Jordi Amat, Barcelona y el cancionero de Serrat
Los que amamos Barcelona hemos de leer este libro de Jordi Amat, Las batallas de Barcelona. Imaginarios culturales de una ciudad en disputa (1975-2025), publicado por Tusquets. Amat dice que “Barcelona se parece mucho al cancionero de Serrat”. La ciudad del mar que en un tiempo vivió sin mirar al Mediterráneo. Amat dirige Babelia, de El País, nació en 1978 y ha tenido premios relevantes (como el Comillas de Historia, Biografía y Memorias).
--Vivo en una Barcelona confortable y que funciona, como si fuese una parte privilegiada del mejor Brooklin: veo la vida pasar en el barrio que ha definido la ciudad moderna -el Ensanche burgués- y en una calle peatonalizada por una alcaldesa progresista. Pero no solo veo “el meu carrer” privilegiado. Veo varias Barcelonas y otras, las de los pobres, las queremos invisibles. La Barcelona de los barceloneses de toda la vida es una ciudad que vive en una contradicción desde un cuarto de siglo: orgullosa de ser una ciudad global como nunca lo había sido y hastiada por un éxito urbano del que sentimos que no podemos disfrutar. La Barcelona orgullosa de descubrir cómo crece un monumento admirado en el mundo -la Sagrada Familia- y, al mismo tiempo, ajena a ese imán global.
--Es más diversa que en cualquier otro momento de su historia. No puede ser ya la burguesa, menestral y obrera. Esa ciudad industrial desapareció. Ahora hay muchas Barcelonas porque es la capital catalana, aunque cada vez se hable menos catalán, y es la ciudad de la nueva inmigración, la musulmana y la latina que la reconecta con un pasado que había olvidado. Capta talento global para empresas tecnológicas sin patria y es la ciudad del turismo, que pierde identidad porque la suya está explotada como marca.
--¿Cataluña se puede ver como un país completo? ¿En qué se parece a España? ¿Y a los países americanos?
--Si decimos que España es plurinacional lo afirmamos porque territorios como Cataluña lo son. Es un país completo en lo cultural y lo político, sí, como evidencia el sistema de partidos y el sistema cultural que tiene el catalán como vehículo. El mismo tiempo es parte fundamental de la España de la modernidad. Por su desarrollo económico, pero también porque al ser “un pequeño país completo” ha sido un factor determinante del país grande. Esta Cataluña, si es completa, también lo es por su capital: Barcelona. Debe ser la ciudad europea más relevante que no es capital de estado y esa naturaleza explica también su dinámica interna. Como tan relevante ha sido su conexión transatlántica a lo largo del XIX y hoy como lugar donde tantos latinoamericanos desarrollan su proyecto vital.
--Esta es la Barcelona de Messi, de muchos extranjeros. ¿Cómo se han adaptado al país y a la lengua catalana?
--Hay un caso ejemplar, diría que único: la dramaturga argentina Victoria Szpunberg. Hija de un poeta que se exilió en tiempos de la dictadura militar argentina, ella hoy es una de las figuras más destacadas del teatro en España. Vive en Barcelona, empezó escribiendo en castellano, ahora ya en catalán. Es un caso infrecuente. Lo que acaba ocurriendo la mayoría de las veces, y vale por nuestro Messi, es un reconocimiento en positivo de la diferencia.
--Conviven o han convivido los catalanes del posfranquismo con personajes como Freddy Mercury o Woody Allen. ¿Qué le dado tu país al extranjero?
--La Barcelona de la democracia ha dado tres cosas, creo. Una reconexión con las vanguardias históricas: esa trinidad que forman Picasso, Dalí y Miró. Y el Torres García que vive en Barcelona también. La segunda cosa es el descubrimiento de la genialidad arquitectónica de Gaudí. Y ha dado una manera europea y mediterránea de vivir, elegante y hedonista.
