La madre inolvidable
Jorge Fernández Díaz, el autor de Mamá, publicó este libro en 2002 para contar la sorpresa que su madre le dio cuando le dijo que su psicoanalista lloraba ante sus confesiones. El diálogo que mantuvieron el hijo y la madre podía ser entonces el de una sobremesa cualquiera. Se produjo en realidad como para que fuera no sólo un libro sino un emocionante reencuentro entre el hijo y la madre. Una sorpresa y un milagro. Inolvidable.
Así lo contó él y así respondió Mamá: “Le recetaron una pastilla milagrosa, que le mejoró el carácter. La depresión fue cediendo y el tratamiento la pulverizó. Pero yo estaba intrigado por saber qué pasaba realmente en el diván. No podía imaginar dos cosas más antagónicas que esa vieja asturiana descreída y aquella sofisticada discípula de Freud. Un día se lo pregunté directamente: La doctora es muy inteligente y muy comprensiva, me respondió con cautela.
Esa tarde el periodista que estaba siendo el hijo asombrado compró “un cuaderno Rivadavia de hojas cuadriculadas y tapa dura. Y anoté una primera frase: la mujer que hacía llorar a su psiquiatra“.
El libro se tituló Mamá, y rodó por el mundo con la emoción con la que había nacido. Nadie que lo leyera podía dejar de pensar que, quizá él mismo, o ella misma, hubieran vivido una historia igual sólo teniendo la curiosidad de preguntarle a la madre qué demonios le decían los médicos.
En 2002, cuando ya el libro estaba en la calle, miles de lectores que quizá vivieron de esta manera o de otra similar la relación con las madres supieron de la historia de Carmina. Había sido una niña que a los quince años se fue de Asturias a Buenos Aires en busca de una vida diferente que, en definitiva, terminó siendo una existencia que, entre desgracias y alegrías, resultó verdaderamente inolvidable.
Jorge Fernández Díaz era ya de los grandes escritores y periodistas de esta lengua. Fiel a su modo de estar en este oficio, y para siempre, decidió vivir con su madre semanas y semanas en las que ella le fue contando lo que supo decirle de esos encuentros extraordinarios con la psicoanalista que lloraba.
La historia la conoció medio mundo, donde la escritura de Fernández Díaz era ya muy conocida. Pronto sería, además, el hijo de aquella mujer extraordinaria, y sus lectores fueron discípulos de aquella Mamá que jamás lloró mientras la doctora se limpiaba las lágrimas. Carmina fue, en seguida, parte de la vida de la literatura, y su hijo ya fue más de Mamá que de cualquiera de los libros que le iban naciendo.
Ahora he leído un texto emocionante de John Berger (Encuentros y despedidas. Sobre imágenes y personas, Alianza Editorial) y me ha venido como del aire de las madres aquel libro que Jorge convirtió en algo más que en una curiosidad de hijo: fue la enorme dicha de ser más hijo que nunca. Y más escritor, más periodista, mejor amigo y, además, aun mejor contador de historias. La escritura de Berger me ha llevado de nuevo a su vida y a la vida que Jorge vivió con su madre. Berger también tuvo una madre como aquella que viajó desde Asturias al otro mundo que se llama Argentina.
Esa Mamá fue el resultado de aquella historia maternofilial. Ha conseguido muchas ediciones, premios, lectores que vivieron con el libro y con su historia no sólo como una vivencia ajena sino, como me ocurrió a mí, la explicación personal de una vida propia. Mamá, madre o má entre los canarios, es el primer grito de júbilo y también el grito del que ya no se vuelve.
Mi madre fue, por ejemplo, la mamá de mi casa. Y he conocido a muchas mamás de muchas personas que, gracias a ese encuentro mayor de la vida, el conocimiento de la madre, han ido encontrando a lo largo del tiempo no sólo la alegría de compartirla sino la consecuencia de las enseñanzas que ellas, con amor y también con preocupación, fueron capaces de darnos y para siempre. Cuando no sabíamos qué camino seguir en un mundo que ni ahora sabemos conducir como Dios manda, estaban aquellas mamás, como la mamá de Jorge, como la madre de Berger, ayudándonos a decir de qué va todo esto que significa vivir.
El libro de Jorge me halló cuando mi madre ya había muerto. Años y años después de su despedida, que fue triste y dura, ocurrida en los tiempos en que no había en los hospitales atención para quien se estuviera yendo de este mundo. Ese libro de Jorge me sirvió para estar más cerca de ella, de su risa y de su llanto, del tiempo en que aun reía y cuando todavía me mandaba a callar cuando yo le decía que su alfabeto, que era el de sus tiempos de niña, era incorrecto para los tiempos en que yo ya había traspasado el bachillerato. Una de las mil veces veces en que le dije ´má, así no se dice` ella me dijo lo que quizá también le hubiera dicho aquella asturiana a su hijo: “Mira, Juanillo, yo sé decir hilo e hilacha y mierda pa quien me tacha”.
He buscado de nuevo este libro de Jorge Fernández Díaz porque acabo de leer el libro en el que está retratada esa extrañeza, y este amor, que se juntan cuando el hombre (o la mujer) los niños que fueron y que ya son los que despiden.
Este libro de John Berger, el escritor inglés que escribió novelas, relatos y ensayos en los que primó su gran pasión por la vida ajena y, sobre todo, por la lucha contra la injusticia en una era tan próxima a la nuestra… En su caso rozó gravemente la época de las guerras y de las diferentes maldades que padeció, como ahora, el mundo que vivimos y que seguimos viviendo.
Este libro de Berger, Encuentros y despedidas. Sobre imágenes y personas, tiene en todos sus extremos: literatura, adioses, cargamento de mierda, teatro, infancia, zonas erógenas, napalm, 1991, un recuerdo de Orlando Letelier, París y, entre otros reductos de su bella escritura, este viaje a su madre que a mi me conmovió y me llevó a las madres que ha habido en la vida de los otros, y a la vida de Jorge Fernández Díaz, que tuvo el valor de hacer de una extrañeza (“¿y qué te dice cuando vos le contás todas estas calamidades?”) un modo de amor que durará ya toda su vida.
En sus últimos días, la madre de Berger “apretaba en su mano derecha un pañuelo de papel”. Eran los días últimos; ella le había dicho al hijo que fuera a pasear, que no lo quería ver quieto, en el cuarto. “De vez en cuando se lo pasaba [el pañuelo de papel] por las comisuras de los labios. El gesto me recordaba uno con el cual tantos años atrás, se limpiaba meticulosamente después de haber tomado un té marca Earl Grey acompañando un sándwich. Mientras, con su mano izquierda seguía acariciando el pañuelo”.
La despedida tiene este amor de verdad: “El amor, solía decir mi madre, es lo único que realmente importa en esta vida. El amor de verdad, añadía como si no temiese no haberse explicado bien. Pero, al margen de algo tan sencillo, pocas cosas más oí que añadiera alguna vez lo ya dicho”.
Pocas semanas antes de su muerte, en 2017, entrevisté a John Berger cerca de París. Respondía caminando, mesándose su pelo largo, diciendo qué le inspiraba el mundo. Ahora que he leído esta despedida a su madre siento que aquel momento era también el de un muchacho que, como Jorge Fernández Díaz, nunca terminó de saber qué decían las lágrimas de la madre o los suspiros de los que ya se están yendo.
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