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infobae.com · hace 9 horas · Gabriel Iezzi

Sangre dorada

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Mientras la atención internacional continúa concentrada en el narcotráfico, otra economía ilícita crece silenciosamente hasta convertirse en uno de los principales motores financieros del crimen organizado. La explotación ilegal de oro actualmente financia guerrillas, carteles, mafias, redes de corrupción y estructuras de lavado de activos que disputan el control territorial en buena parte de América Latina. El fenómeno ya no constituye un problema ambiental, representa una amenaza estratégica para la seguridad de los Estados.

Durante décadas, el narcotráfico fue considerado el principal motor financiero de las organizaciones criminales latinoamericanas; guerrillas, carteles, organizaciones mafiosas y grupos armados encontraron en la cocaína una fuente extraordinaria de recursos (aún vigente) que les permitió expandirse, corromper instituciones, adquirir armamento, controlar territorios y desafiar la autoridad de los Estados. La imagen del crimen organizado quedó así inevitablemente asociada a las rutas de la droga, los grandes cargamentos, los laboratorios clandestinos y las redes internacionales de distribución. Sin embargo, mientras la mayor parte de los esfuerzos estatales continuaban concentrándose en combatir ese fenómeno, otra economía ilícita comenzó a expandirse de manera constante, silenciosa y con una capacidad de adaptación extraordinaria.

Lejos de ocupar un lugar secundario dentro de las actividades criminales, la minería ilegal se convirtió en una de las principales fuentes de financiamiento del crimen organizado transnacional, modificando profundamente la estructura económica de estas organizaciones, posibilitando a su vez la diversificación de sus fuentes de ingresos. El cambio no resulta casual, responde a una lógica empresarial que las organizaciones criminales han perfeccionado durante décadas. Como cualquier estructura económica compleja, el crimen organizado busca reducir riesgos, diversificar inversiones y asegurar la continuidad de sus ingresos frente a escenarios inestables o cambiantes.

La presión internacional sobre el narcotráfico, el fortalecimiento de algunos mecanismos de cooperación judicial y financiera y la mayor capacidad de los Estados para interceptar cargamentos de distintos tipos de drogas impulsaron a estas organizaciones a explorar mercados ilícitos con menor exposición y similares niveles de rentabilidad. En ese proceso, el oro apareció como un recurso excepcional. A diferencia de la cocaína, cuya producción, transporte y comercialización requieren una infraestructura logística, compleja y, (aunque clandestina), potencialmente detectable, el oro posee una característica que lo convierte en un activo particularmente atractivo para las economías criminales, ya que, una vez extraído, resulta extremadamente difícil distinguir el origen legal del ilegal. Puede fundirse, mezclarse con producción formal, incorporarse rápidamente al circuito financiero internacional y comercializarse como un producto aparentemente legítimo; en otras palabras, el oro ofrece algo que pocos activos ilegales proporcionan simultáneamente, como el alto valor económico, la estabilidad de precio, la aceptación universal y enormes posibilidades de lavado de activos.

Esta condición explica por qué numerosas organizaciones criminales comenzaron a desplazar parte de sus recursos hacia la explotación ilegal de minerales preciosos. El fenómeno ya no se limita a pequeños grupos de buscadores informales ni a explotaciones artesanales desarrolladas en zonas aisladas; la minería ilegal evolucionó hasta convertirse en una compleja industria clandestina que demanda maquinaria pesada, logística internacional, redes financieras, sistemas de transporte, protección armada, estructuras orientadas a explotar la corrupción y mecanismos sofisticados de comercialización. Lo verdaderamente novedoso es que esta actividad dejó de ser un simple delito ambiental para transformarse en un fenómeno que afecta seriamente a la seguridad regional. Durante muchos años, la minería ilegal fue analizada casi exclusivamente desde la perspectiva de la protección del medio ambiente. La preocupación principal giraba alrededor de la deforestación, la contaminación con mercurio, la degradación de los cursos de agua y la destrucción de ecosistemas estratégicos.

Todos esos efectos continúan existiendo y representan una amenaza de enorme magnitud, sin embargo, esa mirada resulta hoy ciertamente insuficiente ya que, detrás de cada explotación minera ilegal a gran escala, suele encontrarse una estructura criminal mucho más amplia. Allí donde aparecen dragas clandestinas, retroexcavadoras, campamentos ilegales y pistas aéreas improvisadas, rara vez opera un único delito, emergiendo un verdadero ecosistema criminal en el que convergen el lavado de activos, la trata de personas, la explotación laboral, el tráfico de armas, el narcotráfico, la corrupción pública, el contrabando y la violencia organizada; la diversificación criminal les proporciona a estas estructuras delictivas, mayor resiliencia, reduciendo riesgos y multiplicando su capacidad para adaptarse a las respuestas estatales. La minería ilegal financia organizaciones capaces de controlar territorios completos, imponer sistemas paralelos de autoridad, regular actividades económicas, cobrar extorsiones, administrar justicia por mano propia e incluso sustituir al Estado en vastas regiones de América Latina. En definitiva, el oro dejó de ser únicamente un metal precioso, convirtiéndose en extensos lugares de América Latina, en la moneda con la que el crimen organizado compra poder, construye gobernanza, financia violencia y consolida su expansión.

