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perfil.com · hace 22 horas · Mónica Martin

IA en la escuela: estar sin debilitar ni deshumanizar los aprendizajes

Celulares en las escuelas

La pregunta acerca de si la inteligencia artificial (IA) debía entrar a la escuela ha perdido sentido en el último tiempo: ya no discutimos si incorporarla, sino cómo hacerlo sin perder lo que vuelve humana a la enseñanza, y potente el aprendizaje. Y ese desplazamiento, que parece sutil, nos obliga a repensar el rol del equipo directivo en la gestión diaria de la escuela.

No es la primera vez que aterriza un dispositivo (tecnológico o no) prometiendo revolucionar el aula. En este sentido, por un lado, la velocidad, la escala del cambio y oscuridad que caracteriza al mundo tecnológico actual claramente presenta desafíos; sin embargo, por otro lado, la creciente evidencia del potencial del liderazgo directivo para transformar los aprendizajes (como lo han demostrado —entre otros— Leithwood y Grissom) nos habla del rol determinante que pueden tener quienes conducen las escuelas en decidir cómo integrar la IA.

La manera en que un director o una directora decida —o no decida— incorporar la IA a la gestión pedagógica, organizacional y vincular de su institución no es un detalle técnico. Es, a todas luces, una decisión de liderazgo con consecuencias sobre los aprendizajes de sus estudiantes.

¿Qué nos dice hasta ahora la evidencia disponible sobre las posibilidades y desafíos que ofrece la IA? Sin dudas, la IA ofrece posibilidades inéditas para fortalecer procesos de gestión institucional que tradicionalmente consumían enormes cantidades de tiempo y recursos de conducción: el análisis de datos institucionales, la detección temprana de situaciones de riesgo —ausentismo, señales de malestar, calidad educativa—, la sistematización normativa, la administración de recursos materiales y presupuestarios, la planificación basada en evidencia.

Éstas son tareas que antes exigían horas de trabajo manual y que hoy pueden resolverse, en parte, con asistencia algorítmica. No obstante, estas herramientas no personalizan ni mejoran la gestión por un atributo intrínseco: su valor depende enteramente de las decisiones pedagógicas, institucionales y éticas que las encuadran. Una IA sin pensamiento crítico del humano que la utiliza amplifica sesgos, automatiza atajos y puede terminar reemplazando el juicio profesional en lugar de nutrirlo.

La IA facilita análisis de datos institucionales, la detección temprana de situaciones de riesgo —ausentismo, señales de malestar, calidad educativa- y la planificación basada en evidencia"

Ahí es donde las preguntas se vuelven más importantes que las respuestas. ¿Cómo distinguir, en medio de la oferta creciente de asistentes cuál es la mejor estrategia de uso para cada institución, y no sólo qué herramienta parece más potente u objetiva? ¿Cómo usar la IA promoviendo procesos de conciencia y ciudadanía digital en la comunidad educativa? ¿Qué lugar le damos al juicio humano cuando un algoritmo sugiere una lectura de los datos que contradice la percepción de quien la utiliza?

Las preguntas no se agotan en la gestión de los recursos y los datos. Se extienden, con la misma fuerza, al vínculo con las personas y a la enseñanza misma. ¿Cómo lidera un equipo directivo la comunicación institucional, la organización de reuniones, la sistematización de acuerdos, sin que la mediación de la IA termine despersonalizando la tarea? ¿Cómo se reconfiguran las observaciones de clase o la retroalimentación al docente cuando existen herramientas de IA capaces de asistir ese proceso?

¿Cómo identificar material generado por IA sin caer en una cacería imposible? ¿Cómo diseñar evaluaciones auténticas que midan lo que un estudiante realmente sabe?"

Y en el aula, las preguntas se vuelven todavía más urgentes, porque ahí la evidencia es más incipiente que las certezas que circulan. Sabemos que la IA impacta en los aprendizajes (y la evidencia creciente indica que tiende a ser negativo ese impacto), pero las preguntas que quedan abiertas abonan, hoy, un terreno en construcción más que un campo resuelto: ¿cómo identificar material generado por IA sin caer en una cacería imposible? ¿Qué es el plagio en una era en la que copiar, en el sentido tradicional, es interpretado de manera diferente? ¿Cómo diseñar evaluaciones auténticas que midan lo que un estudiante realmente sabe y puede hacer, y no lo que una máquina puede producir por él?

Finalmente, hay una pregunta que atraviesa a todas las anteriores y que ningún protocolo técnico puede responder por sí solo: ¿cómo se instala, dentro de una institución, una cultura de uso ético, crítico y provechoso de la IA? Toda transformación de este tipo convoca resistencias legítimas, tiempos que no se pueden apurar y acuerdos colectivos que hay que construir con paciencia. Ninguna herramienta reemplaza esa tarea, que es, otra vez, de liderazgo humano.

Y exige algo más: que quien conduce una escuela desarrolle sus propias competencias digitales, no como un requisito burocrático, sino como condición para poder ejercer ese liderazgo con autoridad y criterio.

¿Cómo se instala, dentro de una institución, una cultura de uso ético, crítico y provechoso de la IA?

Quizás la pregunta de fondo, la que debería organizar cualquier proyecto de formación directiva en esta materia, sea mucho más simple de enunciar que de responder: ¿cómo evaluamos si la IA está aportando valor real a una institución educativa? Porque al final, ninguna de las promesas de la IA —ni la eficiencia en la gestión, ni la personalización de la enseñanza, ni la automatización de tareas administrativas— vale demasiado si se pierde de vista la centralidad del juicio humano, la ética del cuidado y el liderazgo pedagógico.

La IA ya entró a la escuela. La pregunta que queda —y que probablemente nos acompañe durante años— es quién y cómo va a conducir ese proceso.

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