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infobae.com · hace 15 horas · Hernán Bernasconi

¿Qué es el bien común?

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La Pastoral Social 2026 se reunirá en la ciudad de Córdoba del 4 al 6 de septiembre próximos y convoca. Tomará como eje temático la cuestión del “bien común”. El lema será “Puentes para el Bien Común”, tema inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia, en los compendios de los mensajes pontificios y, particularmente, en la reciente encíclica del papa León XIV Magnífica Humanitas (Magnifica Humanidad).

Por bien común la Iglesia entiende “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, n. 26).

La Iglesia afirma, lejos de sostener un criterio privatista —en el sentido de la actitud de quienes creen que solo deben preocuparse por sí mismos—, que el bien común es lo opuesto al individualismo o al interés particular egoísta, que prioriza el beneficio personal o privado por encima de las necesidades de la sociedad. Mientras el bien común busca las condiciones que integran a toda la comunidad, el individualismo centra la atención exclusivamente en el sujeto o en grupos aislados.

La justicia fue el tema de la catequesis del Papa en abril de 2022. Francisco, en la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro, dijo: “Sin justicia no hay paz, hay que promover el bien común”. Se trata de una virtud que evidencia que no puede haber un verdadero bien para uno si no existe también el bien de todos.

Justo es quien cultiva el sueño de la fraternidad universal, “un sueño especialmente necesario hoy”.

El hombre justo no solo vela por su bienestar individual, sino que quiere el bien de toda la sociedad. Por eso, no cede a la tentación de pensar solo en sí mismo ni de ocuparse únicamente de sus propios asuntos, por legítimos que sean, como si fueran lo único que existe en el mundo.

La virtud de la justicia deja claro —y pone la exigencia en el corazón— que no puede haber un verdadero bien para mí si no existe también el bien de todos.

“Es la virtud social por excelencia –dijo Francisco– sin justicia no hay paz". Además, precisó que la justicia “es una virtud que actúa tanto en los grandes como en los pequeños”, describiendo características cotidianas del hombre justo, como el candor, la atención a los demás, el interés por el bien común y la honestidad. Subrayó la necesidad de promover la legalidad como antídoto contra la corrupción.

El Papa concluyó su reflexión citando la Escritura: “Quien busca la justicia y el amor encontrará la vida y la gloria”, para afirmar que los justos “no son perdedores” frente a quienes se creen “astutos y ladinos”; por el contrario, los justos atraen la bondad hacia sí mismos y hacia su entorno.

Los justos no son moralistas que visten la toga del censor, sino personas rectas que “tienen hambre y sed de justicia”, soñadores que albergan en su corazón el deseo de la fraternidad universal. Y de este sueño, especialmente hoy, todos tenemos una gran necesidad.

El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno, es y permanece común, porque es indivisible y porque solo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo. Entre el bien particular y el bien común existen condicionamientos, pero no necesariamente oposición: el bien particular no se consigue si no se orienta al bien común, y el bien común se realiza alcanzando el bien particular de cada uno.

Así como el actuar moral del individuo se realiza en el cumplimiento del bien, el actuar social alcanza su plenitud en la realización del bien común. El bien común puede considerarse como la dimensión social y comunitaria del bien moral.

El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas, al que debe subordinarse el progreso social.

Un hombre o una sociedad que no reacciona ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerza por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos —conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo— han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres. (Es Cristo que pasa, p. 167).

Esta es la tarea del ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social. (Surco, 302). El negacionista del amor y la libertad de Cristo desintegra su mensaje al separar la cultura desde una perspectiva cristiana de la economía y el trabajo, o la vida en familia y en comunidad de la economía. Una atenta lectura de los Evangelios muestra que el pensamiento de Nuestro Señor siempre abarca la realidad concreta y de modo integral.

“Nadie se salva solo”, repetía el Papa Francisco en sus homilías (Urbi et Orbe en la Plaza San Pedro durante el inicio de la Covid-19, 27 de marzo de 2020). En medio de la desesperanza, el Papa, aludiendo a la metáfora de la barca en medio de una tormenta donde todos se necesitan y deben remar juntos, infundía ánimo y convocaba a la unidad de toda la comunidad universal, frente a la omnipotencia y autosuficiencia de algunos espíritus contaminados por el individualismo y las dictaduras.

“La persona —afirma San Esteban— no puede realizarse aisladamente, es decir, prescindir de su ser «con» y «para» los demás. Esta verdad le impone no una simple convivencia en los distintos niveles de la vida social y relacional, sino también la búsqueda incesante, de manera práctica y no solo ideal, del bien, es decir, del sentido y de la verdad que se hallan en las formas de vida social existentes. Ninguna forma expresiva de la sociabilidad —desde la familia, pasando por el grupo social intermedio, la asociación, la empresa de carácter económico, la ciudad, la región, el Estado, hasta la misma comunidad de los pueblos y de las naciones— puede eludir la cuestión sobre su propio bien común, que es constitutivo de su significado y auténtica razón de ser.

Coincidiendo con el Papa Prevost, pone el acento en que “la dignidad de la persona humana implica la búsqueda del bien común. El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su consecución y desarrollo. Cada cual debe preocuparse por suscitar y sostener instituciones que mejoren las condiciones de la vida humana.” (Catecismo de la Iglesia y el Compendio de la DSI).

“La participación se realiza ante todo con la dedicación a las tareas cuya responsabilidad personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la responsabilidad en su trabajo, cada persona participa en el bien de los demás y de la sociedad.”

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