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clarin.com · hace 11 horas · Clarin.com - Home

El tatarabuelo negro

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Décadas atrás escribí un poema que se llamó Yo tenía un tatarabuelo negro. Lo hice porque, en teoría, todos tenemos un tatarabuelo negro: Adán y Eva lo eran. La civilización humana nació en el África y pasito a pasito fue migrando y poblando el planeta. Cada vez que me invitaban a leer poesía y lo leía, me preguntaban: “¿De verdad tu abuelo era negro?” No respondía porque, nobleza obliga, mi poema se trataba de eso, de que el oyente cayera en la cuenta de que todos somos africanos. En el ADN argentino la población nativa y la africana está presente. Va mi historia de ejemplo.

En las fotografías mis abuelos se veían blancos. Dos de ellos habían bajado de los barcos, como se suele decir de los inmigrantes, y los otros dos, no. Eran hijos del país. Mi abuelo Suárez (1913) era hijo natural de una criolla santiagueña, Petrona, y su amante, un napolitano rosarino, Magnani, que no le dio el apellido al bebé. El amante era de esos señores que tenían dos familias: una en la ciudad y otra en el campo. Evidentemente, mi abuelo Suárez heredó el color de su papá, clarísimo, porque doña Petrona era descendiente de diaguitas y les hacía el honor con sus rasgos. Era pobre, pero envió a su hijo a la escuela y llegó a ser empleado de la estafeta de Acebal. Su educación fue su pasaporte a la clase media, y era un fanático del estudio.

El caso de mi abuela Marcelina Pereyra (1910) es todavía más paradójico. Era una mujer casi rubia, blanca como la leche y lampiña. Tenía los labios gruesos y la nariz respingona. Había nacido en La Gallareta, provincia de Santa Fe, y contaba con ocho hermanos, que eran de tez morena. El color de mi abuela fue el salvoconducto a una sociedad burguesa, como lo podía haber sido la belleza o el apellido. Ella misma hablaba de su piel blanca como un don, como un regalo divino. Sabía contar que su papá (mi bisa Centurión Pereyra) era pelirrojo y había sido capataz en La Forestal, la empresa que deforestaba y comerciaba el quebracho a principios del siglo XX.

Hace pocos años atrás, estuve a punto de viajar a La Gallareta (no llegué porque en el verano era imposible). Me comuniqué con una prima de mi mamá para pedir más datos. Y ella -idéntica a mi mamá y a mi abuela y a mi hermana, con sus bocas generosas, sus ñatitas de botón- expresó: “La abuela Francisca Martínez era africana”.

Pero no era africana del África. De pronto recordé fotos viejas de ella, que alguna vez mi mamá me mostrara y misteriosamente desaparecieron. Doña Francisca, claro, era una descendiente de esclavos brasileños escapados el siglo anterior, o de algún soldado que fuera a la Guerra del Paraguay y sobrevivió a la misma, comprando así su libertad. Entendí de pronto por qué mi abuela valoraba tanto el color de piel, y entendí que la creación literaria a veces brinda una verdad poética más certera que la ciencia. Y sí: yo tengo una bisabuela negra. Y a mucha honra.

Patricia Suárez

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