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perfil.com · hace 15 horas · Hugo Haime

La vacuna de Santilli y el dilema peronista

Hugo Haime

La designación de Diego Santilli como jefe de Gabinete es estratégica. El Gobierno debió recurrir a un dirigente puramente casta para intentar construir una arquitectura de reelección. El dúo Milei/Karina necesita despejar obstáculos: Macri o alguien del PRO, Villarruel, o cualquier fuerza política volcada al centro derecha aparecen como los obstáculos primarios a la intención de vencer en primera vuelta y evitar llegar a una siempre riesgosa segunda. Santilli intenta funcionar como una vacuna contra ese riesgo. Si el gobierno logra bloquear esa oferta, Milei podría intentar ganar en primera vuelta. Eso requiere el 45% de los votos, o el 40% con una diferencia de 10 puntos, algo que solo podría darse con una oposición dividida. Todo indica que el gobierno huye del ballotage, para lo cual necesita una condición previa: que no aparezca ninguna oferta electoral capaz de quitarle votos.

Hoy un 60% de la sociedad demanda cambio, mientras que algo menos del 40% respalda el modelo actual. Para acercarse al 45%, el oficialismo necesita convencer a los indecisos. Ese segmento rechaza tanto a Milei como a la actual oferta peronista; en su mayoría, cree que la economía debe ordenarse: la inflación debe bajar, la distribución del ingreso debe mejorar, el Estado debe funcionar. No quieren volver a la inestabilidad macroeconómica ni al default crónico, pero tampoco quieren el ajuste sin red, la pobreza como efecto colateral aceptable, ni la desigualdad creciente mientras los indicadores macroeconómicos mejoran.

Si la oferta opositora no le garantiza esa estabilidad, ese sector puede terminar votando por el “mal menor” y quedándose con Milei. Pero si aparece una opción de centro republicano o crece una oposición creible, la chance de vencer en primera vuelta se complica.

El Gobierno enfrenta el desafío que el propio Santilli describió: que la mejora macroeconómica llegue al bolsillo de los hogares. Si no lo logra, la situación le abre espacio a la competencia. La búsqueda de una reforma electoral es parte del intento de evitarlo: impedir la dispersión del espacio de derecha y el fortalecimiento opositor, evitar las PASO y abrir colectoras para que los aliados circunstanciales no se independicen.

Claro que también hay que ver qué hace la oposición, sobre todo el peronismo. Ahí el dilema pareciera ser: purismo ideológico y construcción de una oposición dura, o una alternativa que incluya a quienes, en desacuerdo con la orientación mileísta, defiendan la justicia social junto con la estabilidad económica, con apertura política hacia sectores de centro.

La primer opción la encarna la hipótesis de Máximo Kirchner: una oposición más cercana a Bregman que a un peronismo clásico. Para Máximo, y probablemente para Cristina, la unidad solo es aceptable bajo ciertas condiciones: que se asuma la consigna “Cristina Libre”, que se rediscuta la deuda con el FMI, y que no integren el espacio quienes, desde el Parlamento, le dieron alguna ayuda al gobierno. “La unidad a toda costa no tiene sentido”, sostiene Máximo.

La segunda intentan representarla tanto Kicillof, como un tercer sector aun difuso que busca armar una alternativa por encima tanto de Cristina como del Gobernador a los que consideran parte del pasado.

A Kiciloff le vendría bien de derrotar al kirchnerismo en una PASO o una interna. La pregunta es si Cristina aceptará ese desafío. Por eso, sobre cómo dirimir esos liderazgos hay varias posturas: ir divididos a la elección general recreando Unidad Ciudadana, dirimir las diferencias en una PASO, o resolverlo en una interna partidaria. w Hoy los dirigentes del peronismo, en lugar de ponerse de acuerdo en un proyecto de país, están en la etapa de dirimir liderazgos mientras sus electores demandan un proyecto de cambio.

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