El PIX de las redes sociales
Cualquiera que haya estado en Brasil en los últimos años lo pudo comprobar. Allí casi nadie usa efectivo. Da lo mismo si uno compra un agua de coco en la playa, un “suco de açaí” en un puesto callejero o incluso un auto o una casa: la operación seguramente se hará por QR, a través de PIX.
Creado por el Banco Central de Brasil en 2020, PIX es un sistema de pagos electrónicos que hoy usa diariamente cerca del 80% del país (unos 170 millones de personas). Su éxito es tan grande que, en un país híper polarizado, lo defienden tanto los simpatizantes de Lula como los de Bolsonaro.
Hace unas semanas, el sistema quedó envuelto en una controversia internacional, cuando el gobierno de Donald Trump anunció nuevos aranceles contra Brasil. Entre los argumentos apareció que PIX perjudica a los proveedores estadounidenses de servicios de pago electrónico. Washington sostiene que Brasil favorece a su sistema, aunque, en rigor, no impide que empresas extranjeras compitan en ese mercado.
Esta historia sirve para pensar qué pasa en el mundo digital en general, más allá de los pagos electrónicos.
Por ejemplo, hace años que aceptamos que las conversaciones, las noticias y buena parte de nuestra vida social estén organizadas por algoritmos diseñados por empresas privadas, en su mayoría estadounidenses. Los algoritmos deciden qué vemos y qué no vemos. Y qué temas se vuelven virales. El objetivo no es fortalecer el debate público ni mejorar la información. El negocio es captar nuestra atención el mayor tiempo posible para vender publicidad.
Ahora, así como Brasil decidió construir una infraestructura propia para los pagos electrónicos, ¿podría imaginarse algo similar para la comunicación digital? No se trata de que un Estado controle la circulación de las ideas, sino desarrollar plataformas donde además de los clics, el algoritmo también premie la información verificada, la diversidad de voces y el debate democrático.
De un proyecto así podrían participar medios periodísticos, universidades, la sociedad civil e incluso tecnológicas comprometidas con reglas transparentes. Lo importante no sería quién administra la plataforma, sino que su funcionamiento responda al interés público y no solo al negocio de captar atención.
Así como todos coincidimos que la electricidad o las rutas son infraestructuras estratégicas, los algoritmos también deberían serlo. Después de todo, allí es donde hoy transcurre buena parte de nuestra vida cotidiana.
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