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perfil.com · hace 15 horas · Joan Cwaik

Los confesionarios del barrio

Joan Cwaik

Cuando era pibe, mi papá me llevaba a una peluquería en la que el barbero sabía más de la vida de los clientes que la mayoría de sus familiares. Un tipo grande, de tijera lenta, que mientras te cortaba te preguntaba por el laburo, por la novia, y de paso te contaba lo que le pasaba a medio barrio. Nadie iba solamente a cortarse el pelo. Iban a hablar, a escuchar, a sentirse parte de algo. Ese local funcionaba como una especie de confesionario donde uno soltaba lo que no soltaba en otro lado.

Pensé en él hace unos días leyendo un dato. La soledad se convirtió en un problema de salud pública que la OMS puso al nivel del tabaquismo, y golpea con más fuerza a la generación más conectada de la historia. Millones de personas que tienen miles de contactos en el teléfono y ninguno a quien llamar un martes a la noche, que hablan todo el día por pantalla y no comparten nada con nadie de verdad.

Algo se corrió de lugar sin que nos diéramos cuenta. Durante generaciones, el barrio estuvo lleno de figuras a las que uno les contaba cosas sin que fueran ni familia ni amigos. El barbero, el kiosquero, el que atendía el almacén, el taxista que te llevaba de madrugada, el fiambrero que sabía tu pedido antes de que abrieras la boca. Eran vínculos que ocurrían en un lugar físico, con cuerpos que estaban ahí, y sostenían buena parte de la vida emocional de la gente de un modo que casi nunca se notaba.

Esas conversaciones se fueron mudando a otro lado. Hoy le preguntamos al buscador lo que antes le preguntábamos al farmacéutico, le contamos a una aplicación lo que antes charlábamos en la cola del banco, y cada vez más gente termina hablando con ChatGPT sobre cosas que no se anima a hablar con una persona. La pantalla absorbió el rol que cumplían esos personajes del barrio, con una diferencia enorme, y es que la pantalla no está ahí, no te ve, no te registra, no se acuerda de vos a la semana siguiente cuando volvés.

Byung-Chul Han escribió que en la sociedad digital desaparece el otro como presencia, como alguien que ocupa un espacio y ofrece resistencia. El barbero te contradecía, el kiosquero opinaba distinto, el taxista te tiraba una idea que no habías pedido. Esa fricción incomodaba a veces, y era justamente lo que hacía humano al intercambio. La máquina eliminó toda esa aspereza y nos dejó una comodidad rara, la de hablar con algo que nunca nos lleva la contra y nunca tiene un mal día.

No quiero caer en la nostalgia fácil, porque el barrio de antes también tenía sus miserias y la peluquería de mi infancia estaba lejos de ser una utopía. Pero algo sí perdimos, y es la red invisible de pequeños vínculos cotidianos que sostenían a las personas sin que nadie los llamara terapia ni contención. Uno se cruzaba con diez personas por día y en ese cruce, sin planearlo, dejaba y recibía algo.

Cuando el lugar donde descargamos lo que nos pasa deja de ser una persona de carne y hueso y pasa a ser un programa diseñado por una empresa, uno intuye que el tejido social que nos sostenía se había afinado bastante antes de que apareciera la pantalla. La máquina apenas encontró un hueco que ya venía abriéndose hace rato y se acomodó ahí.

El barbero de mi infancia todavía corta el pelo, más viejo y más lento, en el mismo local de siempre. Cada tanto paso a saludarlo y me sorprende que se acuerde de cosas que le conté hace veinte años. Mientras entramos en un agosto que arranca con la misma rutina de todos los años, con la gente corriendo y el frío apretando, pienso que lugares como ese son cada vez más raros, y que ojalá aguanten un poco más. Porque contarle nuestras cosas a alguien que efectivamente nos escucha, y que encima se acuerda, sigue siendo algo que ninguna pantalla aprendió a reemplazar.

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