Cuando duele el dolor
No sin agudeza decía Virginia Woolf que “el idioma inglés, que puede expresar los sentimientos de Hamlet y la tragedia de Lear, no tiene palabras para el escalofrío o el dolor de cabeza; la colegiala más simple, cuando se enamora, tiene a Shakespeare o a Keats para decir lo que piensa, pero deja que una víctima intente describir un dolor de cabeza a un médico y el lenguaje se queda desierto”. Faltaban décadas todavía – se publicó formalmente en 1975- para que el psicólogo canadiense Ronald Melzack y su colega estadounidense Warren S. Torgerson crearan el Cuestionario del Dolor de McGill, destinado a llenar ese vacío del que hablaba Woolf: a diferencia de una escala numérica, este índice mide el sufrimiento a través de una descripción verbal del paciente en las dimensiones sensorial, afectiva y evaluativa.
Más allá de que, como señalaba la autora de “Un cuarto propio”, siempre se pueda echar mano a la literatura para reflejar los malestares del alma, lo cierto es que ese dolor, el que no ataca directamente al cuerpo pero lo atraviesa como una flecha para alojarse en el corazón, personal e intransferible, no siempre encuentra las palabras justas para expresarse, o para ensayar el intento de comprenderlo. A falta de un índice propio, andamos a tientas con él a cuestas cuando nos golpea. Tal vez valga recordar lo que dicen que decía Buda respecto del dolor y el sufrimiento: el primero es inevitable, pero el segundo es opcional. Afirmación con la que coincidía Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis y autor de El hombre en busca de sentido, para quien si no está en nuestras manos cambiar una situación que nos produce dolor, siempre podremos elegir la actitud con la cual enfrentar ese sufrimiento. Dante Alighieri le confería al dolor una capacidad formativa.
“Quien sabe de dolor, todo lo sabe”, sentenciaba, en sintonía con aquello de Plutarco para quien “cada lágrima enseña a los mortales una verdad”. Nadie puede escapar al dolor; ¿cómo haríamos para gozar de la dicha si no experimentáramos su contraparte?
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