al hilo califican de porrazo: la semana pasada el oficialismo no tuvo respiro, con el embotellamiento fluvial a raíz de la desregulación de los prácticos, más el rechazo en el Senado a la propuesta para que los extranjeros puedan comprar más tierras, todo acompañado por las críticas en las redes por el proyecto de derogación de la Ley del Libro.
Las iniciativas, es sabido, llevaban el sello del ministro Federico Sturzenegger, quien pasó a ser el blanco del resto del Gobierno, especialmente del karinismo.
Más allá de todo lo que ya se dijo, lo realmente interesante del episodio es la aparente solución del mismo.
Porque la orden que bajó la secretaria general Karina Milei -auténtica mujer fuerte de esta administración- fue que “salvo Toto (Luis Caputo), todos los proyectos primero tienen que pasar por el despacho de Diego (Santilli), antes y después de hablarlo con el Presidente”, según publicó Ignacio Ortelli el viernes pasado en Clarín.
“No pueden decir que lo validaron con el Presidente. Hacen una de más y encima no lo cuidan. No les gusta jugar en equipo, quieren ser libre pensadores”, agregaba la fuente.
“Tiene que ser la última vez que alguien, sea Federico o cualquiera, entra a ver al Presidente y sale sin filtro con un proyecto para mandar al Congreso”, coincidía otro funcionario.
Bajo la supuesta intención de ordenar la gestión, la consigna revela que la salida hallada por el entorno presidencial es aislar aún más a Javier Milei y que todo proyecto le llegue predigerido.
Porque Sturzenegger habrá aprovechado que tiene acceso directo al despacho presidencial para avanzar con sus iniciativas, pero no se mandó solo a presentarlas. Tuvo el apoyo presidencial. Y ello reflejaría la falta de olfato de Milei para prevenir cuestiones que generen ruido, lo que querría evitar el área política del oficialismo.
Lo cual lleva a poner la mirada sobre el estilo de liderazgo del libertario, difícil de desentrañar incluso tras dos años y medio en el cargo.
Milei luce lejano a las cuestiones cotidianas del Gobierno, encerrado en Olivos, de donde sale para viajes al extranjero a tribunas que lo aplauden, o a charlas con periodistas amigos en las cuales puede decir literalmente lo que quiera, ya que goza tanto de la ausencia de la repregunta como de esa impunidad suya tan singular de no sufrir mayores consecuencias cuando derrapa al hablar.
Se concentra en cuestiones de la macroeconomía o la teoría económica y el resto lo delega.
También parece a kilómetros de los problemas del común de la gente, que las encuestas expresan claramente en ese 59% de los argentinos que califica la situación actual como mala o peor que el año pasado y en el 49% que es pesimista respecto a sus expectativas económicas para 2027.
A cambio, el Presidente prefiere hablar de improbables conspiraciones internacionales en su contra.
Una desconexión emocional, la calificó Eduardo van der Kooy en su panorama político del domingo. No es lo que uno quiere escuchar cuando cuenta con el 60% de imagen negativa.
Tampoco suena a salida la idea de limitarle los interlocutores que impulsa su entorno más íntimo. Con esa misma lógica, su próximo paso podría ser empezar a editarle un diario de Yrigoyen.
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