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clarin.com · hace 11 horas · Clarin.com - Home

Lo que ensucia más que el barro

Google

Tuve una vecina a la que le encantaba dar malas noticias. Parecía poseer un imán para las catástrofes cotidianas. Y afición por contarlas. Cada vez que abría la puerta y oía su llave en el pasillo, sabía que se venía una primicia apocalíptica a empañar mi mañana. Era una corresponsal de un periódico amarillista instalada en el edificio.

“No hay ascensor. No se sabe hasta cuándo”. “¿Te sale agua sucia a vos? Va a cortarse, seguro”. “Un desastre hicieron abajo, ¿viste cómo quedó la pared?”.

“No, Elvira, no sé nada” contestaba imitando su cara de circunstancia. Las últimas veces me limitaba a musitar un “uhm” y fingiendo estar apurada, aceleraba la huida.

Mis salidas empezaron a ser cada vez más sigilosas. En puntas de pie para no cruzarla, cual agente secreta antes de ser alcanzada por su misil mala onda. Pero una vez la oí gritarle a su hijo lo sola, invisible que se sentía... Ahí entendí. Necesitaba ser vista, escuchada. Y compartir su amargura como si de forma inconsciente, inocente incluso, dijera: “Acá no voy a ser infeliz yo sola. Si sufro yo, sufrimos todos”. No era mala persona, pero la vida le resultaba una carga y su visión de la realidad (no siempre tal como alertaba) impregnaba todo. Yo intentaba que su negatividad no me condicionase y poder ver el ascensor, el agua y la pared con mis propios ojos…

En cine se dice que la última reescritura de una película ocurre en la sala de edición. Según qué fotograma se elija, qué escenas y en qué orden se cuenten, la historia acaba siendo una u otra totalmente distinta. En este momento de sobredosis de información, mucha fake con la IA, es tarea intensa la de volverse editor de la propia vida. Un seleccionador astuto de la realidad para no dejar que el bombardeo de noticias (mil Elviras acechando a la vez) nos detone.

El algoritmo es un montajista bestial, invasivo, capaz de inventar el mundo a piacere. Eso me enfrenta a las redes y a Google, que se da el lujo hasta de elegir mis recuerdos en un atropello brutal. Cada tanto edita mi pasado y lo envía en el momento más inoportuno. Así, una mañana quizá nostálgica encuentro un collage de fotos de mi padre en sus últimos días ¡musicalizado!.

Por eso, tal como limpiamos la casa y nuestro cuerpo, habrá que desinfectarse de la toxicidad diaria que ensucia más que el barro. Limita, aísla, aprieta.

Si la realidad es, como dicen, la interpretación que hacemos de ella, mejor elegir bien los filtros. Y el recorte.

Decidir motu proprio qué dejar entrar en nuestra mente que no diferencia ficción de verdad, antes que otro determine quiénes somos, dónde mirar, a quién amar, odiar. Qué recordar u olvidar. Nuestros miedos… Contarnos nosotros el cuento.

Por si acaso. Para que siga valiendo esa frase de los intrépidos: “Cómo no sabían que era imposible, lo hicieron”.

María Laura Gargarella

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