El elegido
El rey Ajab escupe en su cara: ¡Traidor!, le grita, ¡detractor de Israel! La saliva corre por la sien del profeta, desciende rauda por la cuenca de sus ojos. Impertérrito, el ungido de Dios lo reta a un duelo, viejo ardid que emplean los heraldos de lo divino: el primero en lograr encender las brasas del altar será reconocido públicamente como el elegido.
El rey accede o, mejor dicho, se somete a la voluntad de su enemigo. Acude a la cita secundado por cientos de sacerdotes, los servidores del dios espurio Baal. Los augures llevan en sus manos sendos incensarios: algunos son de oro bruñido, otros de plata; sus mangos de madreperla exhiben grabado el nombre de su patrono. Con cierto ardor, casi en éxtasis, elevan a los cielos loores y preces, bailan, se desnudan y prorrumpen en sonidos y sintagmas que evocan la locura. Sus sortilegios, sin embargo, se prueban ineficaces: las llamas aún se hacen esperar.
Una multitud del pueblo se congrega alrededor del improvisado santuario y, expectante, aguarda el desenlace con notoria agitación. A lo lejos irrumpe una figura solitaria de rostro cetrino y mirada sombría: es el profeta Elías. Como el personaje de Borges que se piensa dios para luego descubrirse creatura de otro demiurgo, el profeta no le teme al fuego. Le basta con invocar una palabra queda para que las brasas comiencen a consumirse.
Un albor azulino se desprende del altar y de pronto las llamas danzan, o más bien estallan, sobre él. El gentío deja escapar un clamor de alborozo: ¡gol!, vociferan mientras se abrazan unos a otros, ¡vamos, carajo!, se oye el grito de los más procaces en medio de la barahúnda. O acaso los hombres y mujeres simplemente se prosternan y, con sobrecogimiento, ofrecen una oda al dios de sus antepasados.
Soy escéptico de las lecturas, un tanto pacatas para mi gusto, que explican la pasión de los argentinos por la pelota en función de la situación social del país. Como si se tratara de un ritual mágico, bálsamo necesario para soportar, o acaso olvidar, la miseria diaria. Como si el fútbol viniera a redimirnos, cual deus ex machina, de una vida sembrada de crisis y penurias.
Una interpretación de este tipo, además de resultar condescendiente, ignora lo esencial: en la palestra de una cancha se despliega la más irreductible y distintiva capacidad del hombre: la poiesis. Somos la única creatura capaz de engendrar la poesía, de enaltecer el orden precario de la realidad por medio de la belleza.
Como en el episodio bíblico antes referido (que confieso haber llevado al paroxismo), tal vez la pelota rodando en un campo de juego actualiza nuestros impulsos más tribales en busca de lo numínico o de lo extraordinario. Quizás el fútbol nos gusta tanto porque pone al alcance de todos, incluso al de las almas más sometidas, la posibilidad de sublimar ciertas pulsiones atávicas en la búsqueda de lo bello.
Quienes están entrenados en las bondades de las artes son capaces de conmoverse con una pieza de Schubert, con el candor de un soneto de William Blake o con un cuadro de quién sabe qué consagrado pintor. Pero los más (y quien suscribe se cuenta entre ellos) nos estremecemos ante una proeza de Messi en el campo de juego, ante la bravura de Lautaro frente a un área minada de adversarios o ante el optimismo rayano en la fe, o tal vez en la obsesión, de nuestro arquero. Sobre los despojos de un césped ya truncado por el barro y los zapatazos, rendimos culto al dios de la poesía.
Y a él le imploramos que algún día vuelva a levantarse, entre la muchedumbre anónima, un hombre capaz de destronar a los falsos profetas que ya se pavonean, con su andar impostado y con sus toscas cabriolas, por los flancos izquierdos o derechos de las canchas del mundo. Sus sonrisas falseadas desaparecerán cuando, con una mirada cetrina o con una palabra muda, él vuelva a encender el azur del altar. Como el personaje concebido por el maestro, el nuevo elegido también aparentará ser un dios, aunque luego -en algún penal de sino azaroso o en un pase misteriosamente errado- se descubrirá imperfecto.
Eso sí, quienes creemos férreamente en la providencia de la poesía, no tenemos dudas de que el nuevo ungido -aquel que no habrá de temerle a la caricia del fuego- será al igual que los dos anteriores: argentino.
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