El mundo con acento cordobés
Mi tribu bromea con que basta que yo llegue a Córdoba para que algo recóndito y dormido se active y la tonada cantarina regrese, reloaded e imbatible, alargando sílabas antes encorsetadas. “Nunca se fue”, retruco; el acento me acompaña, aunque viajarlo por el mundo haya sumado otras músicas.
Llegar y “cantar” es un mismo gesto: el inconsciente sabe que estoy con los míos y que parte de la identidad se escenifica en el contrapunto mediterráneo del humor rápido y el habla pausada.
Volver enciende una moviola de recuerdos, que usa la cuadra de la infancia como termómetro de mutaciones. Donde ahora hay un cafecito coqueto que vende al paso “pastelería moderna” y arábiga 100%, estaba la tintorería de Chicha, un negocio familiar como todos los de la manzana.
Enfrente, en un local hoy vacío, recuerdo una pizzería de superficie aflautada en la que comían los taxistas que paraban sobre Chacabuco, justo delante del edificio donde aún vive mi madre. En dos de las cuatro esquinas había kioscos de diarios y revistas, que desaparecieron, ay, con la revolución digital. Resisten La Tachuela, una marroquinería, que arregla zapatos desde hace cuatro décadas, y La Costanera, que sigue haciendo alfajores y bizcochos de grasa memorables.
Con los cambios ganamos el bulevar (que antes se cortaba en Illia), verde, bicisendas, paradas de colectivo seguras y contenedores que distinguen residuos húmedos y secos. Lo que el tiempo hizo con la ciudad, también lo obró en nosotros: somos más “eco”; atentos al medioambiente y a la obligación de cuidar para las generaciones futuras el aire, la tierra, el agua.
Como cada quien tiene sus postales amadas, no reencuentro Córdoba del todo hasta que veo La Cañada, tipas y río, que en esquina con Caseros vuelve retrochic la memoria: allí, una estatua de Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de la ciudad en 1573, lee en bronce La Voz del Interior. Es un flechazo sagaz, que provoca una sonrisa y se recorta elegante entre las calles arboladas.
El monumento homenajea el centenario del matutino fundado en 1904 y cala porque interpreta una sed de actualidad, emblemática de La Docta, universitaria desde 1613 y con imprenta en 1764 (la primera del país), cuando tenerla era el no va más de la high tech. Yo no vivía ya por aquí y jamás lo hablamos, pero sé, como que el viento precede a la lluvia, que la estatua debe haber deleitado a mi papá, el cordobés más orgulloso de serlo que conocí en la vida.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
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