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clarin.com · hace 3 horas · Clarin.com - Home

El corporativismo, raíz del estancamiento

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Entre 1880 y 1915 la Argentina llegó a explicar cerca del 4% de las exportaciones mundiales. Hoy apenas el 0,3%. No hubo guerra, ni invasión, ni catástrofe natural que justifique semejante retroceso. Hubo, en cambio, una decisión sostenida durante décadas sobre cómo debía organizarse la economía y la sociedad. Esa decisión tiene un nombre que rara vez se pronuncia: corporativismo.

El corporativismo nació de la búsqueda de una posición independiente del capitalismo norteamericano y al socialismo soviético. En los años 30, con la creencia de que la democracia liberal no podía resolver la crisis, dirigentes de todo el continente propusieron una representación nueva: no la de los partidos, que fracturaban la opinión y engendraban conflicto, sino la de las actividades.

Las personas serían representadas no por sus convicciones sino por su ocupación. Sindicatos centralizados, cámaras empresarias y un Estado árbitro discutirían las grandes decisiones. América del Sur fue el laboratorio de esa idea, y la Argentina el ejemplo más notorio.

El diseño era elegante e incluso tentador, un sistema que evitara los conflictos sociales pero resulto devastador en la práctica. El Estado ordena a los empleadores mejores salarios y penaliza los despidos. A cambio, los compensa con aranceles que impiden la competencia de las importaciones y con regulaciones que limitan el acceso al mercado de nuevas empresas. Los sindicatos existentes obtienen el monopolio de la representación; los nuevos deben incorporarse a la estructura o quedar afuera.

Lo que ese arreglo produce es previsible. Protege a las empresas ya instaladas y castiga a las que quieren nacer. Una regulación laboral compleja y costosa es un peaje que una gran corporación absorbe sin dificultad y que un emprendedor de treinta años no puede pagar. El resultado es una economía que ha perdido el dinamismo. Un sistema construido para proteger el empleo terminó empujando a casi la mitad de los trabajadores fuera de toda protección.

Pero el corporativismo no es solo una arquitectura institucional. Es, sobre todo, una moral. Propone la solidaridad contra el individualismo, al que considera una degeneración egoísta. Surgen expresiones que delinean una metafísica del estancamiento, tales como ¨Vivir con lo nuestro¨ o con una connotación más íntima ¨Aprender a ser pobres¨.

Dentro de esta visión, cada persona debe reconocer su lugar en la sociedad y no aspirar a progresar por encima del resto. Una frase de las llamadas ¨verdades¨ la formula con precisión excluyendo a quien pueda “sentirse más de lo que es”. Su fundamento es que la competencia engendra arrogancia y desigualdad; la pobreza es virtuosa y la ambición, una forma de idolatría.

Esa moral tiene consecuencias económicas concretas, porque los valores de una sociedad determinan qué vidas se consideran deseables. No se trata de capacidad ni de talento, que sobran. Se trata de qué le pedimos a la vida laboral, y de si esperamos de ella algo más que seguridad.

De ahí nace el rasgo más costoso de nuestra economía: la sospecha frente a lo nuevo. Las empresas jóvenes despiertan desconfianza, la innovación se percibe como amenaza al empleo existente, el que arriesga es visto como especulador. Hay ganancias de productividad en la Argentina, pero derivan habitualmente de avances generados afuera. Con la notable excepción del agro, la innovación aquí es importada.

El corporativismo agrega además su propia dinámica política. Necesita una clientela que dependa de sus transferencias, así hoy gran parte de la población argentina recibe alguna forma de pago del Estado nacional. No es un subsidio al trabajo: es su sustituto.

Nada de esto se resuelve con un ajuste contable ni con un tipo de cambio. Se resuelve cambiando la pregunta central de la política económica. Durante setenta años preguntamos cómo repartir un producto que suponíamos dado. La pregunta correcta es cómo hacer que aparezcan cosas que todavía no existen: empresas, productos, métodos y mercados.

Una economía dinámica y abierta no es un eslogan. Significa que ingresar a un mercado sea tan sencillo como salir de él. Que la competencia externa discipline los precios internos en lugar de que los aranceles protejan rentas. Que las reglas laborales cuiden a las personas sin encarecer la contratación hasta volverla imposible. Que la política se decida en elecciones y no en una mesa donde tres grupos de interés acuerden en nombre de todos. Y que quien quiere fundar algo no necesite pedir permiso a los que ya llegaron.

La discusión argentina en estos años debe asumir este desafío, y el debate se empobrece cuando se lo reduce a una disputa coyuntural. Lo que está en juego es si seguimos organizando la economía en torno a la armonía declarada de los que ya están, o si aceptamos el desorden fértil de los que todavía no llegaron.

Queda una advertencia. En las naciones occidentales crece hoy el interés por un nuevo corporativismo antes que por la innovación, y la competencia va cediendo ante la protección estatal: el mundo desarrollado empieza a parecerse a nosotros. Sería una ironía amarga que la Argentina descubriera el valor de una economía abierta justo cuando el resto parece olvidarlo. Pero sería peor no descubrirlo nunca.

Juan Vicente Sola

El autor es abogado constitucional y Amicus Curiae ante la Corte Suprema de Justicia desde 2013.

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