Ceuta y Melilla y el disparatado decreto contra el odio
Al grito de Allahu Akbar, miles y miles, a mansalva, ¡descalzos!, ¡nadando!, portando alguna que otra camiseta de Boca o de la Selección argentina, entraron corriendo a Ceuta, también a Melilla. La frontera es un grito masivo. La cifra de ahogados crece con cada patrulla que vuelve al puerto.
¿Vale Quevedo? "Miré los muros de la Patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados…"
España, que critica muros ajenos en otras geografías, ha levantado altas paredes y rejas equipadas con sensores térmicos para evitar las incursiones siempre intentadas desde África. Ahora fueron insuficientes.
Los fantasmas de los siglos y las luchas, redivivos y encendidos. Moros y españoles cara a cara. Y dos mundos fronterizos y en largo conflicto histórico.
Ceuta y Melilla son ciudades autónomas españolas en el norte de África, habitadas por españoles. Para la visión marroquí son colonias.
El argumento de Madrid es que forman parte de España desde antes de que Marruecos fuera Marruecos. Es un tópico muy discutible, y consistente con el modelo colonial.
Ceuta fue tomada en 1415, y no por España sino por Portugal, que la conservó hasta 1668. Melilla cayó en 1497, cuando ya había Estado marroquí: los wattásidas gobernaban desde Fez, herederos de meriníes y almohades.
Lo que no existía era el Marruecos de hoy. Tampoco existía la España de hoy. Tampoco existía la Argentina cuando los ingleses llegaron a las islas.
Marruecos reclama amparándose en el derecho a la integridad territorial. Es el mismo ángulo del reclamo de España respecto de Gibraltar.
Cuando un turista occidental se embarca desde la brillante Algeciras en España hasta Marruecos, llega en un suspiro a otro planeta. Tetuán, allí en el norte, es un territorio islámico absoluto, laberintos pétreos y la Medina y las alfombras, y las especias y el medioevo presente y enhebrado con retazos del siglo XXI, solo retazos, en los televisores desde donde también gritaban los marroquíes por el Mundial.
El ferry tarda una hora. La historia retrocede seiscientos años. Es el viaje en el tiempo más breve del mundo. Y el más lejano.
Los automóviles del Primer Mundo embarcan en atracaderos impecables, atraviesan el sol del Mediterráneo y desembarcan en tierra islámica, entre alminares y Mahoma aquí y allá.
El país norafricano es una monarquía dictatorial estratégicamente permisiva con mafias que transportan inhumanamente a miles de personas que nunca saben si llegarán vivas al anhelado Occidente.
Pero Ceuta y Melilla están en territorio africano. Y eso alerta a toda Europa, que teme invasiones aún mayores.
El gobierno español, y millones de españoles tan críticos de Israel, siempre cercado de enemigos armados, enfrenta ahora el dilema de hacer frente a sus vecinos del Magreb.
Claro que esta "invasión" no fue armada como la de Hamas: no mataron, no secuestraron, no quemaron personas y no violaron.
Aun así, muchos ceutíes vociferan venganzas y repatriación por la razón o la fuerza.
La colonización española sobre el norte de Marruecos, extensa en su momento en términos territoriales, le devolvió a España su propia tragedia interior. Francisco Franco usó a los moros para cruzar el Estrecho en julio de 1936 y derrocar, tras la ardua guerra, a la República.
El Ejército de África y sus regulares marroquíes, trasladados en aviones alemanes e italianos. Los había reclutado en las montañas del Rif hambreado que España misma arrasó con gas mostaza una década antes. Musulmanes pagados para imponer cuarenta años de nacionalcatolicismo.
La memoria colonial y el presente migratorio alertan a toda la Unión Europea, temerosa. Afirman desde Madrid que ya retornó a Marruecos más de la mitad. Los números oficiales del viernes son de una elocuencia brutal.
Entraron sesenta mil, según el presidente de Ceuta— y a media tarde habían vuelto treinta y siete mil quinientas.
La misma gendarmería marroquí que no pudo impedir que salieran es capaz de recibirlos de vuelta con la puntualidad de una cinta transportadora.
La frontera que se desbordó el jueves funcionaba el viernes como un molinete de estadio.
Nadie improvisa eso. Entre Pedro Sánchez y Mohamed VI son capaces de urdir las operaciones más sorprendentes. ¿Y si es todo una mise-en- scène?
Una función teatral no deja decenas de cadáveres, al menos, entre oxidados espigones marítimos. Entonces ya no es teatro. Es otra cosa, y habría que nombrarla. Es tragedia.
Sánchez denunció "un ataque a la integridad territorial de España". Exactamente el mismo argumento con el que Marruecos reclama Ceuta y con el que España reclama Gibraltar. Los tres invocan la misma frase y ninguno se sonroja.
Mientras tanto, aquí en la Argentina, con oportunismo nacionalista, se ha dictado un decreto que castiga "delitos de odio" y resuelve devolver a sus países de origen o impedir el ingreso al país de quienes enuncien agravios verbales contra la Argentina. Un disparate.
El kirchnerismo había pergeñado un mamarracho análogo: el NODIO, una oficina de la Defensoría del Público destinada a "desarticular" los mensajes de odio de la prensa. Los que hoy firman el decreto llegaron al poder denunciando aquel Ministerio de la Verdad.
Tardaron dos años en inaugurar el propio. ¿Quién mide "el odio"? ¿Con qué "odiómetro"? ¿Habrá un funcionario del odio, con oficina y sello, dictaminando cuánta antipatía cabe en una visa?
¿Quién impide la libre expresión? ¿Han leído la Constitución los que levantan el ridículo muro contra el "odio"? ¿Leyeron al menos el Preámbulo?
El Preámbulo abre las puertas "a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino". No dice "a todos los que nos elogien, ni a todos los que no nos critiquen ".
Alberdi imaginó un país que se poblaba con extranjeros; el decreto imagina uno que se purifica expulsándolos por adjetivos que no nos gustan.
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