¿Estamos en un proceso de destrucción creativa?
Desde el Gobierno se sostiene que estamos asistiendo a un proceso de destrucción creativa, el concepto que desarrolló Josef Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia, publicado en 1942.
En ese libro, Schumpeter, economista nacido en Austria, utilizó la expresión “destrucción creativa” para describir el proceso mediante el cual el capitalismo progresa: nuevas tecnologías, productos y formas de organización desplazan a las anteriores. Desaparecen empresas que ya no pueden competir y surgen otras que producen mejor, más barato o satisfacen nuevas necesidades.
Por ejemplo, el automóvil destruyó el negocio de los carruajes. La computadora reemplazó máquinas de escribir, archivos y numerosos trabajos administrativos. Internet modificó el comercio, los medios de comunicación, la banca y una parte importante de nuestras vidas: usamos homebanking, pagamos con el celular, ya no se emiten cheques y se hacen transferencias bancarias, entre otros cambios.
Pero en todos esos casos la destrucción tiene que estar acompañada por la creación de actividades, empleos e inversiones para que el concepto sea, efectivamente, destrucción creativa.
El concepto de Schumpeter es correcto: las nuevas tecnologías hacen desaparecer a las viejas, cambia la asignación de recursos, aparecen nuevas inversiones, otros puestos de trabajo y aumenta la productividad.
Como experiencia personal, en 1985 comencé a escribir una columna semanal en el diario La Prensa. En esa época redactaba la nota a mano, con papel y lapicera. Luego la escribía en la máquina de escribir. Hacía una fotocopia para mi archivo y, en un sobre, se la llevaba personalmente a Maxi Gainza Paz, entonces dueño y director de La Prensa.
Con el tiempo apareció la computadora y ya redactaba la nota sin necesidad de hacerla a mano. Enseguida apareció el fax y mandaba la nota por fax sin tener que ir al diario.
Luego apareció el mail y mandaba las notas por mail en vez de fax. Mi productividad aumentó notablemente y, en esa destrucción creativa, desaparecieron los fabricantes de máquinas de escribir, se redujo de manera marcada el servicio de fotocopiado y el fax se dejó de fabricar.
Desaparecieron muchos trabajos, pero aparecieron otros: los que producen notebooks; los que trabajan en las empresas que dan servicios de mail o WhatsApp; los programadores, entre otros.
El punto es que primero aparece el empresario innovador, que invierte y crea puestos de trabajo, y luego van desapareciendo quienes ya no pueden competir con la nueva tecnología.
En la Argentina llevamos décadas experimentando algo bastante diferente: mucha destrucción y poca creación.
Cierran empresas, desaparecen comercios y se pierden empleos. Sin embargo, los recursos que quedan liberados no se trasladan hacia actividades más eficientes. El trabajador que pierde su puesto no necesariamente es contratado por una empresa más productiva. Lo que estamos viendo últimamente es que termina en la informalidad. El mismo gobierno reconoce que aumenta el empleo, pero en el mercado informal.
De lo anterior se desprende que, en rigor, no estamos frente a un proceso de destrucción creativa. Acá no estamos viendo grandes inversiones que demanden más mano de obra. Sí hay inversiones en algunos sectores, pero con escasa demanda de mano de obra en forma directa.
Es más: si estuviésemos pasando por un cambio en la estructura productiva por las inversiones en minería y energía, los nuevos puestos de trabajo que se generan deberían derramar en el aumento del comercio, la hotelería, la construcción y los restaurantes, entre otros rubros, para abastecer a la gente que se traslada a los lugares de producción minera y energética.
El beneficio de la destrucción creativa es que se crean más empresas de las que cierran y aumenta la demanda de empleo. Ninguna de esas dos cosas ocurre.
Aclaro que la apertura comercial es necesaria, pero debe formar parte de un programa más amplio de reformas. No puede consistir únicamente en obligar a las empresas locales a competir con el mundo mientras el Estado -nacional, provincial y municipal- continúa cargándolas con una mochila de impuestos.
El desafío no consiste en impedir que desaparezca cualquier empresa. Los países no progresan congelando su estructura productiva. El objetivo debe ser generar las condiciones para que las actividades que desaparecen sean reemplazadas por otras de mayor productividad.
En síntesis, no creo que estemos en un proceso de destrucción creativa al estilo schumpeteriano por la sencilla razón de que se destruyen más empresas de las que se crean. Hay inversiones, pero en muy pocos sectores, y la demanda de mano de obra disminuye en el sector formal.
La idea de ir a una destrucción creativa me parece fantástica, pero todavía no estamos en ese camino porque aún faltan medidas para que la macro esté en orden y la asignación de recursos vaya hacia los sectores más eficientes, además de permitir que empiecen a crearse más empresas de las que desaparecen.