--“¿Es democrática una ciudad donde no pueden vivir quienes han nacido en ella?” ¿Es una pregunta que no tiene arreglo?
--Muy difícil arreglo. Aunque han marchado barceloneses de su ciudad, han llegado miles y miles de personas que quieren vivir en ella. Y Barcelona no lo tiene fácil para aumentar su parque de vivienda: está atrapada entre una montaña, el mar y dos ríos. Ya es densísima. Suben muchísimo los precios de los alquileres, más que los sueldos. Trabajar en la ciudad, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, no garantiza poder vivir en ella y esa expulsión creo que problematiza la posibilidad de la igualdad en la ciudad. Y sin promesa de igualdad, no hay fe en la democracia.
--¿Sigue siendo vigente lo que escribió el escritor Félix de Azúa: ´Barcelona es el Titanic`?
--Releído su artículo diversas veces, situado en su contexto, no creo que el análisis de Azúa fuera justo ni ajustado. Barcelona, por imposición dictatorial, había dejado de ser aquello que había sido: la capital de una cultura moderna, la catalana del primer tercio del siglo XX. El desafío de Barcelona hoy es hacer compatible su condición de ciudad global de cultura y turismo con ser capital de la cultura catalana. No es fácil.
--Las identidades que no evolucionan dan miedo porque mueren o matan. Pero ver cómo desaparece la identidad blanda y urbana a través de la cual nos hemos sentido vecinos de la misma ciudad problematiza la existencia los barceloneses. Y sin comunidad la convivencia democrática es más difícil. Hay espacios que han definido nuestra vivencia de Barcelona que están siendo ocupados por otros: las Ramblas, el Paseo de Gracia… Y si no podemos andar por allí, ser barcelonés será otra cosa y acabar siendo casi nada.
--Serrat te regaló, por decirlo así, esa frase de una canción inolvidable: “Yo nací en el Mediterráneo”. ¿Qué es ahora para Barcelona el Mediterráneo?
--Si el Mestre sale en nuestra conversación, lo primero es ponernos de pie y agradecerle quien tanto nos ha enseñado a vivir también Barcelona (“El meu carrer”, “Temps era temps”, “Barcelona i jo”…) y el Mediterráneo. Durante años Barcelona se desconectó de su mar. A mediados del XIX la ciudad crece más allá de las Ramblas y poco a poco olvida su esencia portuaria. Los alcaldes democráticos tuvieron claro que el mar debía volver a la vida de la ciudad y ha sido factor clave en la refundación democrática de la identidad barcelonesa.
--Déjame responderte con una pregunta: ¿superará Barcelona la crisis de identidad que sufren los barceloneses? ¿Volveremos a pasear por la Rambla o a comprar en el Mercat de la Boqueria? ¿Nos bañaremos otra vez en nuestras playas? No es urgente, pero es clave: en estos años, diagnosticado el problema, la Barcelona se juega el futuro: ¿puede ser una ciudad de ocio elegante global y, al mismo tiempo, una ciudad donde preservar esa convivencia mesocrática? Ojalá.
--La ciudad que quiero para mis hijos se parece bastante a la que he vivido. Es una ciudad global, pero no solo. Es una ciudad donde se habla en catalán, pero no solo. Es una ciudad de dimensiones razonables, pero que permite ser cosmopolita. Es una canción orgullosa de la memoria de quienes la transformaron para que fuese democrática. Es una referencia cultural consciente de su legado -editorial, artístico, literario, por supuesto arquitectónico y urbanístico- y que, siéndole fiel, no se convierte una ciudad anticuario -como les puede ocurrir a otras ciudades europeas-. Es, sobre todo, una buena ciudad para vivir.
Lo más bello de la ciudad que quiero y sufro es hacer posible una buena forma de vivir. Una elegancia incómoda con el monumentalismo, un afán de modernidad sin esnobismo, una tranquilidad que crea muchos espacios para la alegría. Es una ciudad que se parece mucho, sí, al cancionero de nuestro Serrat.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín