Los Ortega, la continuidad perversa de Somoza
Viajar a Nicaragua en 1984 era viajar a la ínsula de la esperanza, al territorio donde la utopía se hacía realidad. Viajar a Nicaragua entonces significaba proponerse ser testigo de una revolución que prometía hacer realidad las ilusiones más justas de la humanidad. Una revolución con poetas, con sacerdotres; una revolución liderada por guerrilleros jóvenes y mujeres hermosas; una revolución que apostaba a la vida, que eludía los paredones, las persecuciones; una revolución que condenaba la pena de muerte. Una maravilla. Una maravilla con colores rojos y negros al viento, invocando la memoria de Sandino, considerado el general de los hombres libres, el general víctima de un dictador criminal, corrupto y mafioso como fue Tacho Somoza y como fue luego su hijo, Tachito. Una revolución conjugada con los poemas de Ernesto Cardenal, Gioconda Belli, Sergio Ramírez y las canciones de los hermanos Mejía Godoy y Silvio Rodríguez. Una revolución con mártires, con muchachos que con un fusil en la mano dieron su vida por ella, con militantes que soportaron la tortura y no hablaron porque la causa que sostenían justificaba todos los tormentos.
Cómo no vivir esa experiencia. Cómo no viajar hasta la Nicaragua de Rubén Darío y Augusto César Sandino. Decidí emprender ese viaje. La Argentina terminaba de recuperar la democracia, pero Nicaragua, para un izquierdista como yo, era una experiencia más trascendente, si se quiere un trago más fuerte que la moderada democracia burguesa que se insinuaba en un país en el que los militares no se privaban de prometer su retorno, una posibilidad que, después de medio siglo de regímenes castrenses, no parecía descabellada.
Llegué a Nicaragua en julio. No alcanzaban los ojos para contemplar el paisaje. A la semana participé en las celebraciones del quinto año del triunfo del sandinismo. La gran fiesta de la revolución en su apogeo. El pueblo en la calle; caminábamos tomados del brazo bajo un cielo azul entonando cánticos que hablaban del heroísmo, del coraje, de los ideales más puros. Los comandantes caminaban con nosotros. Más allá, el cerro Motastepe con la sigla gigante del FSLN. El cielo por asalto. La sensación de que todos los dilemas de la humanidad serían superados. La libertad de la mano de la igualdad y la justicia; jóvenes vestidos de verde olivo con la boina guerrillera y los colores rojos y negros. La revolución en tiempo presente. Y una confidencia. La presencia de las comandantes Dora Tellez y Mónica Baltodano. Dos mujeres lúcidas, valientes y bellas. Y no exagero: eran hermosas. Como épica era su leyenda de combatientes contra las tropas del dictador. Mónica y Dora caminando por la calle. La boina algo ladeada, los cabellos sueltos, el fusil en la mano y la sonrisa que a sus admiradores anónimos nos derretía.
Después, los rigores de la realidad empezaron a hacer su trabajo. Maravilloso el jolgorio de la revolución, pero los comandantes se atribuían privilegios que contradecían la esperanza igualitaria. La economía no funcionaba; en los mercados, los productos de primera necesidad empezaban a escasear. Algunos dirigentes de la causa sandinista se exilian en países vecinos e inician un movimiento armado que se lo descalificará con el apodo de “la contra”. El discurso oficial de la revolución es humanista, democrático, pero en los despachos de los comandantes los rostros de Kim Il-sung, Lenin y Fidel son los que abundan. Desde el poder se montan negociados con el dólar en negro. Los jefes de la revolución, algunos de los más destacados, son sus principales operadores. Viven en los barrios lujosos donde antes residía la corte somocista, ahora en el exilio. Sus mansiones se justifican en nombre del testimonio que los jefes guerrilleros dieron combatiendo en la montaña. ¿Un premio o un botín? La verdad duele: no son revolucionarios; son corsarios.
La herida a la ilusión de una nueva sociedad y un hombre nuevo ya está abierta y es más profunda de lo que los más entusiastas e incondicionales sospechan. Las promesas de una sociedad más justa, más libre, más humana se desvanecen en el aire o son sacrificadas en el altar del más descarnado realismo comunista. Prisioneros de sus propios discursos, en 1990 los sandinistas convocan a elecciones y son derrotados por una oposición cuya dirigente más visible es Violeta Chamorro, un símbolo de la lucha contra Somoza, la viuda de Pedro, asesinado por los sicarios del dictador.
Perder una elección no fue una buena noticia para el sandinismo, pero lo más importante no fue la derrota en las urnas, sino el saqueo perpetrado por los principales comandantes de la revolución. “La piñata”, se denominó a esa orgía de corrupción, ese momento en que Daniel Ortega y sus secuaces se sacan definitivamente la careta de revolucionarios, de herederos de las tradiciones redentoras más altas logradas por la humanidad, para revelarse como una pandilla de ladrones.
Hoy ese rostro sombrío, adusto, reblandecido, del dictador Ortega anunciando que nunca más habrá elecciones, sumado a la expresión siniestra de su esposa, la misma mujer que habría consentido que su hija fuera violada por su marido, sorprende a algunos. A decir verdad, y en nombre de lo que conocí durante mi temporada en Nicaragua, nada me sorprendió. El huevo de la serpiente ya estaba instalado. Daniel Ortega no fue ni es la alternativa a Somoza, sino su continuidad a través de un proceso de singular perversión. Los Somoza constituyeron una dinastía sanguinaria, pero los Ortega no les van a la zaga. La ambición de poder, privilegios y oropeles los hermana. A favor de Somoza podría decirse que nunca pretendió ser diferente a lo que todos siempre supimos de él. Ortega manipuló ilusiones, sueños, esperanzas. Verificó de una vez y para siempre que estas revoluciones tropicales que se abrazan a los ideales más justos de la historia son, por su pretensión de absoluto, no solo un fracaso, un fiasco, sino que esos mismos redentores son los sepultureros de la revolución que prometieron realizar.
Muchos sandinistas hoy increpan al dictador; muchos de ellos están en la cárcel o en el exilio. Algunos lisa y llanamente fueron asesinados. Mónica y Dora, arrestadas, hoy expulsadas de su patria y, como broche de oro, despojadas de la nacionalidad. La revolución devorando a sus mejores hijas. En homenaje a lo real, a los imperativos impiados de la realidad, queda claro una vez más que Daniel Ortega, su esposa y sus compinches han sido los ganadores de esta pugna. Los supuestos liberadores derivados no en redentores sociales, sino en piratas que asaltan el poder para enriquecerse y disfrutar de todas sus lujurias.
Y pensar que a principios de los años 80 me jactaba de viajar al país donde se fundaba el futuro mientras consideraba una experiencia menor la democracia conquistada en la Argentina. Fue una dura lección, un doloroso encontronazo con la realidad. El sueño derivó en pesadilla, la bella princesa transformada en horrible bruja. ¿Cómo? ¿Como en Cuba, como en Venezuela? Sí, como en Cuba, como en Venezuela.
Un amigo que conocí en aquellos años, con quien fuimos compartiendo el desencanto por una revolución transformada en régimen. Ese amigo, uruguayo para más datos, partícipe de la guerra liberadora en Nicaragua y en El Salvador, harto de tantas traiciones, de tantos manoseos, me dijo haciendo honor a su infalible sentido del humor: “Regreso a Uruguay, regreso a mi paisito para izar en el patio de mi casa la bandera roja”. Lo miré algo sorprendido, pero enseguida despejó mis dudas. “La bandera roja, pero no la de la revolución con el martillo y la hoz, sino la del Partido Colorado”.
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