El Papa viene a decirnos algo
Enrique Angelelli, el obispo mártir cuya muerte hemos conmemorado recientemente, y que fue beatificado por el papa Francisco, solía decir que el pastor debía tener un oído en el Evangelio y otro en el pueblo. El mismo Francisco recuerda y hace suya esa consigna pastoral en su encíclica Evangelii Gaudium.
Es una sensibilidad para leer en los acontecimientos humanos un mensaje divino. Muchas exhortaciones a los fieles suelen prescindir de su universo cotidiano, y se reducen a abstracciones que poco o nada les dicen sobre su vida real, con la consecuencia de que se deja de escuchar.
La oración más emblemática del judaísmo comienza con un llamado de atención: Shemá Israel: escucha Israel. Un texto del apóstol Pablo repetido por los teólogos sentencia: Fides ex auditu: la fe viene de la escucha. Los pregones en el mundo antiguo eran precedidos de un redoble de tambor que suscitaba la atención de los vecinos para invitarlos a disponerse a escuchar algo que era de interés para todos.
Estas expresiones muestran que la actitud del creyente es doble. Está atenta a la realidad humana y al mismo tiempo al mensaje divino, pero todas parten de la misma consigna que es un estado de vigilia para escuchar lo que viene del otro. Quizás él tiene algo importante que decirnos.
Si prestamos atención a la estructura de una conversación cualquiera, en ella suele haber una tensión entre los que dialogan, porque frecuentemente ocurre que ambos quieren comunicar y hay escaso interés en enterarse de lo que está diciendo el interlocutor.
No siempre esta prescindencia del otro nace de una actitud de soberbia, de pensar que el otro nada puede aportarme. En el aturdimiento del fárrago cotidiano, el atropellamiento deja pocas ocasiones para escuchar. Apagar las pantallas yb uscarnos unos minutos de silencio cada día puede mejorar nuestra salud y nuestra calidad de vida tanto o más que ir al gimnasio.
En los últimos años, en bastantes ambientes, no sólo los religiosos, se ha desarrollado un nuevo servicio que apunta a atender a una sentida necesidad de muchas personas solitarias en una sociedad cada vez más anónima. Esta misión consiste en escuchar sin interrumpir ni juzgar, sólo escuchar.
El Papa está muy urgido por tremendos problemas pero se sube a un avión y se hace un viaje de más de once mil kilómetros para venir a vernos. Hay algo que quiere comunicarnos. No ocurre frecuentemente: es el segundo papa que nos visita en toda la historia argentina. Tampoco es mucho lo que nos pide. ¿Le haremos el obsequio de prestar atención a lo que viene a decirnos?
Los argentinos nos quejamos de la grieta pero dialogamos poco. Tenemos que aprender el arte de dialogar que comienza por enterarnos del real mensaje del otro. En segundo lugar tenemos que aprender a disentir sin agredir.
Un nuevo paso será tratar de comprender que el otro tiene una opinión distinta a la nuestra que puede ser muy legítima. No sólo escuchar respetuosamente sino situarnos dentro del que tenemos enfrente. Lo que nos diga nos puede enriquecer. Tenemos que hacer de nuestras discordancias vínculos de unión tan sólidos como lo son nuestros mutuos acuerdos.
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