En defensa de la argentinidad cultural y futbolística (y en contra del algoritmo)
Es cuanto menos curiosa la forma en la que se formó una narrativa anti-argentina en el ecosistema informativo internacional en torno al Mundial. Pasó algo que no es del todo normal que llevó a que diversos grupos cataloguen a la Argentina como un país racista, a Leo Messi como un tramposo que ganaba solo por el apoyo de la FIFA de Gianni Infantino y a los argentinos como violentos, tanto dentro como fuera del campo de juego.
Más allá de que existen opiniones subjetivas sobre la cultura y el estilo futbolístico de la Argentina, es evidente que la forma en la que se atacó a la argentinidad fue exagerada y no responde simplemente a la posición “orgánica” de todos esos grupos, sino que se enmarca en un contexto en el cual los algoritmos, por un lado, y la polarizadora batalla cultural, por otro, generan nuevas subjetividades. La Selección Argentina, Messi y la cultura argentina terminan siendo atacadas y degradadas en la opinión pública global cuando hace tan poco principalmente generaba admiración en lo futbolístico y cercanía en lo social.
Las críticas a la Argentina que brotaron en una verdadera ola de odio en contra del país encontraron terreno fértil en el ecosistema informativo dominado por las redes sociales. Lo que empezó como una disputa futbolística rápidamente mutó a un cuestionamiento cultural y político, tanto de la Scaloneta como del país. La Selección llegaba al bunker en Kansas City como la defensora del título y con la ilusión de ganar la cuarta estrella. El equipo de Lionel Scaloni contaba con un Messi de 39 años todavía letal, y aunque no era la favorita para quedarse con el trofeo, seguía siendo uno de los equipos a vencer. El épico Mundial de Qatar en 2022 seguía fresco en la memoria de los futboleros y en general reinaba un clima positivo en torno a la Selección. Lo mismo podría decirse de los hinchas argentinos que copaban Kansas y luego las otras ciudades en las que jugaba el equipo, desplegando la pasión futbolera y una argentidad festiva que generaba reacciones positivas en redes y medios internacionales.
Hasta el partido con Egipto el equipo de Scaloni generaba cierta admiración por más que no jugaba del todo bien. La vigencia de Messi y el estilo de juego —más lento, con jugadores que se agrupaban para tocar en vez de atacar constantemente el vacio para aprovechar la potencia física que caracterizaba a la mayoría de los equipos—, sumada a la “locura” de las hinchadas era visto y analizado como una característica destacable de la cultura argentina. Lo mismo suecedía con la resiliencia del equipo y el talento y genio de Messi.
Al dar vuelta el partido contra Egipto en el último minuto, además de zafar de quedar muy comprometidos por un gol anulado por el VAR, explotó el técnico egipcio que acusó a la FIFA de ser racista y favorecer a la Argentina. La imagen de un hincha argentino con la bandera de Israel destapó la narrativa del conflicto con Palestina y gran parte del mundo árabe. El hecho de que Milei haya dicho que es el presidente más sionista del mundo y su afinidad geopolítica con Bibi Netanyahu (y Donald Trump) agregaba más leña al fuego de una conversación digital que se vio totalmente cooptada por la narrativa de Argentina como racista y representante de Israel. La conversación digital sobre la Argentina ya se teñía de acusaciones de favoritismo de la FIFA y de lo tramposos que son los jugadores argentinos.
La situación se exacerbó en torno al partido contra Inglaterra. El morbo de volver a encontrarse en un Mundial disparó todo tipo de acusaciones, en especial desde medios y cuentas inglesas que fogoneaban la idea de tramposos bajo el lema de VARgentina. Los recuerdos del mítico partido de 1986, en el que Diego Maradona mete el famoso gol con la mano (La Mano de Dios) y luego se gambetea a medio equipo inglés y al arquero para meter “El Gol del Siglo”, estaban a flor de piel en los hinchas de ambos equipos. La contundente victoria de la Scaloneta y luego la bandera con el lema de “Las Malvinas son Argentinas”, que los jugadores desplegaron en el campo de juego después del partido, dispararon la conversación digital. De fútbol se entró de lleno a la disputa histórica y geopolítica.
Llegaba la final y el discurso anti-argentino ya estaba totalmente consolidado, acusando al equipo de tramposo, violento y caótico, en contraposición con la disciplina, el orden táctico y la supuesta honorabilidad superior del conjunto español. Luego de la derrota, las trompadas de Leandro Paredes y el falso desplante del equipo al seleccionado de España cuando recibía el trofeo —el equipo argentino saludaba a la hinchada que despedía a Messi que lloraba desconsolado—terminaban de conformar la versión de la argentina villana.
