Se terminó el Mundial, devolvieron el fútbol
El núcleo duro del hincha futbolero está contento de que haya terminado el Mundial y el regreso de la competencia doméstica. Ese es su hábitat. Ahí se siente cómodo, por más que haya gozado y sufrido, como cualquier hijo de vecino con las peripecias de la Scaloneta. Le ocurre como a algunos habitantes de las zonas fértiles para los turistas en épocas de vacaciones. Comparten. Pero en algún rincón de su almita se sienten invadidos, como si tuvieran que entregar algo que les pertenece en exclusividad. La pelota es nuestra. La playa es nuestra. Las sierras son nuestras. Váyanse y déjennos en paz.
Se hartaron de las publicidades sin pausa en la que los jugadores y el cuerpo técnico vendían de todo. De hamburguesas a combustibles, aunque entiende, el futbolero macho alfa, que está bien que los muchachos aprovechen el momento y se hagan unos mangos extra por más que los 26 que fueron a Estados Unidos, México y Canadá sean millonarios.
Ahora, que hasta Mirtha Legrand apareciera como figura promocional ad hoc al Mundial les pega allá abajo, en los tablones que ellos, religiosamente y sin tanta bambolla, pueblan día a día (en Argentina se juega todos los días).
Es que han visto, escuchado o leído a los “intrusos” discutir, hablar y opinar sobre las bondades de la 4-4-2 en rombo y de la pierna cambiada. Lo han vivido como una intromisión porque “no son del palo”.
El futbolero hecho y derecho se entienden con el que está al lado e incluso con el futbolero adversario, sin hablar. Una mirada sobra para coincidir en que el nueve es un burro o el arquero no tiene manos. Y se indigna con aquellos que dan cátedra cuando llega la mayor cita de la pelota. Advenedizos u oportunistas.
Es bravo el futbolero profundo, el futbolero cabeza de termo con aquellos que, además, critican a los que “tienen una pelota en la cabeza”.
Fines de marzo, principio de abril, los lugareños de la costa salen a caminar por las calles de sus ciudades, pueblos o villas, inspeccionan las playas a ver cómo las dejaron los veraneantes. Y también se indignan si ven destrozos, mugre o resabios de quien pasó por su casa sin importarle si al irse dejaban todo en las condiciones en que encontraron ese paraíso que fueron a buscar.
El futbolero profundo también maldijo el show en el que la FIFA convirtió el Mundial, parte de una maquinaria recaudatoria nunca antes vista. Acaso hasta podría especularse que les molestó más el humo al aire en la entrada de los equipos, la cuenta regresiva para empezar los partidos que las fallas arbitrales. Igual que quien vive todo el año en Gesell, Pinamar o Carlos Paz se rasga las vestiduras con los precios de verano.
Pero se acabó. Terminó el Mundial. Los galácticos opinadores abrevarán en otras fuentes para aparecer, estar, ser vistos. El futbolero intenso recupera su selva, vuelve a hablar el idioma que el otro futbolero entiende sin esfuerzo.
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