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clarin.com · hace 11 horas · Clarin.com - Home

Segundos nombres

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Aunque hoy en día haya cierta tendencia a ponerle a los hijos un solo nombre propio, los demás, cargamos con dos. Hasta décadas atrás, solía ponerse un tercer nombre, llamado a veces “el del bautizo”. Hoy, aunque la ley permita hasta tres, ese despliegue parece reservado a la nobleza.

Originalmente, al parecer, el segundo nombre nació para diferenciar a una persona de otra. En un pueblo podía haber treinta Juan y cinco Juan García; de ahí que aparecieran los nombres compuestos, por ejemplo. Más tarde, esto se resolvería agregando también el apellido materno.

El Registro Civil en la época de los próceres era bastante acotado: José Francisco de San Martín, José Gervasio Artigas, José María Paz; Juan Bautista Alberdi y Juan Martín de Pueyrredón. Y la apoteosis del asunto: Castelli y Paso repetían hasta tres nombres: Juan José Esteban. José es el nombre más popular en América Latina y hasta hace muy poco, todos teníamos un abuelo que se llamaba José.

En las mujeres, las advocaciones de la Virgen María eran un clásico. A diferencia de hoy, no se llamaba Rocío o Lola, sino María del Rocío y María de los Dolores. Hasta el Mercedes Benz se llama así por una niña, María de las Mercedes. Hace solo cinco años que María dejó de encabezar la lista de los nombres más usados en Argentina. Sin embargo, cuando yo era chica, el 50% del aula se llamaba María-algo.

El boom de los nombres compuestos duró muchísimo tiempo y seguro que fue abonado por tanta telenovela mexicana. El personaje de la telenovela El derecho de nacer, Jorge Luis Armenteros, produjo más Jorge Luis que el propio Borges.

Después de él, en las telenovelas mexicanas y venezolanas de los 80 y 90 existía la regla de oro del nombre compuesto e impostado para el galán millonario o noble. El rico tiene siempre doble nombre, doble apellido.

Andando el tiempo, el segundo nombre vino a significar otras cosas. Los papás católicos sumaban el del santo del día; los papás más tradicionales el de un abuelo o abuela; y los más comprensivos, un segundo nombre que los hijos pudieran elegir usar si no les gustaba el primero.

Sin ir más lejos, mi hermana se llama Sandra Carolina. El primero, porque estaba de moda, y Carolina por la princesa de Mónaco. (Hubo un furor de Carolinas y Estefanías en los años ’70). En la familia la llamábamos Caro, pero en la escuela seguían el orden correcto del DNI. Cuando le hablaban por teléfono y preguntaban si estaba Sandra, respondíamos en piloto automático: “No, acá no vive nadie con ese nombre”. Hoy se hace llamar Sandra.

Seguro que ustedes conocen a muchas personas que se hacen llamar por su segundo nombre. Y siempre me pregunto qué efectos tiene en su persona elegir el segundo nombre para identificarse. De todas maneras, la originalidad al palo la tenemos con Picasso, ya que sus padres se despacharon a gusto con él, al nombrarlo: Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso. Pedirle que levantara los platos de la mesa, les habrá llevado, como mínimo, media hora.

Patricia Suárez

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