Nadie puede cuestionar la subjetividad de las distintas culturas y su afinidad con otras, como tampoco se puede aislar la ola de odio que floreció en contra de la Argentina del contexto del Mundial, la política y el nivel de polarización de las sociedades actuales. En el ámbito del fútbol es común, y aceptado, que cuando existe una gran rivalidad, la lógica y lo políticamente correcto quedan de lado. Ese folklore del hincha es en gran parte lo que hace hermoso al fútbol. La rivalidad con Inglaterra se da entre países futboleros que se conocen bien, con gran parte del plantel argentina jugando justamente en la Premier. Las mismas actitudes que crítica el aparato mediático británico es el que resaltan directores técnicos que calan hondo en Inglaterra como Pep Guardiola (que ganó todo con el Manchester City) y Thomas Tuchel, entrenador de la selección inglesa. Esa actitud híper-competitiva junto con la “viveza criolla” para buscar cualquier oportunidad para ganar, le da una cierto plus al jugador argentino por el cual los clubes más importantes del mundo pagan millones de euros. Que Messi y Maradona sean argentinos le da todavía más sustento.
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Estados Unidos no es un país futbolero. Y a la vez es el mercado y ecosistema mediático más grande y potente del mundo. No es una coincidencia que Infantino haya llevado el Mundial ahí (aunque fue compartido con México y Canadá). El interés del público estuvo presente y también los resultados económicos estratosféricos. Y los mundiales, como cualquier otro evento masivo, ocurren en un ecosistema informativo que está en gran parte cooptado por actores que buscan aprovecharlo para perseguir sus intereses a través de la desinformación. La “weaponization of information ecosystems” (militarización del ecosistema infomativo) es un fenómeno característico de los conflictos en el siglo XXI. Ya sea por motivos geopolíticos y militares, o puramente de lucro y alcance, las redes están sometidas a la constante búsqueda de manipulación por parte de grupos con intereses concretos. Y los algoritmos, diseñados para maximizar el consumo, aman las “fake news”.
La ola anti-argentina se da en ese contexto y la discusión se ve atravesada por varías narrativas “polarizantes” preexistentes. La batalla cultural que pregonan Milei y Trump que contrapone a las nuevas derechas con el “wokeismo” y las izquierdas “progresistas” marcan la cancha, al igual que los grandes conflictos geopolíticos. Argentina, asociada a Israel en el plano geopolítico, termina siendo un objetivo en la puja digital que se desprende del conflicto con Palestina y el mundo árabe. De ahí a la acusación de racismo hay un paso muy pequeño. Luego, ciertas actitudes racistas de algunos hinchas argentinos contra el influencer afroamericano IShowSpeed, que tiene un discurso muy agresivo contra Messi y la Selección Argentina, es tomado por el actor Samuel L. Jackson para acusar a Argentina de ser el país más racista del mundo contra los afrodescendientes. Nuevamente, las disputas raciales de EE.UU. y los conflictos migratorios de ese país y Europa son proyectados sobre la conversación digital en torno a la Argentina. Y en esa misma línea, la disputa entre Europa y EE.UU. que se traslada a la UEFA y la FIFA es el marco en el cual se debate si la Selección Argentina es favorecida por Infantino e inclusive porque culturalmente es un país tramposo, caótico y desordenado. Los extremos vuelan en las redes.
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Argentina es un país de ingresos medios con una presencia internacional mayor a su realidad económica y geopolítica. Además del fútbol, es un país con grandes logros en distintos planos, de la ciencia y la medicina al arte y la cultura. Es también un país con grandes problemas, principalmente políticos y económicos. Muchas de las características socio-culturales que se asocian con la Argentina son un arma de doble filo como la ya mencionada “viveza criolla”. Pero la resiliencia frente a las condiciones adversas y la búsqueda y ambición que impone la coyuntura diaria dan valor al capital humano argentino en el país y en el mundo.
Catalogar a la Argentina como el país más racista del mundo es totalmente desmedido. En especial tomando en cuenta la historia como país receptivo de inmigración por más de dos siglos y la falta de conflictos raciales o religiosos identitarios. Obviamente, existen niveles de racismo, como en cualquier lugar del mundo, y hay algunos antecedentes en el contexto futbolístico que merecen poner el foco, pero trasplantar problemáticas tan complejas en base a un puñado de ejemplos, demuestra la misma fragilidad del argumento. Calificar al país y a la Selección de tramposos agresivos es otra exageración similar, más allá de actitudes y acciones especificas en partidos o encontronazos entre hinchas. Descalificar de manera general a un país, una cultura, una selección es la típica reacción de los ignorantes y los absolutistas. En la era del algoritmo y la polarización, esas actitudes rápidamente se vuelcan a la subjetividad. No lo merecemos.