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clarin.com · hace 4 horas · Clarin.com - Home

El vendaval Donald Trump

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Pasado otro vendaval, en la ocasión deportiva, estamos ahora inundados de estereotipos malsanos como si el mundial de fútbol provocara fijaciones arbitrarias e inmutables y disparase infundios en una sociedad que, al igual que en 1978, 1986 y 2022, se interna en otro espasmo de unidad (como tal, poco duradero).

De todos modos, gracias a las reglas de las competencias deportivas, el ánimo belicoso de la multitud se traslada a un ámbito más civilizado, aunque en el plano verbal no suceda lo mismo. ¿Será esta una manera de expulsar el impulso belicoso que anida en la condición humana?

Tal vez este interrogante sea cierto solo en parte. La guerra, en efecto, siempre reaparece. Y de esto se trata, milenios después, cuando desde el seno de la democracia con más arraigo en el mundo moderno, el presidente Donald Trump ha desatado nuevamente el demonio bicéfalo de la guerra.

Esta política de tintes brutales, a la cual el presidente Milei adhiere fervorosamente, tiene dimensiones externas e internas. Hacia afuera de los Estados Unidos, Trump encara una guerra contra el régimen despótico de Irán con resultados patéticos; creyó erróneamente que sometería en pocos días un Estado mucho más poderoso y de inmediato se compromete en una guerra duradera. No es la primera vez en que el gobierno de los Estados Unidos comete tamaños desatinos. Las guerra en Vietnam y Afganistán propagaron fracasos traumáticos que, sin embargo, no afectaron la legitimidad interna de la democracia.

Esta larga secuencia, no sin antagonismos que en el siglo XIX explotaron en una guerra civil, abrió curso a una de las vertientes de la Ilustración, ese conjunto de ideas leyes y acciones acerca de la inminente dignidad de la persona y de los derechos que la sustentan asistidos por el desarrollo económico y la ciudadanía fiscal. La Ilustración fue por tanto un proceso histórico con avances y retrocesos, que levantó vuelo en occidente al término de la segunda guerra mundial perfeccionando con nuevos atributos el valor de la democracia: soberanía del pueblo, representación política, división de poderes, sucesión y alternancia pacífica en el marco de comicios transparentes, bienes públicos adosados a la seguridad y defensa que brotaron en los campos de la educación, la salud y el bienestar.

Por otra parte, la Ilustración impulsó el cultivo de la ciencia y la técnica, disparando hacia finales del siglo XVIII una acumulación de hallazgos que hoy abonan la revolución digital de las comunicaciones, la robótica y la inteligencia artificial. En el encuentro entre la esfera de la política y esta envolvente mutación científico-tecnológica, ha estallado la Contrailustración del siglo XXI: un embate que celebra las transformaciones de la ciencia y la tecnología al paso que pretende demoler la adquisición de derechos propia de la democracia contemporánea.

El repertorio condenatorio de la Contrailustración es numeroso: se repudia al Estado promotor de bienes públicos, pero se deja libre su perfil represor y conquistador; asimismo se apuesta a favor de un tipo de capitalismo sin regulación institucional protagonizado por las grandes concentraciones empresariales derivadas de la mutación científico-tecnológica; en consecuencia, corresponde dejar de lado a los bienes públicos de educación, salud y bienestar de la democracia contemporánea.

Trump acentúa este tembladeral con arrebatos autoritarios. Los padecen las víctimas de inmigrantes sujetos a represiones y los universitarios que padecen agresiones continuas. Hasta hace muy poco tiempo, los Estados Unidos eran un foco de atracción que convocaba estudiantes y científicos de todo el mundo. La ciencia y la cultura siempre gozaron en este país de una generosa apertura al mundo; en apenas dos años esa posición favorable a la inteligencia universal parece cosa del pasado.

Estos desmanes reflejan una voluntad que no reconoce los pesos y contrapesos de una constitución republicana. Tal estilo procede de los enormes poderes de que goza el Poder Ejecutivo en los Estados Unidos. Lo advirtió Benjamin Franklin justo cuando se había aprobado en 1787 la Constitución que aun perdura: “Nadie sabe que tipo de gobernante vendrá después (se refería positivamente al primer presidente George Washington). El poder ejecutivo irá en aumento aquí, como en cualquier otro lugar, hasta que desemboque en una monarquía”.

Pues bien, aquella intención de incrementar el poder del Ejecutivo está hoy en pleno desarrollo, con un agravante. El poder del presidente, que en la política exterior suele hacer caso omiso del control republicano (Raymond Aron lo llamó “capacidad casi terrorífica”), revierte ahora hacia la política interior transformando al presidente de una “república imperial” en un supuesto emperador que no reconoce límites.

Con tal propósito, Trump erosiona a diario el centro neurálgico de la legitimidad democrática: la práctica honesta de la sucesión presidencial mediante reglas electorales que no se discuten. Cuando fue derrotado en las elecciones de 2021, Trump invocó presuntos fraudes alegando que había papeles secretos, jamás conocidos, que confirmaban esa malversación; no contento con ello alentó con furia a una turba en Washington para impedir el escrutinio definitivo de las elecciones que dieron ganador a Joseph Biden.

Trump reproduce en estos días esta táctica anticipando un posible revés en las elecciones intermedias del mes de noviembre. Proclama enfáticamente que, de no modificarse el régimen electoral vigente, reaparecerá el fraude. Si estos cambios no tienen lugar y si el partido del presidente pierde, ¿qué hará Trump para condenar ese fraude por él inventado sin ninguna prueba?. Tal la perspectiva que augura decisiones dramáticas si Trump prosigue esta perversa farsa. La sombra de una declaración de emergencia, equivalente a nuestro estado de sitio, podría proyectarse sobre una opinión pública encrespada. Graves pronósticos.

Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella.

Natalio Botana

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