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perfil.com · hace 2 horas · Guillermo Piro

El único consejo

Guillermo Piro

Un muchacho fue a ver a Jean-Paul Sartre durante la ocupación alemana porque necesitaba aclarar un dilema. Podía unirse a la Resistencia o quedarse en casa cuidando a su madre. Le pidió un consejo. Sartre, según se cuenta, le respondió que si realmente hubiera querido quedarse con su madre habría ido a preguntárselo a un cura y no a él. Ya conocía la respuesta. Lo único que buscaba era que alguien asumiera por él el peso de la decisión.

Es una anécdota extraordinaria porque parece hablar de la libertad, y sin embargo habla sobre todo de los consejos. Cada vez que pedimos uno esperamos que ocurra un pequeño milagro: que alguien elimine la parte más desagradable de cualquier decisión, que es tener que hacerse responsable de ella. Si sale bien, el mérito va a ser compartido; si sale mal, siempre podremos decir: “Hice lo que me aconsejaron”. Lo curioso es que quienes dan los consejos participan de la misma ilusión. También ellos creen que existe una respuesta correcta para la vida ajena. Basta encontrarla y comunicarla.

Un artículo de Patricia Fernández Martín, doctora en Lengua Española y en Ciencias de las Religiones, publicado en el diario español El País, está dedicado precisamente a esa compulsión de aconsejar. Fernández Martín recoge la opinión de varios psicólogos que sostienen que muchas personas dan consejos no tanto para ayudar como para reducir su propia incomodidad frente al sufrimiento del otro. Escuchar resulta insoportable. Resolver, en cambio, tranquiliza. El consejo funciona antes que nada como un sedante para quien lo pronuncia. La explicación es buena, pero sospecho que no basta.

Hay algo más viejo que la ansiedad: la vanidad. Dar un consejo es atribuirse una competencia universal. Uno puede no saber cocinar, no haber criado hijos, no haber escrito una novela, no haber conservado una pareja durante más de seis meses, pero siempre está en condiciones de explicar cómo deberían vivir los demás. Es un talento sorprendentemente democrático.

Basta comentar cualquier contratiempo para que aparezca una junta de expertos. Uno dice que le duele una muela y alguien recomienda cambiar de dentista. Uno confiesa que está cansado y enseguida recibe un programa completo de reeducación: dormir ocho horas, abandonar el café, caminar diez mil pasos, cambiar de trabajo, hacer yoga, meditar, respirar mejor y, si nada de eso funciona, mudarse de país. El consejero habla con una tranquilidad que sólo puede permitirse quien no tendrá que vivir las consecuencias de lo que acaba de decir.

Sin embargo, tampoco conviene exagerar la virtud opuesta. Hoy se elogia mucho la escucha. Escuchar sin juzgar. Escuchar sin intervenir. Escuchar con empatía. Todo eso está muy bien, suena muy lacaniano, salvo cuando la escucha se convierte en una coartada para no comprometerse con nada. Uno termina de contar una desgracia y recibe apenas un silencio profesional, una inclinación de cabeza y un “¿Cómo te hace sentir eso?”. Sale de la conversación con la impresión de haber participado en un podcast de psicología. El problema nunca fue elegir entre hablar o mantenerse callado. El problema consiste en creer que la vida de otro puede resolverse desde afuera.

Por eso la historia de Sartre sigue siendo tan incómoda. El joven quería una respuesta. Sartre podría haber improvisado un discurso sobre el patriotismo, sobre el deber filial o sobre el sacrificio. Habría sido fácil para él. En cambio hizo algo mucho más difícil: le devolvió el problema a su verdadero dueño.

Hay preguntas que no buscan información. Buscan absolución. Tal vez el único consejo verdaderamente honesto sea ése: negarse a ocupar el lugar que nadie puede ocupar. Porque las decisiones importantes tienen una característica desagradable: siempre las toma uno solo. Después podrán felicitarnos, compadecernos o decirnos que nos habían advertido. Pero cuando llega el momento de elegir, todos los consejeros desaparecen. Queda únicamente el responsable.

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