Una patria de migrantes que no se venden
Argentina es un país de migrantes, de afrodescendientes y de pueblos originarios. Pero ya no solo es un país de los que llegaron, sino de los que se fueron, se van y se quedaron a vivir en México, Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo.
Los migrantes argentinos sufrieron, especialmente, el odio desatado en el exterior a partir del Mundial. Por eso, es importante que Argentina cuide a sus ciudadanos y proteja a los/las migrantes para ser un espejo que muestre buenos tratos y derechos y que no incentive más odio, estigmatización y persecución.
La argentinofobia desatada en el mundial no es una conspiración, ni una exageración: la reacción fue digital, verbal, presencial y física. Pero la escalada de racismo, odio desenfrenado, acusaciones a países limítrofes, restricciones a los estudiantes latinoamericanos, acusaciones de terrorismo y señalización como “invasión” la crisis migratoria en Ceuta, de parte del gobierno (que no defendió a través de las embajadas a las personas atacadas) empeora el escenario puertas adentro y puertas afuera.
El problema es mayúsculo cuando el deporte, el arte, la ciencia, la diplomacia y la representación nacional están en juego. No solo es un problema vivir en otro país, sino visitar otras naciones. La famosa pregunta “¿de dónde sos?" que siempre terminaba en referencias futoblísticas se volvió un problema o una mentira para evadir el conflicto.
Ser turista y dejar de decir la nacionalidad como orgullo se convierte en una pesadilla. Muchos/as migrantes sufren las consecuencias de la falta de defensa de las embajadas y de los mensajes de odio que refuerzan la argentinofobia y que padecen personas que estudian, trabajan o viajan.
El presidente Javier Milei prohibió la entrada en el país y habilitó la expulsión de extranjeros que hayan agraviado a los argentinos. El problema es que si esa misma medida se toma contra los ciudadanos/as que residen en lugares fuera de nuestras fronteras el boomerang tiene consecuencias graves para los que viven, trabajan o transitan en otras latitudes.
El odio contra las personas argentinas no fue un invento, ni se disipó post mundial, pero la representación mediática de los sectores ultras echa leña al fuego del odio. Se agregan causas para el hate y se desprotege a los que ponen el cuerpo cuando los agravios traspasan las redes sociales.
El presidente Javier Milei atacó al gobierno de España y comparó la regularización con la nacionalización, mientras que un proceso permite trabajar por un año y el otro habilita votar y tener DNI, pero no son lo mismo. El problema es que entre los países con más personas adheridas en el proceso de legalización de migrantes está la bandera celeste y blanca.
Argentina es el sexto país latinoamericano con más ciudadanos/as inscriptos en la regularización con el 2,3% por debajo (pero en la misma vereda) que Colombia, Venezuela, Perú, Paraguay y Honduras, según el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones.
Por lo tanto, defenestrar una medida que reclaman casi 30.000 compatriotas (exactamente 27.024,494) no es defender a Europa de una supuesta invasión, sino enterrar a los y las migrantes argentinos/as de una posible legalización y dejar vía libre a los que los catalogan de “invasores” y retrasan el otorgamiento del derecho a trabajar y permanecer en España.
Por otra parte, en la demanda de adhesión a los beneficios de la ley de nietos, que es cuestionada en España por sectores de ultraderecha, porque las personas nacionalizadas accederían al voto, que suponen que va a favorecer al actual presidente Pedro Sánchez, es liderada por Argentina.
Ya hay un millón de argentinos que reclamaron la nacionalidad española. Casi 1400 personas por día piden cita en los consulados. Por lo tanto, no se puede atacar las políticas que defienden a los ciudadanos/as del país que se representa. No se puede estar de los dos lados del mostrador.
O se defiende a quienes no quieren que hijos/as y nietos/as puedan tener la documentación española o se defiende a los y las argentinas que piden poder viajar, trabajar y acceder a la atención sanitaria del país de sus ancestros.
En el total de migrantes que habitan España los ciudadanos argentinos/as ocupan el sexto lugar. Hay alrededor de medio millón de argentinos/as, según la Asociación de Migrantes de Argentina Residentes en España (Mares). A pesar de que es difícil de medir porque muchas personas tienen pasaporte italiano, español, alemán y polaco. La representación legal es diversa. Pero la forma de hablar es inconfundible.
Hay muchos sin papeles, otros/as que ingresaron a la regularización, con visa de trabajo o de estudiantes, casados/as con ciudadanos europeos o con documentos europeos. Puede cambiar la fila de migraciones, pero no hay documento que borre la identidad, ni los estigmas. Con la formalidad que tengan, cuando hablan, el acento es un pasaje a la seducción o a la discriminación.
