Fernando Peña y el avión que lo aterrizó en la radio
El destino deja migas de pan. Pistas que se entienden en retrospectiva, que en principio parecen datos insignificantes, sin conexión y que unen el caminito. Lo sabe Lalo Mir que un día tomó un avión, le cambió la vida a un comisario de a bordo y a la vez éste cambió la radiofonía argentina.
Lo decisivo suele estar disfrazado de trámite. Una fila, un ascensor, un número de asiento, una coincidencia en un vuelo. Le pasó al locutor de San Pedro que chocó en el aire con el hombre llevaba un elenco en la garganta. Así, Peña transformó un vuelo en una carrera radiofónica.
La anécdota es conocida, pero el público se renueva, según establece la influencer centenaria a la que Peña apuntó con un revólver en pleno almuerzo en 2008, Mirtha Legrand.
Lalo escuchó por parlante un tono cubano femenino, quedó embelesado con esa voz y pidió conocer a la azafata de la aerolínea. La azafata no existía.
Milagritos, de dicción perfecta y sensual, era Peña, un trabajador del cielo que por entonces tenía poco más de 30 años, hijo del periodista Pepe Peña.
Suele contar Lalo que desesperado de curiosidad se sacó el cinturón de seguridad, corrió la cortinita y no entendió lo que vio. De Peña salía esa creación vocal. “La voz soy yo, pero por favor no lo develes”, advirtió el uruguayo al oído a Lalo. De inmediato llegó la propuesta de Mir para que Milagrito irrumpiera en Tutti Frutti, por Del Plata. Lo que siguió es historia conocida. El dial se llenó de personajes salidos de un único cuerpo y esas criaturas cruzaron el umbral de los códigos de comunicación aceptados para su época. No faltaron indignados y rabiosos detractores.
Maestro de la incomodidad, Peña había ejercitado las cuerdas en aviones que terminaron siendo escenarios y aulas. “A bordo aprendí sobre bolsas de ano contranatura, transporte de cenizas de muertos y monos enjaulados”, explicaría ya famoso y con fobia a la gente contenida, “a la que vive organizadamente sin salirse ni un poco de la raya hasta que un día explota”.
Qué hubiera sido de Revoira Lynch, Porelorti, Palito, La Mega, Sabino y tantos personajes que irritaban sin esa intersección en el avión, sin esa obstinación de Lalo por averiguar, sin esa posterior invitación a reproducir lo mismo en un estudio radial.
El mejor regalo de infancia de Peña había sido un avión de Lufthansa, a dínamo. Se lo había regalado su padre, que alternaba entre Uruguay y Buenos Aires, y a ese avión dormía abrazado el niño Fernando, como predestinado a los vuelos y después a aterrizar en “el aire”.
El destino trabaja con materiales ridículos. Va dejando migas de pan, balizas, hilos de Ariadna. El mapa aparece después, sabe Lalo, que extraña desde hace 17 años al rey de la provocación. Y que cada vez que toma un avión mira de reojo como esperando entre nubes una voz de azafata que rompa el cielo.
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