Juguetes Sexuales: desbloqueando tabués
El otro día alguien me comentó de la existencia de "Campamentos Sexuales", y yo -que a veces me siento un poco “mojigata”- me sentí Sor Dalita. Me pareció un montón.
Por si tampoco los conocías te cuento: son encuentros de varios días en los que las personas participan en talleres y actividades orientados a explorar la sexualidad, la intimidad, el cuerpo y los vínculos.
Algunos son más prácticos, otros más teóricos, otros más teórico-prácticos.
No te digo que nunca iría a uno, pero a priori sospecho que mi lado infantil se tentaría un poco en ese campamento, y mi lado mojigato diría “ay que barbaridad, gente yéndose de campamento para tener sexo”.
Pero también debo decir que no me vendría nada mal. Pertenezco a esa generación que fue criada con cero educación sexual. Toda la info que manejábamos la aprendíamos de dos libros: “De dónde venimos” y “Qué me está pasando”. Muchas de nosotras ni siquiera sabemos bien cuántos agujeros tenemos en la vulva porque lo nuestro, chicas, está un poco más oculto que lo de ellos.
En un monólogo que hacía hace un tiempo, decía que si lo que tenemos fueran instrumentos musicales, lo que tienen los hombres sería más tipo flauta: un palo, siete notas, en la primaria aprendés a tocarla...
Nosotras manejamos más bien un acordeón, hermoso instrumento pero ¡qué complejo aprender a tocar todo eso!: que los botoncitos, el teclado, abrir, cerrar. Aprender a tocarlo bien lleva su tiempo.
Y a esto voy: la masturbación femenina siempre fue un tema tabú. De hecho en el “¿Qué me está pasando?” se tranquilizaba mucho a los varones diciéndoles que no les iba a pasar nada malo si se tocaban, pero a nosotras nada: no existía para nosotras la autosatisfacción. ¿Decís que todavía hoy sigue siendo así?
El placer sexual de las mujeres fue un tema escandaloso. Incluso en las generaciones de antes parecía que solo los hombres tenían deseo sexual y nosotras estábamos ahí para complacerlos.
Después nos fuimos avivando, y como suele ocurrir con nosotras, la mayoría de las veces es una amiga la que lo hace.
En mi caso fue mi amiga Sol, la más sexual de mis amigas, la más desinhibida, ¿la más jeropa? ¡Sí, esa! Un día me regaló sin que yo se lo pida un juguete sexual, concretamente un vibrador.
“Uuuh!” pensó mi lado infantil y “Uhhhh” se horrorizó un poco mi lado mojigato. Hasta que un día me animé a investigarlo y “Uuuh”.
Y después, cuando descubrís ese mundo nuevo, una quiere seguir avivando a otras, sobre todo a la mojigata del grupo, esa que nunca se lo compraría sola. Porque además es cierto que no es la compra más cómoda del mundo y que dependés mucho de quién te atienda en el sex shop.
Por ejemplo, el otro día una amiga fue a comprar un vibrador para regalar. La vendedora, que por el relato de mi amiga era venezolana o colombiana, le preguntó “Tú quieres introducírtelo?”. “Es para un regalo”, le dice mi amiga sin querer dar tanto detalle. Pero la vendedora fue por más y le quiso mostrar en su cuerpo cómo usarlo. Mi amiga no quería verla en esa situación, pero la vendedora insistía “Pruébalo tú!”. La cosa se puso “rari”, mi amiga no quería probarlo delante de ella, no era una zapatilla, no hacía falta, pero finalmente logró concretar la compra y llevarle el regalo a su amiga que lo recibió chocha. Ahora solo tiene que cargarlo para poder usarlo. Eso es fundamental. Las que tienen uno y lo saben disfrutar sabrán que nada más desolador que querer usarlo y sentir que se está quedando sin pila. Y no es como el celu que lo ponés a cargar así como así. La carga tiene que ser en momentos estratégicos porque no me parece lo más adecuado que por ejemplo mis hijos lo conozcan, preferiría ser más sutil con ellos.
Salvo este detalle, siempre recomiendo tener uno bueno. Poder usarlo cuando quieras sin tener que estar dependiendo de los tiempos de un otro ni involucrando gente que a veces no vale la pena involucrar. Elegir el color, las velocidades, conocer tus tiempos.
Porque para mí, en el kit básico de la mujer actual, un buen vibrador es algo que no puede faltar.
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