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ambito.com · hace 6 horas

A 60 años de la Noche de los Bastones Largos: el día que marcó a las universidades y ciencia argentina

ámbito.com

La dictadura de Onganía ordenó el ingreso policial a cinco facultades de la UBA, reprimió a estudiantes y profesores y dejó más de 300 heridos y 400 detenidos.

La represión provocó la renuncia de 1.378 docentes y el comienzo de la fuga de cerebros. 

La represión provocó la renuncia de 1.378 docentes y el comienzo de la "fuga de cerebros".

El 29 de julio de 1966 ocurrió la Noche de los Bastones Largos, el operativo ordenado por la dictadura de Juan Carlos Onganía contra estudiantes, docentes y graduados de la Universidad de Buenos Aires que resistían la intervención militar de las casas de estudio.

La Policía Federal ingresó por la fuerza a cinco facultades, golpeó a los integrantes de la comunidad académica, dejó alrededor de 300 heridos y 400 detenidos, y puso fin a la autonomía universitaria conquistada con la Reforma de 1918.

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La represión, que tuvo como escenario principal la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, provocó que cientos de investigadores renunciaron a sus cargos, muchos emigraron al exterior y comenzó una fuga de cerebros que afectó durante décadas el desarrollo científico del país.

60 años de la Noche de los Bastones Largos: memoria y defensa de la Universidad. El 29 de julio de 1966, el gobierno de facto de Onganía decretó la suspensión del cogobierno y la autonomía universitaria. pic.twitter.com/DoYk2K82X5

La Noche de los Bastones Largos ocurrió solo un mes después del golpe de Estado que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia e instaló en el poder a Juan Carlos Onganía, líder de la autodenominada "Revolución Argentina".

Una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue avanzar contra la autonomía universitaria, un principio establecido desde la Reforma Universitaria de 1918 que garantizaba que las casas de estudio pudieran gobernarse mediante sus propios órganos, con participación de docentes, graduados y estudiantes.

El 29 de julio de 1966, Onganía promulgó el decreto 16.912, una norma que eliminaba la autonomía universitaria y colocaba a las instituciones bajo la dependencia directa del Poder Ejecutivo: pasaban a responder al Ministerio del Interior, en cuya órbita estaban las fuerzas de seguridad, en vez de la cartera de Educación.

La medida disolvía los Consejos Superiores y obligaba a los rectores y decanos a aceptar continuar en sus cargos como interventores designados por el gobierno o presentar su renuncia. Les dieron 48 horas para decidir.

La UBA fue uno de los principales focos de resistencia. Su rector, Hilario Fernández Long, había expresado desde el mismo día del golpe su rechazo y convocó a "mantener vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia".

Ante la "nueva ley" del gobierno, docentes, estudiantes y graduados se reunieron para debatir cómo responder a la intervención. Las principales protestas se concentraron en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales, Filosofía y Letras, Medicina, Arquitectura e Ingeniería.

Durante la noche, la Policía Federal rodeó los edificios universitarios. Cerca de las 22 horas, efectivos de la Guardia de Infantería ingresaron a la Facultad de Ciencias Exactas, ubicada entonces en la Manzana de las Luces, en pleno centro porteño.

El despliegue represivo estuvo dirigida por el general Mario Fonseca y fue conocida internamente como "Operación Escarmiento".

Dentro de la facultad, los estudiantes, profesores y autoridades fueron desalojados mediante amenazas y agresiones. Quienes estaban dentro del establecimiento fueron obligados a salir con las manos en alto y atravesaron una doble fila de agentes que los golpeaban con bastones.

Uno de los testimonios más conocidos fue el del matemático Manuel Sadosky, entonces vicedecano de Ciencias Exactas. Años después recordó aquella noche y describió: "Recuerdo que yo usaba sombrero y lo tenía puesto, así que cuando pegaron los palos, el sombrero atenuó los golpes, que no me parecieron gran cosa, pero después, en la comisaría, pasé frente a un espejo donde me vi la cara ensangrentada. Y me lavé, porque me daba vergüenza estar en esa situación".

"La verdad es que fue verdaderamente notable con tantos palos que dieron que no hubieran matado gente, porque pegaban bien, pegaban con habilidad", agregó.

La represión también alcanzó a la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudiantes y docentes fueron atacados dentro del edificio ubicado sobre la avenida Independencia. Entre quienes estuvieron allí se encontraba el sociólogo Horacio González, quien recibió un golpe en la cabeza y cayó frente a sus compañeros. Ellos lo sacaron de la institución para llevarlo a un hospital y evitar que lo metieran en una comisaría.

Uno de los testimonios más importantes fue el del profesor estadounidense Warren Ambrose, docente visitante del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) que se encontraba en la Facultad de Ciencias Exactas.

El intelectual envió una carta al diario estadounidense The New York Times en la que relató lo ocurrido: "Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas, que resultaron ser gases lacrimógenos. Al poco tiempo estábamos todos llorando bajo los efectos de los gases".

"Nos ordenaron, a los gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer de pie, con los brazos en alto, contra una pared", continuó.

"El procedimiento para que hiciéramos eso fue gritarnos y pegarnos con palos. Los golpes se distribuían al azar y yo vi golpear intencionalmente a una mujer; todo esto sin ninguna provocación. Estoy completamente seguro de que ninguno de nosotros estaba armado, nadie ofreció resistencia y todo el mundo (entre quienes me incluyo) estaba asustado y no tenía la menor intención de resistir", agregó.

"Luego, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno de otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros", detalló.

Según los registros oficiales, la represión dejó alrededor de 300 heridos y unos 400 detenidos.

La represión abrió una crisis dentro del sistema universitario argentino y provocó una de las mayores pérdidas de capital científico e intelectual de la historia del país.

Uno de los primeros efectos fue la renuncia masiva de docentes e investigadores que rechazaron continuar bajo las nuevas condiciones impuestas por el gobierno militar.

Según el trabajo realizado por la química Silvia Braslavsky y el matemático Raúl Carnota al cumplirse los 50 años del episodio: "En la primera semana de agosto (de 1966) se produjeron 1.378 renuncias de docentes en la UBA: 391 en Exactas y Naturales, 305 en Filosofía y Letras, 268 en Arquitectura y Urbanismo, 180 en Ingeniería, 66 en Derecho, 35 en Ciencias Económicas, 34 en Medicina, 20 en Agronomía y Veterinaria, 14 en Farmacia y Bioquímica, 2 en Odontología y 63 en los Institutos dependientes de Rectorado".

Entre quienes abandonaron sus cargos estuvo el matemático Manuel Sadosky, vicedecano de Ciencias Exactas. Él había impulsado la llegada de Clementina, la primera computadora científica instalada en una universidad argentina, que había comenzado a funcionar en 1961 en el Instituto de Cálculo de la UBA.

Otros de los que dejaron Argentina fue el meteorólogo y decano de Exactas Rolando García, quien años después trabajaría junto al psicólogo suizo Jean Piaget en el desarrollo de la epistemología genética; el filósofo de la ciencia Gregorio Klimovsky; el historiador Tulio Halperín Donghi; el filósofo y ex rector de la UBA Risieri Frondizi; y la física Mariana Weissmann.

Ese éxodo de investigadores fue conocido como "fuga de cerebros", un fenómeno que implicó que científicos formados en universidades públicas argentinas continuaran sus carreras en otros países, como Uruguay, Venezuela, México y Estados Unidos.

La diputada y la presidenta del Senado discutieron en Twitter. 

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