Vista aérea de una mina a cielo abierto con terrazas, camiones, excavadoras, plantas de procesamiento, polvo y un cartel que dice "Minera San José".

La evolución del crimen organizado demuestra que las organizaciones más exitosas no son necesariamente las más violentas. Son aquellas que logran adaptarse con mayor rapidez a las transformaciones económicas, regulatorias y geopolíticas. Allí donde los Estados concentran sus esfuerzos sobre una actividad específica, estas estructuras desplazan parte de sus recursos hacia nuevos mercados, reducen riesgos y preservan su capacidad financiera. La minería ilegal representa, precisamente, una de esas mutaciones estratégicas.

La Amazonía y la Zona Andina comparten profundas semejanzas en sus crisis de inseguridad debido a que la minería ilegal funciona bajo las mismas lógicas del crimen organizado transnacional. Aunque difieren drásticamente en su geografía, el auge en el precio internacional del oro ha convertido a ambas regiones en objetivos de mafias internacionales que aprovechan la debilidad del Estado. Esto ha homogenizado las amenazas que sufren las poblaciones locales de la selva y de la montaña en extensos sectores de la región.

En Colombia, por extraño que nos parezca, la minería ilegal ha llegado a equiparar e incluso superar al narcotráfico en ciertas regiones como principal fuente de ingresos para grupos armados organizados. Estructuras como el Clan del Golfo o disidencias de las FARC y estructuras posparamilitares (las llamadas bandas criminales emergentes - BACRIM – ) han incorporado la explotación aurífera como eje estratégico.

Las características relevantes, del fenómeno Colombiano están dadas por el control territorial directo de zonas de extracción; en regiones como Chocó, Antioquia, Cauca o el sur de Bolívar, estos actores controlan dragas, retroexcavadoras, insumos químicos y rutas de comercialización, imponiendo impuestos a mineros informales y sus comunidades, empleando la violencia como método de disciplinamiento territorial. La relación con comunidades indígenas y afrodescendientes es ambivalente, en algunos casos hay cooptación y participación directa de comuneros en la cadena de extracción; en otros, resistencia y desplazamiento forzado.

La minería ilegal se superpone con cultivos ilícitos y corredores de narcotráfico, generando un mapa de economías ilícitas integradas donde el oro funciona como lavado de activos y diversificación criminal. La minería ilegal demuestra una alta sofisticación logística y financiera, con vínculos que atraviesan fronteras. Colombia muestra un alto grado de criminalización de la minería ya que, no es solo una actividad informal, sino un componente estructural de la economía de guerra de grupos armados, con capacidad de controlar ríos, pasos y centros poblados, además de condicionar la vida comunitaria mediante extorsión, reclutamiento y regulación violenta de la actividad.

En Venezuela, el Arco Minero del Orinoco y otras zonas auríferas del sur del país ilustran un modelo aún más extremo, la minería ilegal (y semi-legal, bajo paraguas estatal) se articula con sindicatos mineros, pranes y grupos armados que ejercen un control casi total sobre campamentos, poblaciones y rutas fluviales. En territorios indígenas del estado Bolívar y áreas cercanas al amazonas Venezolano, estos actores imponen reglas propias, cobran impuestos, regulan el acceso a insumos y ejercen violencia sistemática, incluyendo masacres y desplazamientos.

A ello se suma la presencia de grupos armados de carácter irregular, colombianos como el Ejercito de Liberación Nacional (ELN), que han sido señalados como partícipes del negocio minero en zonas fronterizas, lo que refuerza la idea de una economía criminal transnacional donde oro, armas y drogas circulan en un mismo circuito. La gobernanza estatal se ve sustituida por una gobernanza criminal híbrida, esto es, actores armados locales, estructuras carcelarias (pranato) y segmentos de fuerzas de seguridad que participan o protegen la actividad ilegal. Para las comunidades que habitan esos espacios, esto se traduce en pérdida de control sobre su territorio, contaminación masiva de ríos, ruptura de formas tradicionales de organización y una dependencia creciente de la economía del oro para sobrevivir, aun sabiendo que esa misma economía destruye su entorno y su tejido social.

Pica de madera y metal oxidado, casco de minero amarillo sobre rocas y tierra, dos vagonetas oxidadas sobre rieles, túnel de mina con soporte de madera.

En el Perú, la minería ilegal ha superado al narcotráfico como la economía ilícita más rentable y destructiva. Esta crisis ya se extiende a 11 regiones amazónicas y a enclaves críticos de la sierra andina, generando un escenario de violencia que desafía directamente la soberanía del Estado. La situación en el territorio Peruano evidencia el cruce de estas dos realidades geográficas bajo el control del crimen organizado.