Por eso, un país con raíces migrantes y presente de migración no puede volverse antimigrante en sus políticas internas; no es una buena señal criticar a Europa por regularizar a sus propios ciudadanos, ni utilizar argumentos (como comparar la migración con una invasión) que son perpetrados contra sus trabajadores y estudiantes en el exterior.
Tampoco se puede fomentar el odio, ni hacer crecer las críticas por racismo que tanto perjudicaron a Argentina durante la fiebre mundialista. Ante los cuestionamientos, el país debe disminuir las prácticas racistas hacia las comunidades originarias, afrodescendientes y marrones. Pero no dar más argumentos frente a los que demonizan a Argentina.
Si el partido del 15 de julio la bandera tirada desde la hinchada con la frase “Las Malvinas son Argentinas” cambió la historia es porque se generó una conciencia sobre la soberanía territorial, económica e identitaria. Argentina es un país del sur global que es extractivizado y que tiene un orgullo que los países extractivistas quieren erradicar.
La salida en conjunto de deportistas y artistas -y especialmente cantantes jóvenes- que no solían pronunciarse para pedir que no se amplíe el permiso para vender las tierras argentinas se generó a partir del Mundial. Eso demuestra que la conciencia de la selección es una alerta colonial que no se entiende desde los países coloniales que no pueden ver ni leer más allá de su mirada nortecentrista.
Por otro lado, no es casual que muchos/as de los que se pronunciaron contra la venta ilimitada de tierras argentinas a extranjeros suelen viajar, hacer giras, presentar películas, jugar en clubes europeos y que sufrieron los ataques en carne propia.
Los que tienen un pie afuera y otro adentro saben que el estigma del odio les queda pegado y que les puede achicar sus posibilidades laborales de presentarse o desarrollar su carrera afuera. Por eso, el orgullo es la única salida. Pero no un orgullo soberbio y agresivo, sino un orgullo que rescate las raíces, la identidad y los valores de Argentina.
Las protestas contra la ley de inviolabilidad de la propiedad privada comenzaron con la defensa de la soberanía durante el Mundial y tuvieron un eco político: se eliminó la posibilidad de que localidades argentinas queden en manos de otros países si superan el 15% permitido, hasta ahora, por ley.
También se quitó del proyecto (que pasó a Diputados) que los suelos quemados, en el litoral, en el centro o en la Patagonia, puedan ser destinados a otros desarrollos comerciales para no permitir los incendios intencionales con fines especulativos.
La consigna “La patria no se vende” se convirtió en un hit y se replicó en marchas desde Salta a Bariloche y de Berlín a Buenos Aires y de Rosario a Madrid. Muy pocas consignas tienen tanto eco y generan réplicas en todas partes del mundo.
En la mayoría de Europa, las convocantes son migrantes que acompañan las luchas de Argentina y que también sufren el colonialismo europeo en sus trabajos, sus trámites, su posibilidad de alquilar o su vida cotidiana. Por eso, la argentinofobia fue una realidad que no terminó con la final contra España.
Ya que sigue en comentarios y ataques que quedaron instalados en un imaginario eurocéntrico. Por eso, es importante comprender que el efecto Mundial generó agresiones en el exterior y un sentimiento de argentinidad y defensa de la soberanía que tiene una línea correlativa entre el partido con Inglaterra, la suba de los ataques y la defensa de la soberanía nacional.
Argentina no puede incendiar la imagen pública en el marco internacional porque eso tiene consecuencias. Argentina no puede dejar que se incendien sus bosques, selvas y humedales porque eso tiene consecuencias para el país.
La Laboratoria es un dispositivo transterritorial con sede en Buenos Aires y América Latina. “Creemos que la campaña que ha estallado al calor del Mundial, pero que lleva mucho más tiempo gestándose, que equipara a todo un pueblo a la ultraderecha es una forma de encarnar la fascistización, sobre todo, en los sures”.
La Laboratoria subraya: “La creación de enemigos rompe la práctica solidaria entre las de abajo, que somos justamente quienes estamos sufriendo, también en Argentina, las políticas de la crueldad en contra del internacionalismo como método y herramienta política para la transformación social”.
La bandera con la frase “Las Malvinas son Argentinas” fue un antes y un después no solo en la historia del futbol, sino de la política argentina. Una de las razones es la reivindicación de la soberanía. Pero, además, el hostigamiento contra ese reclamo alertó la conciencia del peligro del colonialismo actual que no solo permite la invasión de territorio argentino, sino que lo convirtió en una apología de la virulencia.
