← Volver
clarin.com · hace 5 horas · Clarin.com - Home

Los seleccionados y las naciones

Google

Los ecos del Mundial siguen teniendo repercusiones que exceden al fútbol. Entre ellas, la constatación de que las selecciones nacionales se han convertido en un espejo de las transformaciones demográficas y migratorias de sus respectivos países, expuestas en el gran escenario mediático global. Ya no representan únicamente una bandera o una tradición deportiva: también reflejan distintas maneras de entender las identidades nacionales.

Durante el torneo volvieron a circular en medios y redes sociales comentarios sobre la supuesta escasa “diversidad étnica” del seleccionado argentino, en contraste con equipos europeos como Francia, Inglaterra o España, donde futbolistas como Kylian Mbappé o Lamine Yamal simbolizan una realidad multicultural más visible.

La comparación suele pasar por alto que esas selecciones expresan trayectorias históricas diferentes. Mientras buena parte de la Europa contemporánea refleja el impacto de las migraciones poscoloniales de las últimas décadas, la sociedad argentina es el resultado de un proceso de integración desarrollado entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX.

Ese proceso es descripto con claridad en La segunda Argentina. Todos somos inmigrantes (Edhasa, 2026), del historiador y economista Daniel Larriqueta. La Argentina moderna —esa “segunda Argentina”, como la define el autor— nació al calor de la inmigración masiva de millones de europeos que terminaron compartiendo una misma lengua, una escuela pública, instituciones comunes y un fuerte sentimiento de pertenencia nacional. El conocido lugar común según el cual “los argentinos descendemos de los barcos” resume, con todas sus simplificaciones, ese proceso histórico de integración. Más que una descripción objetiva de la diversidad social, esa idea forma parte del modo en que la Argentina construyó históricamente su propio relato nacional.

La segunda Argentina. Todos somos inmigrantes, de Daniel Larriqueta (Edhasa, 2026)

Desde esa perspectiva, la aparente homogeneidad del seleccionado argentino responde menos a una ausencia de diversidad que a un prolongado proceso de asimilación e integración. Las sucesivas corrientes migratorias que llegaron al país entre 1880 y 1930 fueron diluyendo las diferencias de origen en una identidad nacional compartida. Lo que remite, dentro de la experiencia argentina, a una historia de integración cultural y social relativamente exitosa. Ello, desde luego, no excusa ni debería justificar mirar para otro lado frente a los prejuicios racistas o las formas de discriminación que también forman parte de la historia de nuestro país. Como de la de tantos otros países.

Sin embargo, el fútbol contemporáneo también revela que aquella historia ha entrado en una nueva etapa. Si los inmigrantes que describe Larriqueta cruzaban el Atlántico buscando oportunidades en un país en expansión, hoy son los futbolistas argentinos quienes emigran muy jóvenes hacia los grandes clubes europeos para desarrollar allí sus carreras.

Se trata, en cierto sentido, de una globalización invertida. La selección nacional no es únicamente el producto de un sistema deportivo local: es también la expresión de una diáspora altamente profesionalizada que mantiene intacto su vínculo simbólico con el país. La Argentina ya no construye su prestigio incorporando inmigrantes, sino proyectando hacia el mundo talentos formados en su propio territorio.

Esta inversión del flujo migratorio no invalida la tesis de Larriqueta; por el contrario, la actualiza. La historia de la inmigración explica buena parte de la identidad nacional construida durante el último siglo, mientras que la emigración contemporánea muestra cómo esa identidad continúa reproduciéndose aun fuera de las fronteras del país. El sentido de pertenencia no depende exclusivamente del territorio, sino también de una comunidad cultural capaz de mantenerse cohesionada en un contexto de creciente movilidad global.

El Mundial dejó, así, una enseñanza que trasciende al deporte. Las identidades nacionales nunca son realidades fijas ni homogéneas: son construcciones históricas sometidas a cambios permanentes. La Argentina sigue proyectando la huella de aquel gran proceso inmigratorio que moldeó su sociedad, con sus luces y sombras, pero también enfrenta los desafíos de una época marcada por nuevas migraciones, diásporas y formas de diversidad que interpelan y renuevan tradiciones. Toda identidad nacional es, al mismo tiempo, una herencia y una obra en construcción.

Fabian Bosoer

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín