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clarin.com · hace 12 horas · Clarin.com - Home

Argentina y Suiza, ¿en qué nos parecemos?

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Según el índice Big Mac 2026, Suiza y Argentina encabezan el ranking de países donde el costo de una hamburguesa es el más caro del mundo. Compartimos este poco halagador primer puesto con el país helvético, siendo uno de los líderes mundiales de la producción de carne y trigo. Sí, en Argentina, comer un Big Mac cuesta el triple que en Taiwán.

Suiza y Argentina también fueron objeto de recientes declaraciones del presidente Milei, cuando al defender la apertura comercial y criticar las políticas de sustitución de importaciones, trazó un singular paralelismo.

En sus palabras, “cuando usted entra en un supermercado en Suiza, todo es importado. Si Suiza aplicara las políticas nacionalistas que algunos proponen, los suizos solamente comerían chocolate”. Añadió que Suiza produce básicamente chocolate, relojes, cortaplumas, turismo y servicios financieros, e importa una enorme variedad de bienes de consumo.

Y concluyó que el bienestar de un país no depende de fabricar todo lo que consume, sino de especializarse en aquello en que posee ventajas competitivas. “Argentina -comparó- solo produce dulce de leche y biromes”, una afirmación hiperbólica, para sostener su defensa de la libre importación.

O sea, ¿Argentina y Suiza somos parecidos? ¿Nosotros producimos dulce de leche y los suizos, chocolate; nosotros fabricamos biromes y ellos cortaplumas? “Se igual”, diría Minguito. Bien sabemos que el comentario encierra una grosera simplificación.

Es cierto que Suiza importa una gran proporción de los bienes de consumo y que su economía está muy integrada al comercio internacional. Pero es engañoso caracterizarla como un país que “solo produce chocolate”.

Suiza es uno de los países con mayor valor agregado por trabajador del mundo y posee industrias altamente sofisticadas en bioquímica y farmacia, instrumentos médicos, maquinaria e ingeniería de precisión, química fina e investigación científico-tecnológica. Su prosperidad se debe mucho a su capacidad para exportar bienes y servicios de altísimo contenido tecnológico y de conocimiento.

Suiza importa alimentos, energía y materias primas, porque no tiene pampa húmeda, Vaca Muerta ni cordilleras mineralizadas. Pero goza de uno de los niveles de vida más altos del planeta. Es, justamente, un país rico porque produce muy bien aquello en lo que se especializa.

Pero no es un país “desindustrializado” -como la hipérbole presidencial pretende caracterizarla- sino todo lo contrario. Suiza no se especializó gracias al libre comercio, sino a una combinación exitosa de educación y formación técnica de excelencia, fuerte inversión pública y privada en investigación, estabilidad institucional envidiable, federalismo efectivo, una administración pública altamente profesionalizada y una colaboración permanente entre Estado, universidades y empresas.

Suiza es un buen ejemplo de economía de mercado donde las capacidades estatales explican buena parte de su éxito y bienestar económico. En los rankings internacionales aparece como uno de los más gobernables y eficientes del mundo. Allí, la justicia es rápida; la regulación estatal, rigurosa; la administración tributaria, eficiente y la infraestructura pública, inigualable.

Una elevada proporción de su producto se invierte en investigación y desarrollo, por lo cual posee una de las mayores densidades de investigadores por habitante y genera patentes de alto valor tecnológico. En términos de Peter Evans, Suiza caracteriza bien a un Estado con autonomía enraizada, cuyo aparato estatal es relativamente autónomo frente a intereses particulares, pero está profundamente articulado con la sociedad y el sector productivo.

Nuestro “dulce de leche y biromes” no equivale al “chocolate y cortaplumas” suizos. Abrir mercados sin fortalecer antes la productividad, el capital humano, la innovación y las instituciones, puede conducir a procesos de desindustrialización antes que a una especialización virtuosa.

Países exitosos como Suiza, Alemania, Finlandia, Corea del Sur, Singapur o Irlanda, siempre combinan economías abiertas con alta competencia, inversión científico-tecnológica, educación de excelencia, políticas activas de innovación y, sobre todo, Estados eficaces e instituciones confiables.

No eligen entre mercado y Estado: construyen mercados competitivos, apoyados por estados capaces, que no pretenden hacerlo todo ni dejar que el mercado lo haga todo. Estados cuya misión consiste en lograr que todos aquellos que pueden contribuir al bienestar colectivo actúen de manera coordinada, inteligente y orientada al interés público.

En resumen, Suiza no es simplemente una economía abierta, sino una economía admirablemente orquestada por un Estado que coordina, regula, educa, promueve la innovación y garantiza reglas estables, sin sustituir la iniciativa privada. Esa es la verdadera fuente de su prosperidad.

Desde esta perspectiva, la afirmación mileísta puede ser provocativa para cuestionar el viejo y ya superado ideal de la autosuficiencia productiva, pero deliberadamente errónea, tal vez para ocultar que sólo un entramado institucional, educativo, científico y tecnológico puede hacer posible que la apertura económica, a la suiza, se traduzca en altos niveles de productividad y bienestar. Y en precios de hamburguesas más razonables.

Oscar Oszlak

Politólogo. Ex subsecretario de Reforma Administrativa e investigador superior del Conicet. Autor de "Merecer la Ciudad" (Eduntref)

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