¿Querés ser eterno? Fabricá preguntas
En la última escena del ballet, Alicia sale de la Inglaterra victoriana y aparece en una plaza cualquiera de Buenos Aires. Lleva auriculares, un celular y un libro bajo el brazo. Alguien le saca una foto. La escena dura apenas unos minutos, pero alcanza para demostrar que hay personajes que no pertenecen a una época, sino a una manera de mirar el mundo.
“Alicia en el país de las maravillas” sobrevive porque Lewis Carroll no escribió solo un relato de aventuras. Escribió una forma de mirar que sigue siendo contemporánea.
Ella entra en la madriguera porque algo le llama la atención: quiere saber qué hay ahí abajo. La curiosidad es el motor del relato de Carroll. Y el Ballet dirigido por Julio Bocca parte de esa idea. Más que contar una historia, la nueva puesta de la obra que se presenta hasta mañana en el Colón intenta recuperar una forma de asombro.
La producción deslumbra. Hay 60 personas en escena y otras 60 detrás, escenografías móviles, proyecciones y cambios de vestuario que ocurren en cuestión de segundos. Alicia crece y se achica. Cae por la madriguera. El Gato de Cheshire -con un guiño al teatro negro- aparece desmembrado y vuelto a armar. El Sombrerero loco se saca las zapatillas de media punta y hace un solo de tap. Todo sucede con la velocidad de un sueño.
Sabemos que Alicia no cambia de tamaño. Y que un conejo vestido no habla. Sin embargo, durante dos horas dejamos en suspenso esa certeza. Vamos al Colón para aceptar, otra vez, el pacto de creer.
Hay un momento de la infancia en el que cualquier pregunta parece razonable. ¿Qué pasa si sigo a un conejo que habla? ¿Por qué una reina puede mandar a cortar cabezas por cualquier cosa? Con los años dejamos de hacer muchas de esas preguntas. Pero no porque encontremos las respuestas. Dejamos de seguir conejos porque nos enseñan que hacen perder el tiempo.
Y, sin embargo, casi todas las cosas importantes empiezan igual: alguien se distrae de lo que estaba haciendo para seguir una pregunta. Un científico. Un artista. Un chico. Un periodista. Todos abandonamos, por un momento, el camino previsto para averiguar qué hay un poco más allá.
Por eso, ciento sesenta años después, Alicia todavía puede salir de una casa victoriana y caminar por una plaza porteña.
Al final de la función, Alicia se pierde entre la gente como una adolescente más. Y salimos del Colón con la sensación de que el Conejo Blanco sigue corriendo por algún lado. Carroll murió hace más de un siglo. Alicia está entre nosotros. Quizá la única manera de durar sea dejar preguntas que el tiempo nunca termine de responder.
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