Bardem, Rosalía, Samuel Jackson y otros oportunistas
La Argentina se convirtió en la encarnación del mal sobre la tierra, el Anticristo o algo parecido.
El derrotero pecaminoso por el cual todos los argentinos hemos sido condenados y culpabilizados, tuvo un orígen singular: ocho partidos de fútbol.
Probablemente el camorrero técnico egipcio y sus brazos cruzados clamando “¡Racismo!” a todos los cielos y ante el mundo, se enhebró con los dichos del opulento, hollywoodense y bocón Javier Bardem, que nos acusó de tramposos y de allí al infinito y más allá.
Después, cuando ya no era conveniente, Bardem dijo que tenía amigos argentinos.
De lo que no se arrepintió jamás ni lo hará, es de decir que Israel sí es el demonio hecho país.
Bardem; el cinismo-celebrity. Pro Hamas desde la opulencia. Vamos Gaza pero desde Hollywood. Y juego limpio declamado bajo el sucio juego de la hipocresía.
“A Egipto lo robaron” consignó tras el partido de ese pais con Argentina sin informar cómo y por qué el robo había sido tramado y tramitado.
La celebérrima Rosalía se sumó al vade retro colectivo, pero cuando advirtió que podía perder audiencia en su próximo show precisamente en éste país cambió de parecer, parcialmente, y dijo que no pensaba lo que antes había propalado como sentimiento sincero.
Y el climax aconteció con el actor Samuel Jackson, quien no dudó en guillotinarnos: “El país más racista del mundo”, clamó con la inestimable ayuda de las redes e inhumanos algoritmos .
En España, campeones y en buena ley, nos pintaron como a los réprobos de la inquisición y plantaron la conclusión que nos excomulgaba: juegan sucio, sentenciaron muchos. Nos incluyeron a todos en el dictamen, y de paso lincharon en las calles y el subte a uno o dos.
Ningún país es traslúcidamente inocente, y la historia Argentina no nos beatifica.
Ni la animadversion ignorante contra la Argentina, ni el nacionalismo cerrado y fanático.
En 1810, el 30 por ciento de la población de Buenos Aires era afro. En 1897 los negros eran menos del 2 por ciento.
Tras la declaración de la libertad de vientres de la Asamblea del año 1813 los esclavos se enrolaban o los enrolaban a la fuerza, y eran destinados a la muerte más probable siempre en las primeras líneas de las batallas, en las guerras de la Independencia, y más tarde en la guerra del Paraguay, y la pobreza a la que fueron relegados hizo lo suyo, y murieron a granel durante la fiebre amarilla hacinados como estaban en los barrios que eran entonces los del sur donde la peste no ahorró ninguna impiedad.
La Argentina se construyó a sí mismo bajo el mito de la Europa de América Latina
Ahora se desprecia el mestizaje por parte de algunos, bajo el despectivo mote de “marrones”.
En los Estadios se clama a viva voz masiva una acusación chauvinista y horrible, declarando como inferiores a bolivianos y paraguayos.
Existen otras profundas discriminaciones. Quizás no se haya enfatizado lo suficiente el horror que implica que los estudiantes judíos deban asistir a escuelas protegidas con pilotes para evitar atentados terroristas.
Porque aquí hubo dos atentados terroristas, y en ambos casos las conexiones locales coadyuvaron para matar.
La Argentina no es inocente, España no es inocente, desde la Inquisición hasta Franco. Estados Unidos ha sido atrozmente racista, y el que esté libre de pecados…
Acusar a un país entero de racismo a partir de ocho partidos es tan simplista como declarar que España sigue siendo la Inquisición o que Estados Unidos todavía es solo el Ku Klux Klan.
Es que no se trata de la realidad sino de la construcción de las olas de opinión pública.
Detectan la ola de indignación que crece y se suben porque es la ola que da visibilidad, y la visibilidad es su única patria.
Por eso se retractan cuando baja la marea, o cuando peligra la boletería. Su moral tiene la consistencia de un trending topic.
Distribuyen veredictos y se ponen la toga “sabihonda” del alto clero moralista, camuflando su camaleónica, acomodaticia viveza.
Los cánticos discriminatorios de las tribunas, el epíteto de los "marrones", los pilotes anti atentados— merecen pensamiento, no consignas.
Eso es lo que el oportunismo impide. Al convertir un problema en eslogan, lo vuelve impensable.
Roberto Ayala y Paredes no fueron ejemplares sino lo contrario, en esa final que lamentamos.
Lo que es crucial sí, es la superficialidad comunicacional para que los estigmas se propaguen rápido.
Ya pasaron a la siguiente función y siguen cotizando en el juego del transfuguismo y del eslogan, proferidos desde el altar sobrestimado del declaracionismo simplista .
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