Las cinco reformas que se le hicieron a la Carta Orgánica en los 91 años del Banco Central
La intención de Javier Milei es que Santiago Bausili continúe siendo el presidente del Banco Central de la República Argentina (BCRA), luego que el Congreso Nacional apruebe su propuesta de reforma de la Carta Orgánica de la entidad. Y, si esto no sucede por falta de apoyo político en el Poder Legislativo (lo que ocurriría si desde los potenciales socios eventuales que encuentra el gobierno se le exigen cambios al alma de su propuesta), Bausili igual continuaría en el cargo. El actual titular de la entidad seguirá toda la gestión actual de Javier Milei; pero, además, la idea es que sea él quien en la eventual próxima etapa del quizá ya reformado BCRA sea su inaugurador. Sería un premio para quien comprendió el proceso intermedio inaugurado en diciembre de 2023; y que culminaría con el Central oficialmente independiente.
La curiosidad es que en este esquema coinciden no sólo los libertarios, sino además el sistema financiero argentino, que vio en Bausili un freno a inquietudes extremadamente libertarias (no a todas, obviamente). como un sostenimiento de los criterios de protección a la actividad bancaria. Y sería con esa visión con la que se ganaría la idea de ser el titular de la refundación del Central. Si se diera, y se lograra la estabilidad de las reformas en el largo plazo, Bausili abriría una etapa que en otros países de la comarca (Uruguay, Paraguay, Perú), convirtieron a la persona que la dirija en una especie de prócer monetario. Se verá.
Mientras tanto, si logrará Milei su reforma. Sería la quinta integral que encararía Argentina desde 1935, año de la creación de la entidad. Esto sin contar las modificaciones puntuales de roles básicos del BCRA. Poco serio para una entidad que debería ser de autoridad pétrea e inmaculada.
Repasando la historia, la crónica arranca con la ley 12.155 de 1935 de creación del Banco Central, bajo el gobierno de Agustín P. Justo y con el encolumnamiento de Ernesto Bosch como presidente. El proyecto tenía el copyright de las ideas de Raúl Prebisch (de origen radical y quizá el economista argentino más cercano al premio Nobel) con asesoramiento de Otto Niemeyer. La idea era crear una institución mixta: participación estatal y privada con el objetivo principal de preservar el valor de la moneda; administrar el crédito; regular la emisión monetaria y actuar como banco de bancos. Originalmente había sido concebido bajo una lógica de independencia técnica respecto del Poder Ejecutivo.
Como en muchos otros aspectos de la historia, el peronismo original atacó esa autonomía, y sólo 11 años después de su creación la Carta Orgánica fue violentada por primera vez. Juan Domingo Perón ordenó una reforma integral en 1946, nacionalizando por completo al Central, y haciendo que el ministerio de Economía controle completamente la actividad monetaria de la Argentina. El Banco quedó subordinado a la política económica del Gobierno y, por primera vez, se incorporó como objetivo el desarrollo económico y la industrialización, se manotearon por primera vez reservas para utilizarlas para economía política y se abandonó, festivamente, el modelo inspirado en el Banco de Inglaterra. Por otro lado, vale mencionar que esta entidad anglosajona mantiene su estructura y misión desde hace tres siglos. Cuestiones de estabilidad.
Como curiosidad vale mencionar que esa Carta Orgánica peronista con rasgos intervencionistas, fue la que aceptaron todos los gobiernos hasta la última década del siglo pasado. Incluyendo los militares. Incluyendo Martínez de Hoz, uno de los primeros exponentes de la escuela de Chicago en el Palacio de Hacienda. Argentina, no lo entenderías.
Pasaron décadas hasta que otro gobierno peronista (así se presentaba en sociedad), cambiara radicalmente y por ley la Carta Orgánica. Fue en 1992, cuando a través de la ley 24.144 (y por “recomendación” del Fondo Monetario Internacional), Carlos Menem como Presidente y Domingo Cavallo como ministro de Economía, dictaron una nueva norma para acompañar el régimen de Convertibilidad. El uno a uno necesitaba otra función para la entidad, y así fue que el gobierno avaló la tercera ley reguladora de la entidad. Otra vez, la principal misión era preservar el valor de la moneda (raro en una caja de conversión con el dólar), con una fuerte independencia del Poder Ejecutivo, la prohibición de financiar al Tesoro, salvo límites muy estrictos. También debía respaldar la base monetaria con reservas, limitar de la discrecionalidad en la emisión y contaba con un directorio con mayor estabilidad institucional. Esta Carta Orgánica reflejaba el paradigma de bancos centrales independientes que predominó en los años noventa. El titular de inauguración fue Roque Fernández, luego ministro de Economía, y su sucesor Pedro Pou.
