La noche que Argentina hipotecó su futuro
Hace seis décadas ocurrió en nuestro país algo más que un trágico suceso histórico. Una decisión política unilateral marcó el comienzo de la decadencia académica nacional. El 29 de julio de 1966, un mes después de haber derrocado al presidente constitucional Arturo Illia, el dictador Juan Carlos Onganía decretó el fin de la autonomía universitaria cuando ordenó reprimir con las fuerzas federales a profesores y alumnos de las facultades de Ciencias Exactas, Filosofía y Letras e Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires.
Más que un episodio de represión policial, la llamada “noche de los bastones largos” representó la interrupción de un modelo educativo basado en la autonomía, la libertad académica y la investigación científica de excelencia internacional que el país venía desarrollando desde la reforma universitaria de 1918.
Se estima que entre agosto y diciembre de 1966 fueron cesanteados unos mil doscientos profesores e investigadores, y alrededor de trescientos de ellos abandonaron definitivamente el país para buscar un futuro profesional en los Estados Unidos, México, Canadá y Europa.
El 11 de agosto de 1966 fue designado como nuevo rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA) el abogado y exjuez, Luis Botet, quien auspició la promulgación de una ley cuyo objetivo era establecer un nuevo ordenamiento jurídico para las universidades nacionales. El gobierno de las mismas quedaría constituido por el rector y los decanos, dando fin de esta manera a la tradicional gestión tripartita. En febrero de 1968, Botet fue sucedido al frente de la UBA por el médico Raúl Devoto.
Entre los científicos más destacados que abandonaron el país a partir de agosto de 1966 estaba Manuel Sadosky (1926–2005), el gran pionero de la informática en Argentina. Fue el primer director del Instituto de Cálculo, donde funcionaba “Clementina”, la primera computadora de América Latina. Se exilió en Chile y luego en Venezuela, donde continuó desarrollando la computación en esos países.
Junto a él también emigró Rolando García (1919–2012), meteorólogo y epistemólogo de renombre internacional, colaborador de Jean Piaget en el Centro Internacional de Epistemología Genética de Ginebra. Se exilió en México, donde dirigió el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.
A ellos se sumaron Mariana Weissmann (1933–2020), doctora en Física Teórica y la primera mujer incorporada a la Academia Argentina de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que se exilió en México y luego en Francia. En 2003 recibió el premio L’Oréal-UNESCO. Por su parte, Félix González Bonorino (1921–2006), considerado el científico más importante en Geología del país, renunció a su cargo académico y se exilió en Estados Unidos.
En materia de Ciencias Sociales, el reconocido catedrático de Historia Tulio Halperín Donghi (1924–2021), se exilió en los Estados Unidos, donde fue profesor en la Universidad de Berkeley (California). Aunque no partió al exilio, el epistemólogo Gregorio Klimovsky (1921–2009), uno de los filósofos de la ciencia más destacados de habla hispana fue cesanteado y sufrió censura durante varios años.
La dictadura del general Onganía dispuso una censura estricta en los contenidos de los programas académicos, sumando a ello un férreo control ideológico y el disciplinamiento de la comunidad científica en su conjunto. De esta manera, Argentina perdió su posición de liderazgo regional en ciencia y tecnología.
Los sucesos ocurridos a partir de “la noche de los bastones largos” enseñan que, sin universidad libre, sin pensamiento crítico y sin inversión en las industrias del conocimiento, es imposible que un país adquiera un desarrollo de progreso económico y social sostenido en el tiempo. Toda la dirigencia política, cualquiera que sea su perfil ideológico, debería tomar nota de esto.