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lanacion.com.ar · hace 16 horas · Héctor M. Guyot

El domador avisa: la fiera se escapó de la jaula

LA NACION

La semana dio para todo. Un presidente insulta con ganas a otro mientras está de visita en su tierra y cuando vuelve, en homenaje a la incoherencia, prohíbe por decreto el ingreso al territorio a extranjeros que expresen “mensajes de odio” contra el país; una expresidenta condenada con pruebas al canto por una corrupción sideral contrata abogados que la presentan al mundo como una perseguida política; el Gobierno, ministro del área mediante, busca hacer zafar a los dueños locales del fútbol en los tribunales, sin contar con que jueces estadounidenses, poniendo en ridículo al país, hacen su trabajo y avanzan en su investigación sobre estos personajes en una causa sobre fraude y lavado de dinero.

Cualquiera de estas cuestiones merece una columna. No será esta. Hubo otro hecho que me parece más relevante, quizá porque explica la deriva de un mundo que parece haber perdido el decoro, en el que la mentira y la verdad no son más que fichas intercambiables y en el que lo falso se impone a fuerza de emociones manipuladas en y por las redes o desde el mismo poder. El hecho es que quienes venían alimentando y cuidando a la fiera avisan que la fiera se ha escapado de su jaula y anda suelta por ahí, con el consiguiente peligro para los mortales, que en nuestra inocencia ya hemos dado suficientes muestras de que somos capaces de ver un lindo gatito allí donde hay un tigre famélico.

La cosa es así: más de mil empleados de las principales empresas de inteligencia artificial le pidieron formalmente al gobierno de Estados Unidos que contenga y regule de algún modo el desarrollo de la IA. No se trata de personal de maestranza. Entre los firmantes hay altos cargos y científicos encargados de hacer avanzar el proceso para el cual ahora piden algún tipo de freno. “Hay un riesgo real de que la capacidad de desarrollo acelere más allá de nuestra habilidad de entender o controlar los sistemas resultantes”, dice la petición que firmaron.

La inteligencia artificial provoca el estallido del viejo modo de hacer las cosas antes de que se haya encontrado otro mejor para reemplazarlo

Esta gente sabe más que cualquiera de nosotros, pero todo indica que llega tarde. Nuestra habilidad de entender y controlar a la IA fue superada hace rato. De hecho, durante pruebas recientes dos modelos avanzados de la inteligencia artificial de OpenAI quedaron fuera de control y hackearon varias plataformas. Esos ataques informáticos alcanzaron a otra empresa de IA, Hugging Face, que atribuyó la intrusión a “un intento de hacer trampa en la evaluación” que OpenAI hace sobre sus criaturas, con el propósito de “robar las soluciones de las pruebas en lugar de intentar responderlas por sí mismas”.

El lenguaje de la empresa víctima del ciberataque es expresivo, pero confunde. Lleva a pensar en chicos sacando el machete escondido debajo del pupitre. No es el caso. Tampoco hay un intento de robo. En tanto máquina, la IA carece de sentido moral. Solo busca la efectividad. Así de inhumana. Cuando alguien le pide algo, o le da una orden, busca el modo más efectivo de cumplir con el encargo. Por eso muchos expertos señalan que, aun cuando se le encomiende una misión altruista, la inteligencia artificial puede provocar desastres en su afán ciego de cumplir con la tarea. En otras palabras, no mide costos. No está en contacto con la realidad y carece de una visión de contexto. Pero ojo, es un agente, como anticipó Harari. Hay un tigre suelto en el barrio.

En relación a nuestra “habilidad de entender”, otra de las preocupaciones de los firmantes del petitorio, creo que también vamos a la zaga. La IA, que en muchos aspectos supone grandes beneficios, avanza a paso redoblado en la colonización de nuestra vida cotidiana y sobre nuestro modo de entender al mundo, y en ese avance desplaza nuestra vieja noción de realidad, que se establecía en nuestro diálogo con el afuera, con el mundo material. Así, nos va encerrando en el espacio claustrofóbico de los algoritmos, que construyen, ladrillo a ladrillo, una “realidad” personal a la medida de cada cual, confirmándolo en sus gustos y en sus fobias, y abriendo la distancia y la incomunicación entre las personas.

La IA está trastocándolo todo y según parece nadie sabe bien qué hacer. En los campos del trabajo, de la educación, de la literatura, por mencionar solo algunos, aparecen dilemas de difícil resolución que no son teóricos, sino que surgen de la fuerza con que la inteligencia artificial provoca el estallido del viejo modo de hacer las cosas antes de que se haya encontrado otro mejor para reemplazarlo.

No se puede parar el progreso, si es que esto lo es, pero sí encauzarlo. Acaso estemos ante una nueva “carrera nuclear” que exige acuerdos y decisiones políticas. El problema es que corren por cuenta de políticos que no derrochan preparación y solo atienden sus intereses. Hoy la inteligencia artificial es un problema tanto para el chico de Olivos o Soldati que tiene a la máquina por su mejor confidente o amigo, atrapado sin saberlo en una espiral de aislamiento, como para Donald Trump y Xi Jinping, enfrentados en una sorda guerra por la supremacía tecnológica, cifrada en este agente de alcance impredecible que se escapó de la jaula y está dando vuelta el mundo tal como lo conocimos.

Si los que mandan no encauzan su avance, está en nosotros ponerle un límite saludable en nuestro día a día. Siempre podemos preservar un espacio para lo que nos vincula con la realidad concreta, natural, y con los demás. Cada uno sabe. Pero sin mediaciones.

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