El celular en el aula: de la prohibición al acompañamiento
El debate sobre el uso del celular en las escuelas se sostiene con los años: están quienes piden la prohibición absoluta y quienes defienden la libertad del alumno para decidir. En el medio, los docentes tratan de dar clases mientras compiten con una pantalla que no deja de proponer estímulos.
Los datos de PISA 2022 le pusieron números a una intuición que ya todos teníamos. Más de la mitad de los estudiantes de 15 años usa el celular todos los días en la escuela, y ese uso implica pérdida de atención en clase. Entre los cerca de 80 países evaluados por la OCDE, Argentina, Uruguay y Chile aparecen entre los que más distracción reportan. No es un dato menor, es el reflejo de una transformación que atravesó a toda una generación en muy poco tiempo.
Investigadores de la Universidad de Texas mostraron algo que a primera vista resulta llamativo, si el celular está cerca, aunque esté apagado y guardado, el cerebro destina parte de sus recursos a resistir la tentación de mirarlo. Es decir, no hace falta usarlo; alcanza con que exista la posibilidad de usarlo para perder el foco. En la vereda de enfrente, un estudio de la London School of Economics encontró mejoras significativas en el rendimiento académico cuando los celulares directamente se sacaron del aula, con un impacto todavía mayor en los estudiantes que ya venían con más dificultades.
El autor de La generación ansiosa, Jonathan Haidt, que viene estudiando el vínculo entre celulares y salud mental desde hace más de una década, plantea que no se trata solo de atención escolar sino de ansiedad, de sueño, de la forma en que los chicos construyen vínculos entre ellos.
Con toda esa evidencia sobre la mesa, la pregunta sobre si prohibir o no, pasa a convertirse en otra más incómoda pero más productiva: ¿Qué estamos dispuestos a enseñarles a los chicos sobre el uso de la tecnología?
En las escuelas de la Red Educativa Itínere venimos implementando diferentes medidas para reducir el uso de celulares en el ámbito escolar y fomentar el cambio de hábitos en nuestros alumnos. Una de nuestras iniciativas más recientes incorpora el protocolo desarrollado por MotivEd, que combina el uso de sus fundas magnéticas con lineamientos de implementación para que el alumno mantenga el celular, pero sin acceso a él durante la jornada, habilitándolo únicamente cuando exista una razón pedagógica para utilizarlo. De la experiencia acumulada, resultaron algunas claves que creo que cualquier escuela puede aplicar:
A partir de la implementación de estas iniciativas, y de datos relevados en investigaciones que llevamos adelante desde 2019, notamos un mayor clima de atención y conexión con el aprendizaje y también un resultado menos cuantificable, pero que nos gusta subrayar. Cuando conversamos con nuestros alumnos sobre estos cambios, una de las cosas que más valoran es haber recuperado el recreo. Volvieron a encontrarse, a conversar y a jugar sin que la pantalla organizara ese tiempo compartido.
No se trata de demonizar el celular, pero tampoco de ignorar que cada vez más países avanzan en regulaciones sobre su uso y sobre el acceso de los menores a las redes sociales.
Regular el celular en la escuela tampoco significa quedarse atrás en la evolución tecnológica. Cuando pensamos cómo incorporar tecnología a la enseñanza, también están las computadoras y otras herramientas digitales: innovar no exige que el teléfono esté siempre presente.
Ninguna herramienta tecnológica y ningún reglamento va a reemplazar el trabajo más difícil, que es el de enseñarles a los chicos a construir una relación más sana con sus dispositivos. Pero sí creo que hay un rol para la escuela en crear las condiciones para que ese aprendizaje sea posible y entornos donde, durante un rato del día, la atención le gane a la distracción.