En la sierra de La Libertad, la provincia de Pataz se ha convertido en el símbolo de la violencia andina por el oro. Organizaciones transnacionales operan allí controlando socavones. El uso de armamento militar pesado de largo alcance (fusiles de asalto AR-15 y AKM, granadas y explosivos) ha transformado la zona en un campo de batalla. El Gobierno mantiene a Pataz bajo un constante estado de emergencia con control de las Fuerzas Armadas y toque de queda. Pese a millonarias incautaciones y la destrucción de campamentos, la violencia (sicariato, secuestros y extorsión) y los enfrentamientos armados persisten. La enorme capacidad económica de estas redes delictivas ha penetrado la política local, detectándose candidatos municipales y regionales con nexos directos a la minería ilegal.

En la Amazonia—especialmente en territorios yanomami y otras tierras indígenas—la actividad minera artesanal (garimpo), muestra otro patrón de convergencia entre minería, crimen organizado y captura territorial. Miles de garimpeiros operan con apoyo logístico que incluye avionetas, combustible, maquinaria pesada y cadenas de suministro que no pueden sostenerse sin algún grado de protección política y criminal.

En los últimos años se ha documentado la articulación de facciones como el PCC y otras organizaciones con el negocio minero, ya sea en la provisión de armas, en el control de rutas fluviales y aéreas, o en el uso del oro como mecanismo de lavado de dinero proveniente del narcotráfico. Las comunidades indígenas sufren invasiones masivas, destrucción de fuentes de agua, epidemias y violencia, mientras el Estado oscila entre operativos de interdicción y períodos de tolerancia o desregulación de facto. Brasil aporta el componente de industrialización del garimpo, ya que la minería ilegal no es solo un conjunto de campamentos improvisados, sino una cadena productiva con financistas, proveedores, pilotos, intermediarios y compradores internacionales, donde el crimen organizado se inserta como garante de la seguridad y la logística.

En Argentina hubo un hecho delictivo en la mina El Zancarrón

También en nuestra Cordillera se han registrado incidentes a lo largo de la historia reciente, siendo quizá el más conocido, aquel que se difundiera públicamente como el incidente del ZANCARRON.

Los hechos tuvieron lugar en la mina El Zancarrón, un yacimiento de oro inactivo y sin custodia, ubicado a 3.550 metros sobre el nivel del mar en la alta cordillera de la Provincia de San Juan, departamento de Iglesias, Jáchal, justo en el límite fronterizo entre Argentina y Chile; allí cuatro mineros chilenos (conocidos históricamente en la región como "pirquineros") cruzaron la frontera por un paso ilegal no habilitado utilizando para ello, una camioneta. El grupo se instaló de forma clandestina en el yacimiento argentino y extrajo rocas con alto contenido de oro en bruto. Efectivos del Escuadrón 25 Jáchal de la Gendarmería Nacional Argentina recibieron una alerta sobre movimientos sospechosos en la alta montaña y desplegaron un operativo cerrojo a resultas del cual lograron detener a los incursores ilegales, quienes se resistieron a la detención, llegando a utilizar armas de fuego. No obstante, estos antecedentes, nuestro país aún conserva una ventaja estratégica dado que puede observar y entender antes de padecer el problema. Argentina posee recursos minerales de enorme valor, especialmente oro, plata, cobre y litio, compartiendo además extensas fronteras internacionales, corredores logísticos complejos y zonas de baja densidad poblacional que requieren una vigilancia permanente.

No se trata únicamente de incrementar controles policiales, sino de integrar organismos ambientales, aduaneros, tributarios, judiciales, financieros y de inteligencia criminal bajo una conducción estratégica común. La cooperación internacional también ocupa un lugar decisivo. Ninguna organización criminal opera exclusivamente dentro de las fronteras nacionales; las rutas financieras, logísticas y comerciales atraviesan varios países de forma simultánea. Compartir inteligencia criminal, coordinar investigaciones patrimoniales y realizar operaciones conjuntas constituye una condición indispensable para enfrentar este fenómeno de alcance transnacional. Sin embargo, ninguna herramienta será suficiente si el Estado actúa únicamente cuando el delito ya se encuentra consumado.

La principal enseñanza que ofrece América Latina es que el éxito del crimen organizado depende mucho menos de su capacidad que de las oportunidades que encuentran para crecer. Las organizaciones criminales no crean las vulnerabilidades, simplemente las identifican, las estudian y las explotan con extraordinaria rapidez.

La pregunta, entonces, ya no consiste en determinar cuál de estas economías ilícitas resulta más rentable. La verdadera cuestión es comprender cómo interactúan entre sí para fortalecer la capacidad de expansión del crimen organizado, porque el oro, por sí solo, no explica la magnitud del fenómeno. Lo verdaderamente preocupante es que ha pasado a convertirse en el punto de encuentro donde confluyen violencia, corrupción, captura institucional, devastación ambiental y sofisticadas redes financieras internacionales. Es allí donde la minería ilegal deja de ser un problema sectorial para transformarse en uno de los mayores desafíos estratégicos para la seguridad y la gobernabilidad de América Latina, región de la que somos parte.

Lo que las pymes nunca le preguntan a la agencia de marketing (y deberían preguntarle si no quieren fracasar)