Alí Babá y los cuarenta ladrones (versión bolivariana)
El doblete sísmico, con toda la desgracia que acarreó a los venezolanos, también hizo las veces de «Ábrete, sésamo». Igual que en el relato de Las mil y una noches, la tierra se abrió en dos como aquella roca enorme que servía de caja fuerte para resguardar el botín de los míticos cuarenta ladrones de Sherezade.
No hay palabras para describir tanta fatalidad, tampoco para justificar que, días después, funcionarios policiales, en lugar de actuar como rescatistas, mutaran en cazadores de tesoros, de caletas de dólares entre los escombros. También vimos, en las redes sociales, cómo aparecían tentadores fajos de billetes y a efectivos de la Guardia Nacional cerrando el paso a quienes sí buscaban salvar vidas. En vez de sumarse a ellos con pico y pala, se dedicaron a custodiar sus escondrijos.
La revolución mostró su «cara de brea y barba de cerdo», como la de aquellos cuarenta. Sea como fuere, en varios de los edificios destruidos, según dicen quienes intentaban salvar a sus familiares y vecinos, se “almacenaban grandes sumas de dólares en cajas fuertes, maletas y bolsas con billetes, algunas de las cuales habrían sido recuperadas en camiones nocturnos”. Algo parecido leemos en el relato árabe, donde el alma avarienta de Kassin, hermano de Alí, imaginó una caravana de camellos, “avanzada la noche”, para extraer el tesoro de la cueva de los cuarenta ladrones.
Tampoco es raro que sigan encontrando dólares porque, al fin y al cabo, es la «moneda local». Nadie sobrevive con bolívares, pero esas serán «caletas domésticas», no tan bolivarianas, digamos. Sin embargo, aquellos hallazgos alibabescos me hicieron recordar al periodista del ABC Emili J. Blasco y su aterrador libro Bumerán Chávez (2015), impresionante desde la primera página. A mí, lo confieso, me indignaba conocer aquellas cosas. Entonces mi esposa, como una moderna Sherezade, me lo leía en voz alta, porque su estómago resistía mucho más que el mío: «Cinco días después llegó un camión del SENIAT (...) repleto de maletas, todas iguales y cerradas con candados. (...) Una maleta ya se había trasladado a una de las habitaciones de la casa y estaba abierta. Allí había amontonados fajos de billetes de cien dólares (...) El dinero iba destinado a una gran caja fuerte de tres metros por cuatro (...) Pero, por grande que fuera (...), no cabía el contenido de todas las maletas recibidas». No obstante, añade Leamsy Salazar, ex capitán de la Armada venezolana, la existencia de varios bunker para almacenamientos similares.
Volví a pensar en todo aquello al leer un post de EVTV Miami. Contaba que el rescatista mexicano Humberto Estrada denunció haber sido acosado después de descubrir que el supuesto rescate de un director de Policía no era más que «un montaje para ocultar misteriosas caletas con dinero, armas y drogas» entre los escombros de su edificio. De manera que el doblete sísmico convirtió la leyenda del gran botín bolivariano en una brutal crónica policial. Y, como diría Sherezade, esto es lo referente a los cuarenta ladrones.
En cuanto al jefe de estos, sabemos que dijo lo siguiente: “¡Estamos al descubierto, conocen nuestro secreto. Y, si no ponemos remedio, las riquezas que hemos amontonado nos serán arrebatadas!”. Será una joven, Luz Nocturna (Nur al-Nahar), astuta y sin par entre las mujeres, la que pondrá fin al acecho de los ladrones de la caverna y devolverá, tras tantas aflicciones, la paz a la casa de su amo, Alí Babá.
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