Los hilos de la campaña antiargentina
La llamada “campaña antiargentina” en las redes sociales sorprendió por la virulencia y, sobre todo, por la rápida expansión de la estupidez por todo el mundo.
Pero nada de esto debería asombrarnos. Desde hace años, la conversación pública está condicionada por la lógica algorítmica de las plataformas digitales y por un modelo de negocio basado en capturar atención para vender publicidad.
En ese modelo, poco importa que el contenido sea verdadero o falso, que informe o desinforme, que enriquezca el debate público o disemine odio. Lo único que interesa es que mantenga al usuario conectado.
Los argentinos no somos ni de lejos los primeros en sufrirlo. Antes fueron otros países, otras comunidades, otros grupos sociales. Cambian las víctimas, pero el mecanismo es siempre el mismo: una ola de posteos que, impulsada por algoritmos, convierte prejuicios, mentiras o provocaciones en un espectáculo de consumo global.
Frente a esto algunos argumentan que es el costo que debemos pagar para disponer de plataformas gratuitas capaces de conectarnos con millones de personas, organizar campañas solidarias o dar visibilidad a voces que antes no tenían espacio. Que, si las redes terminan amplificando mentiras o discursos de odio, el problema no son las redes sino quienes las usan. Que así es la libertad.
Hay algo de verdad en eso. Pero el argumento deja afuera algo fundamental: los algoritmos que determinan qué vemos y qué no vemos no son neutrales. Están diseñados para maximizar la atención porque de ella dependen los ingresos publicitarios de las plataformas. Su objetivo no es promover una conversación pública de calidad, sino mantenernos conectados el mayor tiempo posible. Pase lo que pase.
No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina. pic.twitter.com/T9reohEeSf
Y ese diseño es una decisión tecnológica y comercial. Podría ser de otro modo. Podría dar a los usuarios más control sobre los contenidos que reciben, ofrecer mayor transparencia sobre los criterios de recomendación, limitar la amplificación automática de posteos que incitan al odio o reducir los incentivos para que la desinformación se propague.
Por eso, el tema no es tanto quién se prende en los mensajes, sino quiénes diseñan las reglas para que se viralicen tan rápido. Si aceptamos que los Estados regulen mercados cuando están en juego derechos fundamentales, también deberían poder exigir transparencia y responsabilidad a las plataformas.
La campaña antiargentina pasará, como pasaron otras campañas virales. Pero el problema seguirá mientras el odio siga siendo uno de los contenidos más rentables de Internet y nadie haga nada al respecto.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín