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perfil.com · hace 7 horas · Marcelo Longobardi

El canciller Quirno intenta contener el fuego diplomático tras la embestida de Milei contra Lula

canciller Pablo Quirno en la ONU

La política internacional atraviesa una transformación preocupante donde las relaciones de Estado han cedido su lugar a la simpatía facciosa. Hoy en día, la diplomacia entre naciones vecinas y socios comerciales ya no se rige por el interés nacional ni por la continuidad institucional, sino por la sintonía ideológica —o la falta de ella— entre los mandatarios de turno.

El reciente episodio entre Javier Milei y el presidente de Brasil, Lula da Silva, expone este fenómeno en su máxima expresión. Tras la participación del mandatario argentino en un acto político en San Pablo junto a Flávio Bolsonaro —donde se profirieron insultos de alto calibre tildando al jefe de Estado brasileño de "ladrón", "presidiario" y "corrupto"—, Brasilia reaccionó llamando a consultas a su embajador en Buenos Aires, Julio Vitelli. La medida representa una de las protestas diplomáticas más severas de la historia reciente entre ambos socios estratégicos.

Frente al escalamiento de la crisis, el canciller Pablo Quirno procuró bajarle el tono al conflicto afirmando categóricamente que de ninguna manera existe la posibilidad de que la Argentina rompa relaciones con Brasil. La declaración resulta tan insólita como reveladora: tener que salir a aclarar que no se van a cortar los lazos con el principal socio comercial y vecino regional muestra el nivel de desorientación en el que ha caído la política exterior argentina.

Le ha tocado al canciller Quirno un papel realmente muy triste, similar al que debieron asumir sus antecesores en el cargo. La dinámica de generar un conflicto destructivo e injustificado para luego intentar aplacarlo parece haberse convertido en un nuevo modo de hacer política basado en la confrontación permanente.

Es indiscutible que Lula da Silva también incurrió en imprudencias en el pasado al intervenir activamente en la política interna argentina, como cuando visitó a Cristina Fernández de Kirchner o se involucró en la campaña electoral dando su apoyo explícito. Sin embargo, la virulencia y la desproporción de la respuesta de Milei cruzan cualquier límite entre dos naciones fuertemente interdependientes.

Frente a este escenario, surgen dos interpretaciones analíticas sobre la conducta del presidente argentino.

Por un lado, el analista político Carlos Pagni sostiene que la agresión verbal de Milei no fue un exabrupto impulsivo, sino una acción coordinada que responde a una línea trazada directamente por Donald Trump. En el marco de los comicios presidenciales brasileños y la estrategia de esferas de influencia de Washington —una suerte de deformación de la clásica doctrina Monroe—, Milei actuaría como un ariete diplomático contra Lula y contra el juez del Tribunal Supremo, Alexandre de Moraes. De acuerdo con esta perspectiva, la incursión agresiva de Milei responde a una lógica calculada y preconcebida.

Por otro lado, Ian Bremer, titular de la consultora Eurasia Group, evalúa que la probabilidad de que este tipo de interferencias tenga un impacto efectivo en los votantes brasileños es sumamente baja. Lejos de perjudicar a Lula, las agresiones externas le han permitido consolidarse como el defensor de la soberanía brasileña, un fenómeno que ya reflejan las encuestas de AtlasIntel, donde el mandatario saca una ventaja sustancial sobre la oposición.

Intentar buscarle una explicación sofisticada a lo que simplemente puede ser un desborde impulsivo es un ejercicio tentador para el análisis político. No obstante, sea un plan premeditado impulsado desde el exterior o la incapacidad manifiesta de mantener la templanza institucional, el resultado es el mismo: un deterioro absurdo de la posición internacional de la Argentina ante su aliado más determinante.

El abrazo entre Javier Milei y Donald Trump