El insultador
Quienes manejan por las calles y rutas argentinas un Volkswagen, un Chevrolet, un Fiat, un Toyota, un Citroën, seguramente conocen de qué vientre industrial salió su auto.
Históricamente más del 60 por ciento de los cero kilómetros que se venden en nuestro país son de industria brasileña. Se estima que algo así como siete millones del total de vehículos que hay en circulación delante de nuestros ojos (alrededor de 15 millones) fueron fabricados en Brasil.
Basta entonces levantar la vista en cualquier avenida de cualquier ciudad argentina para entrever la dimensión de esta parte de las relaciones comerciales con nuestro vecino grandote. El país de Pelé, de Neymar, la caipirinha, las playas de Buzios, Florianópolis, la Garota de Ipanema, la Lambada, Ciudad de Dios. El país de Lula y de los Bolsonaro. La décima potencia mundial después de Rusia y antes de Canadá.
A la vez, si uno se parase en la Avenida Paulista de San Pablo, en las autopistas de ingreso a la ciudad más grande de Sudamérica o en los estados del cordón agropecuario brasileño, la atención no tardaría en ser absorbida por las siluetas argentinas de las Toyota Hilux (salidas de Zárate), las Ford Ranger (de General Pacheco), las Amarok (también de General Pacheco), la Nissan Frontier (cordobesas), las Fiat Titano (igualmente hechas en Córdoba). El paisaje paulista está salpicado de Peugeot 208 y 2008 argentinos fácilmente reconocibles. Pero, sobre todo, de camionetas medianas y utilitarios de reparto. Todos ellos construidos por obreros argentinos. Que tal vez toman el sesenta para ir a trabajar, son de Boca, quizás de River, aman el asado, toman mate amargo y disfrutan la cumbia. Los enorgullece en general la dedicación a “los fierros” y honran cierto apego dinástico al gremio. Quizás hasta tuvieron un abuelo que armaba los Falcon.
Se puede hablar también de la relación entre vecinos mediante el lenguaje desangelado de la estadística: Brasil es el principal destino de las exportaciones argentinas. Los productos procedentes de allá representan el 22 por ciento del total de las importaciones argentinas.
¿Alguien acaso pensaría que a un ocupante de la Casa Rosada se le podía ocurrir aterrizar un viernes en San Pablo para meterse en la política interna brasileña, hacer campaña para la oposición y desde una tribuna partidaria de ultraderecha espetarle “basura socialista” al presidente del país anfitrión, además de “ladrón”, “presidiario”, “corrupto” y “zurdo de mierda”?
Pues bien, esto es lo que acaba de ocurrir. John Quincy Adams, el inspirador de la doctrina no intervencionista que hace 200 años dijo que no había que “salir al extranjero a buscar monstruos que destruir”, debió revolverse en su tumba. Lo mismo que Raúl Alfonsín, padre de la democracia argentina y, junto con José Sarney, padre del Mercosur.
A Milei se le quedó prendida la máquina de insultar. Volvió de San Pablo, fue a inaugurar la Rural y cuando lo vio pasar a Ignacio de Mendiguren, figura massista, ministro de Producción de Duhalde, secretario de Industria de Alberto Fernández, expresidente de la Unión Industrial Argentina, exclamó: “¡ese les cagó a los argentinos 30 mil millones de dólares! ¡Vos, sí, ladrón!”. Al día siguiente De Mendiguren reaccionó recordando que a Luis Caputo, Diego Santilli y Patricia Bullrich en su momento les había dicho cosas peores y ahora los tres son figuras importantísimas de su gobierno. El remate se impuso con ingenio: “si me está ofreciendo un ministerio -dijo el insultado- desde ya le digo que no”.
Sobre las descortesías de Milei con Lula hay que advertir que ya van por la segunda o tercera temporada y que, en esto nuestro presidente tiene algo de razón, no están exentas de cierta reciprocidad (más fáctica que retórica), lo cual debilita cualquier hipótesis de factura temperamental, por ejemplo, que se levantó el viernes de mal humor y se subió al avión para descargar ira con Lula en su tierra.
Esto ya fue más repetido que el sermón de la montaña: Milei llegó al poder llamando al Papa “representante del maligno en la Tierra”, “montonera tirabombas” a Patricia Bullrich y “pedazos de mierda” a los políticos que disentían con él. No puede afirmarse que la teatralidad agresiva sea producto de exabruptos accidentalmente reiterados. Menos aún de traspiés comunicacionales.
Desde ya que el hecho de que la premeditación esté al servicio de una estrategia política no purifica el salvajismo. Lo mismo corre para la expansión del agravio en el tablero internacional bajo el magisterio orbital de Donald Trump, en cuyo manual de diplomacia Milei abreva.
La sarta de insultos que el Presidente despachó en Brasil a las autoridades democráticas y que derivaron el lunes en un retiro de embajadores renovó las discusiones sobre los porqués en bancos de plazas, cafés donde antes se hacían revoluciones de trasnoche, cenáculos políticos en los que se calcula el devenir con precisión asertiva jamás probada y consultores que se ganan la vida reformulando las preguntas de siempre.
Milei, no hay que olvidarse, también le reservó un “basura calva” al ministro del Supremo Tribunal Federal que no le permitió visitar en su prisión domiciliaria a Jair Bolsonaro y en el camino llamó “nefasto” a Alberto Fernández por haber ido a visitar a Lula en la cárcel. Esa visita sucedió en 2019.
Fernández, el antecesor, se anotó horas después entre los especialistas que le diagnostican a Milei un problema psiquiátrico, si bien en la misma oración lo consideró “un pobre imbécil”, lo cual demuestra que a dos teorías diferentes él es capaz de resumirlas en una sola, tal vez para ahorrar espacio. Yo insulto, tu insultas, él insulta.