La arquitecta Belén Quintana relata: “Fui con mi pareja a ver el partido a un pub. Teníamos la camiseta de Argentina y cuando volvimos a casa un grupo de chicos nos gritó ‘las Malvinas son inglesas’. No creo que ese grupo represente a todas las personas que viven en España, pero el odio es un gran negocio para muchos”.
Ella también puntualiza: “Somos migrantes. Nos reconocemos como migrantes. Por eso los ataques contra los migrantes desde Argentina también nos perjudican a nosotros”.
Lorena Martins se fue de Argentina después de denunciar, en 2011, a Raul Martins, su padre, por trata en Buenos Aires y Cancún. “Yo he pasado un infierno y no hago mucho caso a cosas menores. A mi hija siempre le enseñé el amor por el país en el que nació (España) y por mi amada Argentina. Pero la cosa se fue poniendo fea”, enmarca.
“El día de la final volvía de ver el partido en un par y nos insultaron tanto mientras nos decían “vuelvan a su país”, “muertos de hambre”, “argentinos de mierda” y una larga lista de cosas que mi hija tuvo mucho miedo”, destaca Lorena Martins.
El escritor Laureano Debat recalcó: “El problema es cuando un país se otorga el derecho a dar lecciones de moral a otro, como si fueran un todo homogéneo, libre de matices y contradicciones. Lo más triste de todo es que los medios españoles fueron los más furibundos. Y se les fue de las manos”.
“Nos corrieron por todos lados, por izquierda y por derecha. Por una vez todos se unieron para tuitear contra Argentina. Y después vinieron los golpes y linchamientos. Y pegarles a los argentinos que usan camisetas por las calles españolas, además de ser un delito, es negarnos el derecho a ser buenos perdedores. Porque llevar con orgullo los colores del equipo que perdió es, justamente, saber perder. Pero lo que más les molesta de todo es que cuando nos atacan tengamos la mala costumbre de defendernos”, remarca Debat.
La repercusión de la argentinofobia es tan amplia porque no se dio solamente en España que ganó el Mundial, sino en otros países de Europa. Marie Laure Stirnemann forma parte de Hijos París y de la Asamblea de Ciudadanos Argentinos en Francia. Ella cuenta: “Nunca sentí tanto rechazo de la parte de la gente de a pie por nuestro país. Nos trataron de violentos, tramposos y racistas. Dijeron que habíamos comprado el mundial. Es necesario reestablecer la verdad y la justicia”.
En Alemania los partidos fueron transmitidos en pantalla gigante en el club Olst, organizado por el consulado de Boca Juniors en Berlín. En la final un grupo de hombres se bajó del auto y golpearon a un chico que estaba llegando a la transmisión del partido.
“Desde un auto lo empezaron a insultar por tener la camiseta de Argentina. Al principio el chico no respondió, siguió caminando. Pero continuó con los insultos en inglés con connotaciones homofóbicas. El atacante se bajó del auto y le pegó desde atrás en la zona de la cara y lo afectó en el ojo izquierdo”, describe Alan Hallberg, el médico argentino que atendió a la víctima.
El médico también contextualiza: “En Berlín hubo otras mujeres que fueron escupidas e insultadas en el transporte público por llevar la camiseta de Argentina y eso nunca había pasado”.
No es solo la camiseta. Hallberg advierte: “Esto afecta cuando uno dice que es argentino. Antes del Mundial decir que eras argentino causaba sorpresa y admiración y ahora se nota que hay un cierto resquemor o desconfianza. Esperemos que sea temporal, pero se nota”.
La economista Marisol Manfredi está haciendo un doctorado en Italia. “Yo creía que en Italia bancaban a muerte a Argentina, estamos conectados por sangre y nuestras culturas son re parecidas. Estoy en Italia hace cinco años y siempre fue así hasta el Mundial. En la verdulería, en el kiosco, en la oficina, me dejaron de hablar o me empezaron a hablar mal”, subraya.
“Yo intenté mantenerme lejos de las redes sociales, pero me llegó en la realidad. Esta campaña de odio demuestra cuánto poder tienen las redes sociales para dividirnos y generar narrativas falsas que sólo favorecen al colonialismo”, recalca Manfredi.
Ella hizo un pedido: “Ojalá que esto nos ayude a unirnos como pueblo increíble, vivo, divertido y empático que somos”. Y algo de eso sí pasó con la bandera como una forma de defender la dignidad adentro y afuera.