El estallido del uno a uno, la caída de la convertibilidad, el cambio de régimen monetario, el pasaje hacia el nuevo y ponderado populismo, un combate político por el uso de las reservas y, en definitiva, una mirada diferente e intervencionista de la economía real; hicieron que nuevamente un gobierno peronista embistiera contra la Carta Orgánica. Por tercera vez una gestión de ese signo enviaba un proyecto de ley que daba vuelta la institucionalidad del Banco Central. Fue en 2012, durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner que hizo aprobar la ley 26.739; bombardeada el jueves por la noche por Milei en la presentación de la nueva norma. La nueva titular fue Mercedes Marcó del Pont, que comandó el nuevo paradigma basado en la aplicación del nuevo artículo 3 de la Carta Orgánica, que rezaba que la misión principal era preservar el valor de la moneda y pasó a establecer que el Banco debía promover la estabilidad monetaria y la estabilidad financiera (nada nuevo), pero también el empleo; el desarrollo económico con equidad social. Todo ello “en el marco de las políticas establecidas por el Gobierno nacional”. En definitiva, era el fin de la independencia del BCRA, y su paso a disponibilidad de los dictámenes del Poder Ejecutivo. Esto incluía los pesos y dólares de las reservas y depósitos. Con ese dinero se debía financiar el déficit fiscal primario (ya crónico) y las ideas de un crecimiento de la economía real en base al bombeo del BCRA, cuyo ritmo era impuesto desde la Casa Rosada. En general, con dictámenes políticos. La historia cuenta que el kirchnerismo llegó al poder con unos U$S 18.000 millones en las reservas, que logró en sus primeros años llevarlo a los 50.000 millones gracias al boom sojero y a una estructura macro favorable a las exportaciones posconvertibilidad. Luego, los vicios del modelo hicieron que lentamente primero y de manera acelerada después, las reservas comenzaran a sufrir. Y a bajar. Para diciembre de 2015 llegaban a los 24.700 millones.
Esa Carta Orgánica del 2012 es la que permitía más financiamiento al Tesoro, con la apertura en la discrecionalidad de los adelantos transitorios y las posibilidades de comprar deuda pública. Se liberaba el uso de reservas, se flexibilizó el empleo de reservas internacionales para cancelar deuda pública, se ampliaron las facultades de regulación financiera para ampliar el sistema de crédito y prestamos de los bancos y, en definitiva, todo apuntó a una independencia mínima de la entidad.
Se llega entonces al proyecto de reforma del 2026 que presentó el jueves en sociedad Javier Milei. Y que dependerá de lo que decida el Congreso Nacional. Sus cinco ejes son restablecer como único objetivo preservar el valor de la moneda; prohibir constitucionalmente el financiamiento monetario del déficit; tipificar como delito la emisión para financiar al Estado; reforzar la independencia y estabilidad de las autoridades del Banco Central y modificar el funcionamiento del sistema financiero para profundizar la competencia y la liberalización. Sería la quinta modificación integral de la Carta Orgánica, y, en definitiva, un retorno a las bases de Bosch y Prebisch; pero inyectadas de economía austríaca. Esto además de la idea de la penalización integral de las malas formas cuando corresponda.
Habrá que mencionar a las cinco modificaciones de la Carta, otros cambios parciales y cambios puntuales mediante leyes y decretos. Entre las más importantes se destacan:
En términos históricos, las dos reformas que modificaron de manera más profunda el funcionamiento del Banco Central fueron la de 1992 y la de 2012, porque redefinieron su misión, su grado de independencia y la relación entre la política monetaria y el financiamiento del Estado. La iniciativa de 2026 busca revertir buena parte de los cambios introducidos en 2012.
Al enterarse de los cambios que propone Milei y que deben ser modificados en el Congreso Nacional, hubo voces a favor. Y también en contra. Por ejemplo, desde el kirchnerismo, que directamente propone que en un eventual regreso al poder, y ante la incerteza de tener un Congreso favorable, los cambios de Milei al BCRA podrían ser modificados por un DNU del próximo presidente. Para volver a la carta del 2012.
En definitiva, la pobre Carta Orgánica del Central, no puede descansar en paz. En poco tiempo, los focos se concentrarán en Bausili, y su capacidad de poder. Para mantener en el tiempo lo que propone Milei. O la embestida peronista. Habrá que esperar a diciembre 2027.