Hay quienes creen que Milei tiene una forma de hacer política que está exclusivamente basada en sus características personales. Algunos subrayan claves reveladoras en su infancia, en la relación difícil con sus padres, los traumas de la adolescencia, hasta se enlista como un síntoma la soltería (Milei es el segundo presidente soltero desde Rivadavia, pero a diferencia de Hipólito Yrigoyen no tuvo hijos); citan el perfil, en fin, psicoemocional, el rechazo a la frustración y quién sabe qué rollo canino extra.
Cuando se lo preguntaron a él, dijo: “yo grito mucho porque estoy indignado y cansado de la casta política”. Obviedad axiomática que no arrojó luz, dado que coincide a pie juntillas con su consigna política de cabecera.
“Si no insultara, si no tuviera esta ira, no sería Milei”, interpretan gratis los libertarios con la devoción que les es propia. Pero no ha podido demostrarse que los líderes tomen la forma de las personas que son.
Lenin parecía una inofensiva rata de biblioteca cuando era joven y vivía exiliado en Suiza. Era pulcro, reservado, amante de las largas jornadas de lectura solitaria, ajedrecista. Nadie habría imaginado que sería el mismo que en 1917, durante la Revolución Rusa, encarnaría la violencia callejera, justificaría el Terror Rojo y firmaría ejecuciones en masa.
Mahatma Gandhi, el activista que consiguió la independencia de la India con métodos pacíficos tras fundar el movimiento de la no violencia, según algunos historiadores no era estrictamente lo que parecía. En su autobiografía se describe como autoritario, con problemas para controlar la ira. Su pacifismo surgió como resultado de un esfuerzo para dominar sus impulsos agresivos. Fue una táctica (llegó a escribir: “si solo se pudiera elegir entre la cobardía y la violencia, yo aconsejaría la violencia”), no, como podría pensarse, el producto de un “alma pura”. Pero, claro, aunque fuera por sus contradicciones y por el dominio de sus impulsos, lo cierto es que su método de resistencia logró desmantelar el colonialismo y hoy India es la democracia más grande del mundo (aunque sea por cantidad de sufragantes).
Artífice de la revolución conservadora en los Estados Unidos de los ochenta, a Ronald Reagan, actor antes que político, se lo reputó como “el gran comunicador”. Y resulta que en la intimidad era introvertido, solitario y distante. Otro actor, el ucraniano Volodimir Zelensky, hoy convertido en actor protagónico pero de la geopolítica mundial, antes de andar vestido todo el día con el uniforme verde oliva, aprender la jerga militar y decidir bombardeos hacía reír a la gente. En Servidor del pueblo Zelensky interpretaba a un maestro de escuela honesto que llegaba a la presidencia para luchar contra la corrupción de las elites. Pero este outsider -rasgo que comparte con Milei- buscó cierta continuidad con el que se plantaba en televisión frente a los poderosos, por lo menos hasta que Trump le hizo una emboscada en la Casa Blanca y lo humilló por ser “desagradecido”.
Un caso en el que la psiquis de base contrasta fuertemente con la imagen pública que se proyecta al mundo es el de Nayib Bukele, personaje hiperagresivo que en sus tiempos juveniles como relacionista público y publicista cuentan que era muy tímido, retraído, silencioso y poco propenso a las confrontaciones cara a cara. La “mano dura” y la imagen de líder implacable del “dictador más cool del mundo”, como le dicen en las redes, no provienen de un temperamento impulsivo sino de una fría y calculada estructura publicitaria destinada a proyectar una fortaleza que su personalidad íntima no posee.
Milei, hijo dilecto de las redes sociales en las cuales el insulto tiene valor proteico, reproduce en forma constante la lógica binaria me gusta – no me gusta. Y a la vez ve enemigos y amenazas donde otros ven diferencias de opinión. ¿Se trata de un mecanismo de defensa primitivo debido a que no tuvo un nido seguro? ¿Necesita atacar el mundo exterior porque es un territorio hostil?
Fatiga un poco el psicologismo aplicado a la política, es verdad. Siempre se dijo que en este país futbolero hay 46 millones de directores técnicos. Ahora, en este país tan psicoanalizado resulta que también se multiplican los divanes. Pero entonces habría que discutir la teoría del desacople que esgrime el gobierno. El vocero Adrián Ravier justificó ayer al presidente con el argumento de que los insultos se deben a diferencias ideológicas y políticas y que siempre los hubo “de los dos lados”. Sin usar este término, sostuvo que los insultos resultan inocuos: no afectan el vínculo diplomático ni las relaciones comerciales entre ambos países. No aclaró si su utilidad es la de expresar ideas o desahogarse. Tampoco explicó por qué si todo era jugando -en definitiva fue lo que dijo- ambos países retiraron a sus embajadores, cosa que en la diplomacia se hace muchas veces antes de romper relaciones.
Se está esgrimiendo un supuesto que el gobierno no puede demostrar. ¿Cuál es la cantidad de insultos inocuos? ¿Infinita? ¿Qué tan inofensiva para la democracia es la práctica de ir a hacer campaña proselitista a otro país -le cabe también a Lula, quien hizo campaña por Massa y por la libertad de Cristina Kirchner- como representante de una facción cuando quien lo hace es un jefe de Estado que representa a toda la Nación?
Hay demasiadas cosas en juego, demasiada historia, un intercambio comercial significativo del que depende gran parte de la economía nacional -cualquiera lo ve en la calle- como para tener abierto un caudaloso “insultoducto” y luego calificarlo casi de inocente.
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