Argentina y España, frente al espejo
Desde el desenlace de la Copa del Mundo de Fútbol, la primera final en español desde 1930, surgió la polémica y el pedido de responsabilidades por los agravios cometidos. En paralelo, renació la idea de una campaña anti argentina, triste copia del relato de la dictadura militar en 1978 por las denuncias internacionales por la violación de los derechos humanos.
La discusión hispano-argentina se azuzó en las redes con cruces de interpretaciones, recriminaciones e insultos. Y de allí saltó a medios más o menos serios e incluyó a periodistas, intelectuales, académicos, deportistas y opinólogos varios, todos cargados de razones y conocimiento para hablar, aunque subordinando el victimismo y el pundonor nacional a la lógica y la razón.
En ese intercambio de mandobles, que no debate, hubo de todo: panfletos, diatribas y análisis racionales, algunos en jerga politológica. En la mayoría de los casos los escribas se enfundaron en su bandera y sus argumentos, postergando comprender las razones del otro. La historia se convirtió en un arma arrojadiza y hubo quien se remontó a la colonia y a la trata de esclavos para argumentar contra unos contrarios devenidos en enemigos.
Soy argentino y español, llevo 50 años viviendo en España, y me preocupa el impacto de tanto dislate sobre la relación bilateral, a la que sigo desde hace décadas. Desde cada trinchera se disparó munición de grueso calibre con la premisa del “y tú más”, el otro siempre es peor.
Si Argentina, un país futbolísticamente violento, debió jugar la final de la Copa Libertadores de 2018 (River y Boca) en Madrid, ante la imposibilidad de hacerlo en Buenos Aires, la respuesta contra España aludió a los estragos de violencia fratricida de la Guerra Civil y a la desinteresada acogida al exilio republicano.
Argentinos y españoles nos conocemos muy bien. Nos respetamos, admiramos y odiamos en un vínculo trufado de historias de ida y vuelta, personales y familiares. Los argentinos son el 10% de los inmigrantes latinoamericanos en España, que suponen el 48% de los 9 millones de extranjeros allí establecidos. Por otro lado, gracias a la “Ley de nietos”, más de un millón de argentinos ha solicitado la nacionalidad española, un buen reflejo de la inmigración ibérica.
La mayoría de las abundantes, erróneas e interesadas acusaciones sobre Argentina como país racista no salió de España. Ni Argentina ni España son racistas, aunque se encuentran racistas connotados. Muchas acusaciones españolas, sin partir de ninguna estadística sobre el flujo de insultos y noticias falsas, giraron sobre la considerada excesiva violencia de los jugadores argentinos, el favoritismo arbitral ante el juego duro o el trato de la FIFA a Messi y la selección.
Otros adujeron motivos más políticos como el apoyo de Milei a Israel en Gaza. Del otro lado del Atlántico, el complot de la FIFA tuvo un sentido opuesto y contrario al interés argentino. Cada parte vivió el partido y lo ocurrido antes, durante y después desde su óptica y su tradición futbolera. Pensar que todo surgió de una profunda y preexistente animadversión es no entender nada.
Desde España se les criticó el excesivo entusiasmo al cantar el himno, la dureza contra los rivales (magnificadas por los comentaristas), las agresiones tras el partido y la falta de respeto durante la entrega de premios y el festejo (no hacer el pasillo, dar la espalda al equipo rival). Desde Argentina se les echó en falta todo lo contrario, especialmente la tibieza con la que se vive el fútbol.
Si se pretende que el otro actúe con los mismos valores, costumbres y reglas que uno vamos mal. Nunca es bueno imponer la propia idiosincrasia, peor aún desde la ignorancia. Franco Colapinto, piloto de fórmula 1, expresó el sentir de muchos al quejarse de que los españoles solo se ponen la camiseta cuando ganan (“es una vergüenza”) y que, a diferencia de los hinchas argentinos, sus cánticos son aburridos: “no tienen ni canciones para cantar… y no tienen ni letra para cantar el himno”. ¿Y si fuera así, sería tan terrible?
Ambas partes interactúan permanentemente. Con tanta información disponible no hacen faltas campañas anti argentinas para saber de la violencia presente en las canchas argentinas, donde no acuden las hinchadas visitantes. Tampoco del multimillonario esquema de corrupción orquestado desde la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y de sus alargados tentáculos en el aparato del Estado, con la inacción, o complicidad, de las autoridades nacionales y judiciales, actuales o pasadas.
Tras el calentón inicial muchos ofensores y agresores, de los dos lados, pidieron perdón a sus víctimas y a los agredidos, generalmente aceptadas de buen grado. Es posible, como sostiene una asociación de migrantes argentinos, que hayan crecido los insultos y proliferado los casos de discriminación.
Ahora bien, en toda España solo se reportó un solo ataque contra un argentino, mientras que el embajador en Madrid habla de absoluta normalidad, lo que debería llamar al recato al agitar a la nación herida.
Argentina y España sostienen buena parte de su presencia global en el poder blando, con el deporte como componente esencial. Cualquier desborde, y más si nace del gobierno, no favorece ni la propia imagen ni la proyección internacional.
Tampoco los insultos, los malos modos o las descalificaciones ayudan a mantener la intensidad de nuestra relación. En el interés común sería bueno des-escalar los comentarios sesgados, abandonar el “y tú más” y reforzar la empatía mutua. De ese modo, ganaríamos todos.
Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.
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